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Postergación o descarte: por qué cada vez más jóvenes platenses eligen no tener hijos

Atravesados por la inestabilidad económica y el fin de los viejos mandatos sociales, estudiantes y profesionales desplazan la llegada de los niños de sus planes futuros. Datos oficiales del mapa global, nacional y local confirman una caída histórica de la fecundidad que redefine el paisaje cotidiano de nuestra ciudad

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Por Por EMILIA NOVO

enovo@eldia.com

Por las diagonales crece la generación que no contempla la maternidad ni la paternidad en sus proyectos. Mientras el país registra pisos históricos de nacimientos, la capital bonaerense acelera la transformación de su estructura familiar y de las formas de convivir.

Durante décadas, la trayectoria vital parecía trazada sobre un orden predecible e inalterable: estudiar, conseguir trabajo, formalizar una pareja y tener hijos. Hoy, en casi todos los círculos de nuestra ciudad, ese libreto cruje hasta romperse. Cada vez más jóvenes platenses deciden no maternar ni paternar, desplazando de manera definitiva la crianza del centro de sus realizaciones personales y profesionales. No se trata de una pausa caprichosa ni de una moda pasajera: es una grieta estructural reflejada en las estadísticas oficiales del mundo, la Argentina y las diagonales.

Juana Pascual, arquitecta platense de 30 años, se ligó las trompas hace unos meses ante la decisión de no ser madre: “Fui muy juzgada por amigos y familia, pero para mí nunca fue un deseo; siempre quise viajar y vivir sola. El mandato es muy fuerte y tardé muchísimos años en tomar la decisión”, cuenta en entrevista. En la situación global actual, donde se observa una pérdida sustancial de comunidad y la caída de los centros de referencia familiares, también aflora este deseo de independencia que debe entenderse como una conquista. Poder decidir cómo ser o no ser madres o padres, según nuestro deseo o incluso nuestra situación económica, es algo que las generaciones anteriores no podían siquiera contemplar. El acceso a anticonceptivos e información abre un nuevo panorama en las últimas décadas donde se nos da la posibilidad de elegir.

Según el informe World Fertility de la División de Población de las Naciones Unidas (UN DESA), la Tasa Global de Fecundidad mundial cayó a 2,2 hijos por mujer, y más del 55% de la población del planeta habita hoy en países que no alcanzan el umbral mínimo de reemplazo generacional, fijado en 2,1. Informes del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) señalan que la inestabilidad económica, el acceso restringido a la vivienda y los crecientes costos de crianza son las barreras globales decisivas para aplazar o descartar de plano la llegada de hijos.

En Argentina, el fenómeno adquirió una velocidad de vértigo. Datos del INDEC y del Ministerio de Salud de la Nación marcan que, en la última década, los nacimientos cayeron casi un 47% a nivel nacional. La Tasa Total de Fecundidad pasó de 2,4 hijos por mujer en 2001 a 1,4 en el Censo 2022, rozando hoy el 1,23 en los registros sanitarios oficiales: un piso histórico sin precedentes en la región. A la par, los datos censales revelaron que el 42,5% de las mujeres en edad fértil (14 a 49 años) no tiene hijos nacidos vivos.

Ante la incertidumbre económica y política, la posibilidad de pensar en una familia se torna compleja. Si la situación individual ya imposibilita llegar a fin de mes, es poco probable que se pueda pensar siquiera en una casa propia. La familia, tal como antes la concebíamos, se ha modificado y da lugar a otro tipo de proyectos personales o a parejas que deciden no ser padres.

EL REFLEJO PLATENSE Y EL PERFIL ESTUDIANTIL

En la Provincia de Buenos Aires, la Tasa Bruta de Natalidad cayó a 8,4 nacimientos por cada mil habitantes. Pero es en la Ciudad de La Plata donde las particularidades demográficas potencian el fenómeno. Con una comunidad universitaria que supera los 110.000 estudiantes en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), la densidad de jóvenes de entre 18 y 30 años en el casco urbano y en los corredores perimétricos le imprime a la ciudad una dinámica social y cultural propia.

El acceso a la vivienda, la precariedad del mercado de alquileres y el costo de vida actúan como un freno inhibitorio para el armado de familias tradicionales. La edad promedio del primer hijo en el Gran La Plata se desplazó de los 22-24 años a superar holgadamente los 30 en los últimos diez años. En el segmento joven, la búsqueda de autonomía económica gana terreno frente a los mandatos culturales tradicionales: la tasa de actividad laboral en mujeres de 30 a 34 años sin hijos trepa al 88%, contra un 71,8% en aquellas que sí atraviesan la maternidad.

HOGARES EN MUTACIÓN Y LA BRECHA DEL CUIDADO

Esta contracción en la natalidad está reconfigurando a fondo la fisonomía de las viviendas platenses. Los datos de la Dirección Provincial de Estadística muestran cómo el hogar nuclear tradicional (padre, madre e hijos) perdió el monopolio de la estructura social frente al crecimiento exponencial de los hogares unipersonales, las parejas sin hijos y los hogares monoparentales.

En este marco, la socióloga Anastasia Mazars afirma: “El problema, entonces, no es que existan madres que crían solas. El problema es que la organización social del cuidado continúa apoyándose en un modelo familiar biparental que ya no es el único, y distribuye de manera desigual los tiempos, los ingresos y las responsabilidades”.

En los hogares monoparentales, la asimetría local es contundente: en el municipio de La Plata, más del 80% de ellos tienen jefatura femenina. Las madres solteras o separadas asumen en soledad la mayor parte de la carga económica y del trabajo de cuidados no remunerado, una realidad que la generación más joven observa de cerca como espejo al momento de evaluar los costos reales del maternaje.

Micaela tiene 35 años y decidió ser madre con su expareja hace tres años. Fue una decisión conjunta y, sin embargo, con los años él empezó a desligarse de las responsabilidades, tanto económica como afectivamente: “Me hago cargo de todo sola hace años, tengo dos trabajos y aun así no llego a fin de mes. El padre de mi nene nunca pasó la cuota desde que nos separamos, tuve que hacer juicio”. La responsabilidad que recae solo en las madres refleja una desigualdad estructural en torno a los cuidados y una injusticia absoluta ante el desarrollo individual y personal de las mujeres: “Él sigue con su vida normalmente como si nuestro hijo no existiera: se va de vacaciones, va a fiestas y a la cancha. Yo casi no salgo con amigos ni tengo tiempo para dedicarme a mí”, cuenta Micaela.

Magdalena Martínez, platense que reside en Junín, siempre quiso ser madre, pero cuenta que incluso teniendo una pareja que acompaña equitativamente la crianza, sintió muchas dudas al momento de quedar embarazada. Se sabe que la crianza ocupa un lugar complejo para todos, pero especialmente para las mujeres: “Yo tuve suerte porque mi pareja ejerce la paternidad y me sorprendió para bien, pero tengo muchas amigas que no tuvieron la misma suerte. Es una tarea titánica de la que muchos varones se creen con la posibilidad de bajarse; también cae un gran estigma sobre nosotras como si eligiéramos mal y ellos no tuvieran la responsabilidad de hacerse cargo de sus actos”. En diálogo con este medio, destaca la importancia de que las mujeres que crían solas cuenten con una red de contención tanto familiar como de amistades. Esto, que puede parecer un planteo de organización novedoso, remite a una realidad histórica: las mujeres han criado de manera comunitaria y plural desde siempre.

MATERNAR SOLA EN UNA SOCIEDAD EN CRISIS

Este tema ha estado en discusión en los últimos años, ya que los movimientos sociales pusieron en jaque la desigualdad entre madres y padres. Esto afecta directamente la decisión de algunas mujeres, que ahora pueden decidir cómo quieren vivir su individualidad y su maternidad. Sin embargo, esto no sucede por igual en todos los estratos sociales: las dificultades económicas profundizan esta brecha desigual, sobre todo en los hogares monoparentales.

Mazars aporta el testimonio de Roxana para analizar cómo se atraviesa la crianza en los barrios populares: “Roxana, de 32 años, vive en Los Hornos y es la única proveedora y cuidadora de sus tres hijos. Ante la falta de vacantes en jardines maternales públicos para su hijo de dos años, acude a su tía para que se lo cuide, mientras su hija de 11 supervisa a su hermano de 6. El dinero alcanza justo para cubrir las necesidades diarias, muchas veces debiendo pedir préstamos a billeteras virtuales cuyas altísimas tasas de interés la mantienen endeudada. Así, los distintos vértices del cuidado se articulan de manera desigual y precaria, configurando un círculo difícil de romper: más tareas de cuidado implican menos tiempo para el empleo formal, mayor informalidad, menores ingresos y más endeudamiento”.

La situación económica y la falta de un horizonte concreto afectan a todos los jóvenes de nuestra ciudad. Pero sumarle a esto una maternidad en solitario complejiza aún más el panorama. El acceso a planes y ayuda económica para madres solteras, junto con la necesidad de un Estado que cuide tanto a las niñeces como a las madres y penalice a los padres incumplidores, resulta indispensable para alcanzar una crianza más justa y deseada. “De esta manera, solo garantizando el derecho universal a cuidar y ser cuidado bajo un sistema federal integrado se podrá romper el círculo vicioso que condena a las madres que crían solas a la pobreza de tiempo e ingresos, asegurando un horizonte de equidad y bienestar para ellas y sus infancias”, concluye Mazars.

Entre el deseo de autonomía individual, la fragilidad económica y el desplome de los mandatos de antaño, La Plata se consolida como un escenario privilegiado para observar un cambio de época definitivo: una ciudad donde las habitaciones infantiles mutan en espacios de estudio o trabajo remoto, donde jardines privados cierran y el proyecto de futuro se escribe, cada vez más, en singular o en pareja, pero con la crianza fuera de la ecuación.

El acceso a la vivienda, la precariedad del mercado de alquileres y el costo de vida actúan como un freno inhibitorio para el armado de familias tradicionales

Datos del INDEC y del Ministerio de Salud de la Nación marcan que, en la última década, los nacimientos cayeron casi un 47% a nivel nacional

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