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Psicofármacos en niños y jóvenes: entre el malestar, la receta y la automedicación

Las consultas por ansiedad, depresión y problemas de sueño crecieron, pero los especialistas advierten que más demanda no equivale necesariamente al aumento de enfermedades. En niños y adolescentes, los psicofármacos tienen indicaciones más restringidas que en adultos y deben formar parte de tratamientos supervisados

El aumento de la demanda de atención no es necesariamente una mala noticia, según los especialistas / Freepik
Puede ser un problema cuando el tratamiento inició, pero los controles dejaron de realizarse / Freepik
Santiago Primerano
Florencia Iveli

Por Redacción

La escena puede empezar de muchas maneras: un adolescente que no consigue dormir, un joven que siente que la ansiedad lo desborda, una chica que atraviesa un período de tristeza profunda, un chico que llega a una consulta después de haber buscado sus síntomas en internet. Y, cada vez con mayor frecuencia, aparece también una pregunta: ¿hay una pastilla para esto?

La respuesta de los especialistas no es sencilla ni puede reducirse a un sí o un no. En los últimos años aumentaron las consultas de adolescentes y jóvenes por problemas vinculados con la ansiedad, la depresión y el sueño. También crecieron las prescripciones de determinados psicofármacos. Pero ese incremento no significa, necesariamente, que exista una generación que deba ser medicada. Puede expresar, al mismo tiempo, un mayor padecimiento y una sociedad que comenzó a hablar más abiertamente de salud mental.

Para María Florencia Iveli, especialista consultora en psiquiatría infantojuvenil, doctora en Medicina por la Unlp y magíster en Neuropsicofarmacología, los antidepresivos tienen un lugar preciso dentro de la atención de niños y adolescentes. Existen medicamentos aprobados por organismos regulatorios como la ANMAT, la FDA y la EMA para determinados trastornos en población infantojuvenil, entre ellos algunos cuadros depresivos, de ansiedad y el trastorno obsesivo compulsivo. Pero las condiciones para utilizarlos son más estrictas que en los adultos.

En primer lugar, explica Iveli a EL DIA, son menos los fármacos que cuentan con evidencia de eficacia en estas edades. Además, las indicaciones suelen reservarse para cuadros moderados o graves, no para situaciones leves, y la medicación debe acompañarse de tratamiento psicológico.

La diferencia es importante porque permite separar dos cuestiones que muchas veces aparecen mezcladas: el sufrimiento y la enfermedad.

Santiago Primerano, especialista en psiquiatría y psicología médica, que trabaja con adolescentes y jóvenes adultos, observa un aumento de la demanda de atención en ese grupo etario, tanto en el ámbito público como en el privado. Pero también introduce una precaución: una mayor cantidad de consultas puede tener que ver con que existe más conciencia sobre la salud mental y menos estigmatización de la consulta psiquiátrica.

Es decir, que haya más jóvenes buscando ayuda no es necesariamente una mala noticia. Durante mucho tiempo, la consulta con un psiquiatra infantil o de adolescentes estuvo rodeada de prejuicios. Que hoy un joven pueda pedir asistencia puede significar, simplemente, que el padecimiento dejó de ser algo que debía ocultarse.

ANSIEDAD Y FRUSTRACIONES

En el consultorio de Primerano, los cuadros ansiosos aparecen entre los motivos de consulta más frecuentes. También hay cuadros depresivos, aunque el especialista hace una distinción: no todo lo que se presenta como depresión constituye un trastorno depresivo propiamente dicho. Ansiedad y síntomas depresivos pueden aparecer juntos y formar parte de un malestar más amplio.

La adolescencia, por otra parte, siempre fue una etapa atravesada por transformaciones. Identidad, vínculos, sexualidad, autonomía y relación con los demás forman parte de ese proceso. Lo que Primerano observa es que, sobre esa base que no es nueva, aparecen hoy elementos que parecen intensificar el malestar: la incertidumbre y una sensación de frustración que, según su lectura, se presentan a edades cada vez más tempranas dentro de la adolescencia.

Las redes sociales ocupan allí un lugar central. La exposición permanente, la comparación con otros, la necesidad de mostrarse y la búsqueda de aceptación a través de una respuesta inmediata pueden agregar presión a una etapa de por sí compleja.

Iveli también señala el peso de determinados hábitos y condiciones de vida. El uso excesivo de dispositivos tecnológicos, la demanda de respuestas inmediatas y el estrés sostenido pueden contribuir al aumento de los cuadros de ansiedad y depresión.

Tenemos que diferenciar sufrimiento de enfermedad. El desafío es no patalogizar la incertidumbre pero tampoco banalizar el sufrimiento”

Santiago Primerano
Especialista en psiquiatría

Pero ambos especialistas coinciden, aunque desde distintos lugares, en que no conviene transformar cada malestar de la vida cotidiana en una enfermedad.

Primerano lo plantea como uno de los principales desafíos actuales: diferenciar sufrimiento de enfermedad. El objetivo, dice, no debería ser patologizar la incertidumbre, pero tampoco minimizar el sufrimiento de quien realmente necesita ayuda.

La pregunta decisiva, entonces, no es solamente qué siente un adolescente, sino qué intensidad tienen esos síntomas, cuánto tiempo llevan, cómo afectan su vida cotidiana y qué diagnóstico corresponde. Y recién después aparece la discusión sobre un posible tratamiento farmacológico.

EL RIESGO DE QUEDARSE CON UNA RECETA VIEJA

Uno de los problemas que señalan los especialistas no es necesariamente que un adolescente empiece un tratamiento sin indicación médica. En la población infantojuvenil, explica Iveli, la automedicación como forma de inicio no es lo más habitual. El problema puede aparecer después: cuando el tratamiento comenzó correctamente, pero los controles dejan de realizarse.

En los últimos años aumentaron las consultas de adolescentes y jóvenes por problemas vinculados con la ansiedad, la depresión y el sueño

Un medicamento que fue indicado en un momento determinado puede seguir siendo tomado meses o años después sin que nadie vuelva a evaluar si continúa siendo necesario, si la dosis es adecuada o si aparecieron efectos adversos.

Primerano también encuentra situaciones de este tipo. Puede suceder que un paciente haya iniciado correctamente un tratamiento, pero luego abandone los controles, incluso por dificultades económicas o de acceso, y continúe consiguiendo recetas por otras vías. Así, advierte que algunos de estos medicamentos pueden generar dependencia física y psicológica, además de tolerancia: con el tiempo, el organismo puede requerir dosis mayores para obtener un efecto similar.

Eso no significa que un ansiolítico correctamente indicado sea, en sí mismo, un tratamiento peligroso. Significa que requiere una indicación precisa, una dosis determinada, un seguimiento y un momento adecuado para evaluar su continuidad.

Iveli coincide en la necesidad del control. Los psicofármacos pueden ser tratamientos eficaces cuando están correctamente indicados, pero el profesional debe haber realizado un diagnóstico adecuado y estar en condiciones de detectar rápidamente la aparición de efectos adversos.

EL CONTEXTO

Hay otro fenómeno que atraviesa las consultas actuales: los pacientes llegan cada vez más informados -o, al menos, con mucha más información disponible-. Primerano cuenta que no es extraño que un adolescente o joven llegue a la consulta con un posible diagnóstico elaborado a partir de Google o de una conversación con una inteligencia artificial. A veces esa hipótesis coincide con lo que finalmente encuentra el profesional. Otras veces, no. La diferencia entre ambas situaciones es justamente la consulta.

El desafío del psiquiatra no consiste en confirmar automáticamente aquello que el paciente leyó, sino en escuchar, evaluar, contextualizar y construir un diagnóstico a partir de una historia personal. En esa relación aparece una dimensión que ninguna búsqueda automática puede reemplazar: entender qué le está pasando a esa persona concreta.

En los más jóvenes, además, el tratamiento involucra necesariamente el entorno. La familia, la escuela, los vínculos, los espacios de socialización y las actividades cotidianas pueden formar parte del abordaje. La salud mental no ocurre solamente dentro del consultorio. Para Primerano, esta es una de las claves para pensar la prevención.

Es una idea que corre la discusión del lugar exclusivo de la receta. Si la ansiedad, la incertidumbre, la frustración y el aislamiento tienen también dimensiones sociales, la respuesta tampoco puede ser solamente farmacológica.

Los psicofármacos son tratamientos eficientes cuando se indican correctamente. Para ello es necesario que su indicación y seguimiento estén a cargo de un profesional formado y que cuente con los conocimientos necesarios para hacer un buen diagnóstico, decidir el tratamiento pertinente e identificar la aparición de efectos adversos tan pronto sea posible”

Florencia Iveli
Especialista consultor en psquiatría infantojuvenil

DEJAR LA MEDICACIÓN

Iveli explica que los psicofármacos pueden utilizarse durante un período determinado y retirarse cuando la situación clínica lo permite. Pero esa retirada se planifica. El médico conoce las características de cada medicamento y puede establecer una reducción progresiva, observando cómo responde el paciente.

La suspensión abrupta puede generar síntomas de discontinuación, por lo que no debe decidirse unilateralmente.

Primerano describe el proceso a partir de tres objetivos: primero, que el paciente pueda sentirse mejor; después, sostener esa mejoría durante un período de mantenimiento; y finalmente, cuando las condiciones clínicas lo permiten, alcanzar ese bienestar sin necesidad de continuar con la medicación.

No existe un calendario idéntico para todos. En algunos pacientes la reducción puede hacerse antes y en otros es necesario esperar. Incluso puede ocurrir que una disminución revele que todavía no era el momento adecuado para avanzar.

La pregunta es qué intensidad tienen esos síntomas, cuánto tiempo llevan, cómo afectan su vida cotidiana y qué diagnóstico corresponde

Por eso, el retiro también forma parte del tratamiento.

En tiempos en que la solución rápida parece imponerse sobre cualquier otra, los especialistas plantean una idea menos inmediata pero más compleja: ni toda angustia necesita una pastilla, ni toda medicación debe ser demonizada. Los antidepresivos y ansiolíticos pueden ocupar un lugar importante cuando existe una indicación médica clara. En niños, adolescentes y jóvenes, ese lugar es todavía más específico y exige mayor cuidado.

El problema aparece cuando el medicamento se separa del diagnóstico, del seguimiento y del contexto. Cuando una receta antigua reemplaza una consulta. Cuando una búsqueda en internet se convierte en diagnóstico. Cuando una noche de insomnio se transforma automáticamente en una enfermedad. O cuando un adolescente atraviesa una crisis propia de su edad y la única respuesta que recibe es farmacológica.

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