La teoría del color es, por definición, un grupo de reglas básicas sobre los colores y sus interacciones para lograr el efecto deseado. De estas reglas se nutren los artistas plásticos, los diseñadores, los fotógrafos, los creadores audiovisuales y digitales y todo aquel que trabaje con imágenes. Isaac Newton y JW Goethe fueron los primeros, en el siglo XVIII, en establecer las características de los colores. Siglos posteriores se analizaron tonos, matices y valores. En el siglo XX la psicología explicó que lo importante es como cada uno percibe un color determinado y la sociología aportó el concepto del significado de los colores según cada cultura y época.
En la moda, lógicamente, el color y sus infinitas combinaciones, son protagonistas. Hemos analizado en estas mismas páginas los atuendos de reinas y princesas y remarcado la elección que cada una de ellas hace de los colores. No es un tema menor para mujeres que representan una institución que se sostiene, entre otras cosas, por su imagen al mundo.
El púrpura, un símbolo de poder
Durante siglos la institución monárquica estuvo representada por el color púrpura. Las vestimentas, los estandartes y los tapizados eran en ese color rojizo con notas de violeta.
Los fenicios, en el siglo en el siglo IV A.C., comenzaron a extraer de unos moluscos un pigmento al que llamaron “púrpura de Tiro”. Era hermoso pero para preparar un gramo de pasta hacían falta miles de estos animalitos. Los tejidos teñidos en púrpura eran carísimos y solo accesible a clases pudientes. Cuando en la era cristiana la ropa púrpura llegó a Europa ya estaba asociada con el poder y las casas reales adoptaron el color como propio. De hecho, hasta el siglo XV el púrpura solo podía ser usado por el clero y por el rey.
Con la industrialización los pigmentos se democratizaron pero los gustos personales, la tradición y el protocolo se amalgaman cuando se elige un color en su vestimenta para lograr un efecto.
Ya en el siglo XX hubo una reina que supo hacer del manejo del color su sello distintivo: la inolvidable Isabel II de Inglaterra. I have to be seen to be believed era su frase de cabecera. “Debo ser vista para que crean en mí”.
La reina lo había entendido todo. El poder de la imagen estaba revolucionando al mundo y una reina vestida de gris hubiera sido una reina inútil. Si quería sobresalir la mejor forma era usar colores, muchos y variados colores. Pasteles claros cuando todos iban de negro y fuertes, saturados, rotundos, si era verano y todos iban de colores pálidos. El tema era distinguirse y que aún el ciudadano que más lejos estuviera pudiera decir “Hoy he visto a la reina”.
A tal punto fue su relación con los colores que la agencia de comunicación Leo Burnet, en 2012, homenajeó a la reina por su Jubileo de Diamantes desarrollando el “Pantone Queen”, una guía de colores con 60 atuendos que Isabel había lucido durante los 60 años de reinado, ordenados por tonalidades. Entre todos se destacaba el tono amarillo del vestido que llevó para la boda de Guillermo y Kate bautizado en su honor como PANTONE 13-0755 Primrose Yellow.
Del blanco de las novias al negro del luto
En la vereda opuesta a este abanico de colores están el blanco y el negro. El primero asociado a las bodas y el segundo, a los funerales.
Aunque no siempre fue así. Las novias reales, hasta el siglo XIX, llegaban al altar con vestidos de colores variados. Fue la reina Victoria de Inglaterra la primera en lucir un vestido de novia blanco en 1840. Y, por copiarla, se impuso la moda.
Tampoco las damas de la realeza se vestían de negro en los funerales. Hasta la Edad Media el color de luto era el blanco. El negro fue imponiéndose de a poco a partir del siglo XVI en los diferentes países europeos y el último en adoptarlo como obligatorio fue Inglaterra también a instancias de Victoria. La mujer que había impuesto el color blanco para su boda impuso, veintiún años después, el color negro para llorar la muerte de su adorado marido. Sin duda Victoria fue una de las grandes influencer de la historia.
A esta regla victoriana hubo algunas excepciones. En 1993, la reina Fabiola de Bélgica decidió que el funeral de su esposo, el rey Balduino, debía ser un canto a la alegría y a la esperanza de la Resurrección. Ella vistió íntegramente de blanco.
Otra que fue de blanco a un funeral es doña Sofía y, posiblemente, se haya tratado de una confusión en la interpretación del protocolo. Hablamos del funeral del papa Paulo VI y, para entender la gaffe, recordemos los códigos de vestimenta del Vaticano, un tema que con la visita de León XIV a la Argentina cobra actualidad.
La regla establece que toda mujer que se presente ante el Sumo Pontífice debe vestir de negro. Pero cuando en el siglo XVI se produce la Reforma Protestante el papa, para agradecer a aquellas monarquías que permanecieron bajo el ala del Vaticano, establece el privilège du blanc que vendría a ser el permiso para que las reinas católicas comparezcan ante él vestidas de blanco. Hoy tienen ese privilegio las reinas consortes de Italia, España, Luxemburgo, Bélgica y Mónaco. Vale aclarar acá que, aunque la reina Máxima no renunció a su fe católica, debe vestir de negro porque la casa real holandesa está asociada al protestantismo.
Pero volvamos al “desacierto” de la reina Sofía en 1978. Es cierto que ella ya gozaba del privilegio de blanco por ser reina consorte de España y podía presentarse en ese tono frente a un papa pero frente a un papa vivo. Y Paulo VI estaba muerto. Era un funeral.
El entuerto fue aclarado y cuando murió Juan Pablo II todas las damas reales fueron de riguroso negro.
Los códigos frente al Papa
En tiempos de Francisco estas reglas se aligeraron. Fue el primer papa que aceptaba y disfrutaba de la informalidad. Por eso, aceptó la visita que, fuera de agenda, le hizo la reina Isabel II y poco le importó que ella estuviera vestida de lila. De hecho, tanto impacto tenía el color en él, que confesó que no le gustaba que todas las mujeres fueran a visitarlo de negro.
Desconocemos si el papa León XIV opina igual y cuando los lectores lean esto ya se habrá develado la incógnita de cómo fueron vestidas nuestras damas del poder a su encuentro. Más allá de los colores, le damos al Santo Padre la bienvenida a nuestro país celeste y blanco y con un sol dorado que encandila.
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