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Romper el silencio: por qué el suicidio exige hablar más y estigmatizar menos

Las muertes por autolesiones crecieron en los últimos años y superan ampliamente a los homicidios y a muchas otras causas de decesos violentos. Especialistas locales advierten que el principal obstáculo sigue siendo el silencio. Sostienen que la prevención comienza por escuchar, preguntar y facilitar el acceso a la atención en salud mental

Hablar puede convertirse en una oportunidad para que esa persona encuentre escucha, contención y acompañamiento / Freepik
Freepik

Por Redacción

Durante mucho tiempo, el suicidio fue una de las problemáticas más invisibilizadas dentro de la salud pública. Mientras otras formas de muerte violenta ocupaban un lugar central en la agenda mediática y política, esta realidad permanecía atravesada por el estigma y el silencio. Sin embargo, las estadísticas muestran que se trata de un fenómeno de enorme magnitud y en crecimiento. Hoy, las muertes por suicidio superan ampliamente a los homicidios y, en distintos períodos, incluso a las provocadas por accidentes de tránsito.

Para el médico platense y psiquiatra Diego Sarasola, director del Instituto de Neurociencias Alexander Luria y director asociado del Instituto Rehabilitar, el primer desafío sigue siendo visibilizar una problemática que durante años fue relegada.

“El gran fenómeno, el mayor pecado, es el silencio”, resume en diálogo con EL DIA. Y agrega que existen recomendaciones internacionales sobre cómo informar estos casos de manera responsable, precisamente porque hablar del tema no solo es posible sino también necesario cuando se hace con criterio preventivo y sin caer en el sensacionalismo.

Los datos disponibles muestran un incremento sostenido de la tasa de suicidios, especialmente entre adolescentes y adultos jóvenes de entre 15 y 24 años. No obstante, Sarasola aclara que el fenómeno atraviesa a todas las edades y que limitarlo a un solo grupo sería un error.

En su práctica cotidiana observa otra realidad que suele pasar inadvertida: el aumento del sufrimiento emocional entre las personas mayores.

“En ese segmento vemos más síntomas depresivos, más aislamiento social y también una mayor tendencia suicida”, explica. La soledad, la pérdida de vínculos, las enfermedades crónicas y otros cambios propios del envejecimiento pueden convertirse en factores que incrementan la vulnerabilidad, por lo que considera imprescindible prestar mayor atención a esta población.

Aunque reconoce que las estadísticas oficiales todavía presentan limitaciones, sostiene que mejorar los registros es un paso indispensable para comprender la verdadera dimensión del problema y diseñar políticas eficaces.

“El primer paso es tener datos. Recabarlos puede hacerse desde distintas fuentes. Hoy existen iniciativas muy valiosas, muchas veces impulsadas por grupos independientes, pero todavía puede faltar articulación entre todos los actores involucrados”, señala.

En ese sentido, destaca algunas experiencias que comienzan a desarrollarse en instituciones de salud, como los talleres de posvención destinados a acompañar a familiares y personas cercanas después de un suicidio, una estrategia que también forma parte de la prevención.

Un fenómeno complejo

Lejos de cualquier interpretación simplista, los especialistas coinciden en que el suicidio nunca responde a una sola causa. “Es un fenómeno multifactorial. No se puede pensar en una única variable”, sostiene Sarasola.

Entre los factores que pueden intervenir aparecen trastornos de salud mental como la depresión, acontecimientos vitales altamente estresantes, enfermedades físicas, antecedentes familiares, aislamiento social, consumo problemático de sustancias, dificultades económicas y obstáculos para acceder a tratamientos oportunos. También influyen variables ambientales, culturales y la disponibilidad de métodos altamente letales.

“Hay componentes psicológicos, psiquiátricos, sociales, biológicos y ambientales. Todos tienen peso y ninguno explica por sí solo una conducta suicida”, resume.

Depresión, estrés, enfermedades, aislamiento y demás pueden ser los desencadenantes

Por eso advierte que reducir el análisis a una sola causa conduce a interpretaciones erróneas y dificulta la prevención. También cuestiona algunos mitos muy instalados. Uno de ellos sostiene que en países nórdicos tienen tasas excepcionalmente elevadas por cuestiones climáticas o culturales.

“Es un mito. Lo que muestran las estadísticas es que estos países no tienen una tasa excepcionalmente alta, aunque si debe aclararse es que el suicidio existe en todo el mundo. Cambian los contextos, pero no hay una única explicación”, afirma.

LAS SEÑALES QUE MUCHAS VECES PASAN DESAPERCIBIDAS

Uno de los aspectos que más preocupa a los especialistas es que, en la mayoría de los casos, existen manifestaciones previas que no son interpretadas como pedidos de ayuda.

Cambios importantes de comportamiento, aislamiento, abandono de actividades habituales, pérdida del interés por los vínculos, modificaciones marcadas en la rutina o expresiones reiteradas de desesperanza pueden constituir señales de alarma.

“El gran fenómeno, el mayor pecado, es el silencio”, resume el psiquiatra Diego Sarasola

Sarasola insiste en que esas manifestaciones suelen minimizarse. “Hay una subestimación importante. Existen casos en los que no hubo ningún aviso, pero son los menos. La mayoría de las personas expresó de algún modo que estaba sufriendo y esas señales deben ser tomadas en serio”, afirma.

Diversos estudios coinciden en que muchas personas comunican su malestar de manera directa o indirecta durante las semanas previas a un intento. Sin embargo, familiares, amigos e incluso profesionales pueden interpretar esos cambios como situaciones pasajeras o propias del carácter. A esto se suma otro problema: las barreras para acceder a la atención. No se trata únicamente de cuestiones económicas. El miedo al estigma, la vergüenza, la falta de información o la dificultad para reconocer el propio sufrimiento también retrasan la consulta.

“Las barreras son económicas, pero también culturales. Muchas personas no buscan ayuda porque sienten que serán juzgadas o porque creen que lo que les pasa no merece atención”, explica. Para el psiquiatra, mejorar el acceso implica no solo ampliar la disponibilidad de servicios sino también construir una sociedad donde pedir ayuda deje de ser visto como una debilidad.

HABLAR SALVA MÁS DE LO QUE PONE EN RIESGO

Quizá uno de los mitos más persistentes sea la idea de que conversar sobre el suicidio puede inducir a una persona a cometerlo. Para Sarasola ocurre exactamente lo contrario. “Hablar del tema no induce al suicidio. Al contrario: hay que hablar, ofrecer un espacio empático para que la persona pueda expresar lo que le está pasando. Nadie va a suicidarse por charlarlo”, sostiene.

Los especialistas remarcan que preguntar directamente cómo se siente alguien que atraviesa un momento de profundo sufrimiento no aumenta el riesgo. Por el contrario, puede convertirse en una oportunidad para que esa persona encuentre escucha, contención y acompañamiento. En ese sentido, el entorno cercano ocupa un lugar clave. Escuchar sin juzgar, evitar minimizar el dolor y acompañar en la búsqueda de atención profesional son algunas de las herramientas que pueden marcar una diferencia.

“Hablar del tema no induce al suicidio. Al contrario: hay que ofrecer un espacio empático”

También los medios de comunicación tienen una responsabilidad importante. Informar con prudencia, respetando las recomendaciones internacionales y evitando enfoques sensacionalistas, ayuda a disminuir el estigma y favorece que más personas se animen a pedir ayuda.

UN DESAFÍO QUE REQUIERE RESPUESTAS COORDINADAS

Las cifras recientes encendieron una señal de alarma entre los equipos de salud mental. El aumento de los suicidios aparece asociado a múltiples factores sociales, económicos y sanitarios, además de una demanda creciente de atención psicológica y psiquiátrica.

Especialistas consultados sobre el tema coinciden en que la prevención requiere políticas sostenidas en el tiempo, mejores sistemas de información, capacitación de profesionales, programas comunitarios y acciones de promoción de la salud mental desde edades tempranas. También señalan que la inversión pública destinada al área forma parte del debate actual, aunque advierten que ninguna medida aislada alcanza para revertir una problemática de semejante complejidad.

Para Sarasola, el desafío comienza mucho antes de una consulta médica. “Lo primero es romper el silencio”, insiste. Porque detrás de cada estadística hay personas que, muchas veces, intentaron expresar su sufrimiento antes de llegar a una situación extrema. Escucharlas, creerles, generar espacios donde puedan hablar sin miedo y facilitar el acceso a la atención son pasos fundamentales para transformar una realidad que, durante demasiado tiempo, permaneció oculta.

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