El hipódromo de Ascot volvió a reunir a la realeza británica, figuras de la moda, celebridades e invitados llegados de distintos rincones del mundo. Pero, como sucede desde hace décadas, las carreras de caballos compartieron protagonismo con otro espectáculo igual de esperado: el desfile de estilos que transforma al evento en una de las grandes vitrinas de la elegancia.
Royal Ascot es mucho más que una competencia deportiva. Con más de tres siglos de historia, la cita se consolidó como una tradición social donde la vestimenta ocupa un lugar central. Cada edición funciona como un termómetro de las tendencias y una celebración del savoir-faire británico, especialmente en materia de sombrerería.
Este año, la gran protagonista fue una estética que equilibró tradición y modernidad. Aunque los tocados imposibles y las composiciones extravagantes siguen teniendo espacio, las invitadas apostaron mayoritariamente por propuestas más refinadas, donde la creatividad convivió con la armonía y la sofisticación.
Los tonos pastel dominaron buena parte de las jornadas. Amarillos mantequilla, rosas empolvados, celestes suaves y blancos impecables se multiplicaron entre vestidos fluidos, conjuntos monocromáticos y diseños de inspiración romántica. Las flores, tanto en estampados como en aplicaciones tridimensionales, fueron otro de los recursos más repetidos. La realeza volvió a marcar el pulso estético del encuentro. El regreso de Kate Middleton a Ascot, tras varios años de ausencia, concentró buena parte de la atención. La princesa de Gales eligió un vestido amarillo acompañado por una elegante pamela con red, reafirmando su condición de referente de estilo. También destacaron la reina Camila, con una apuesta completamente blanca, y Sofía de Edimburgo, que sorprendió con un sofisticado vestido de organza azul marino. Entre las invitadas más comentadas apareció Anne-Marie Colling, vinculada a la firma Rosa Clará, quien captó las miradas con un vestido floral y un sombrero negro de inspiración clásica. Las sobrinas de Diana de Gales, Lady Amelia y Lady Eliza Spencer, también sobresalieron gracias a estilismos coordinados en tonos suaves y tocados perfectamente integrados a sus conjuntos.
Los hombres tampoco pasaron inadvertidos. La sastrería británica recuperó protagonismo mediante trajes impecables, chalecos coloridos y los clásicos sombreros de copa.
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