El 4 de julio de 1776 —que ayer tuvo un nuevo aniversario, el 250º— suele recordarse como el nacimiento oficial de Estados Unidos, pero la trascendencia de aquella jornada excede ampliamente la creación de un nuevo país. Ese día, los representantes de las Trece Colonias aprobaron un documento que transformó la historia política de Occidente al afirmar que existen derechos que ningún gobierno puede conceder ni quitar porque pertenecen naturalmente a las personas.
La Declaración de Independencia fue mucho más que un acta de separación de Gran Bretaña. Constituyó una justificación política, filosófica y moral de la revolución que los colonos habían iniciado un año antes y sentó las bases de una forma diferente de entender la relación entre el Estado y los ciudadanos.
Su frase más conocida sigue resonando dos siglos y medio después: “todos los hombres son creados iguales” y poseen derechos inalienables entre los que se encuentran “la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Esa última expresión, inusual incluso para su tiempo, terminó convirtiéndose en uno de los conceptos más influyentes de la historia política moderna.
DE LAS PROTESTAS A LA RUPTURA
La independencia no surgió de un día para otro. Fue el desenlace de una crisis que se había profundizado durante más de una década.
Tras la Guerra de los Siete Años, la Corona británica buscó aumentar la recaudación en sus colonias norteamericanas mediante nuevos impuestos y regulaciones comerciales. Para Londres, las medidas eran una forma legítima de financiar la defensa del Imperio. Para los colonos, en cambio, suponían una violación de un principio básico: no podían ser gravados por un Parlamento en el que no tenían representación.
La consigna “no taxation without representation” sintetizó ese creciente malestar.
La tensión escaló con episodios como el Motín del Té de Boston, las posteriores leyes coercitivas impuestas por el Parlamento británico y la respuesta organizada de las colonias a través del Primer Congreso Continental.
Cuando comenzaron los enfrentamientos armados en Lexington y Concord, en abril de 1775, todavía muchos dirigentes aspiraban a una reconciliación con la Corona. Incluso continuaban manifestando lealtad al rey Jorge III.
Sin embargo, la negativa del monarca a negociar, la declaración de rebelión contra las colonias y la decisión de enviar tropas para sofocar el levantamiento terminaron convenciendo a un número creciente de dirigentes de que la separación era inevitable.
En ese contexto apareció un texto decisivo: Common Sense, el panfleto de Thomas Paine publicado a comienzos de 1776. Con un lenguaje accesible, defendía abiertamente la independencia y cuestionaba la monarquía hereditaria. Sus argumentos circularon rápidamente entre la población y ayudaron a transformar una discusión reservada a las élites políticas en un debate público.
UN DOCUMENTO PENSADO PARA CAMBIAR LA HISTORIA
La decisión formal llegó durante el Segundo Congreso Continental reunido en Filadelfia.
El 7 de junio de 1776, Richard Henry Lee presentó la resolución que proponía declarar libres e independientes a las colonias. El debate fue intenso porque no todas las delegaciones contaban aún con autorización de sus gobiernos para votar semejante medida.
Mientras esas autorizaciones llegaban, el Congreso creó un comité encargado de redactar un documento que explicara al mundo las razones de la ruptura.
Ese grupo pasó a la historia como el Comité de los Cinco. Lo integraban Thomas Jefferson, John Adams, Benjamin Franklin, Roger Sherman y Robert Livingston. Aunque todos participaron de la revisión del texto, Jefferson fue quien redactó el borrador principal.
Durante los días siguientes, el Congreso discutió palabra por palabra el documento. Se eliminaron párrafos completos, se modificaron expresiones y se suavizaron algunas acusaciones contra la Corona para lograr un consenso entre todas las colonias.
Finalmente, el 4 de julio fue aprobado el texto definitivo. Semanas más tarde, los representantes comenzaron a firmar la versión manuscrita que hoy se conserva en los Archivos Nacionales de Washington.
La Declaración comenzaba explicando que existían circunstancias en las que un pueblo tenía derecho a romper los vínculos políticos que lo unían a otro. A continuación exponía una serie de principios generales sobre los derechos humanos y el origen legítimo del poder político. Recién después enumeraba los agravios que los colonos atribuían al rey Jorge III y concluía proclamando el nacimiento de nuevos Estados libres e independientes.
No era simplemente una lista de reclamos contra la Corona británica. Era una nueva manera de justificar el poder político.
Hasta entonces, la legitimidad de muchos gobiernos descansaba en la tradición, la herencia o el derecho divino de los reyes. La Declaración proponía otra idea: los gobiernos existen para proteger los derechos de las personas y obtienen su legitimidad únicamente del consentimiento de los gobernados.
Si dejan de cumplir esa función y se convierten en instrumentos de opresión, sostenía el texto, el pueblo tiene derecho a modificarlos o incluso abolirlos para crear otros que garanticen mejor su seguridad y su felicidad.
Esa afirmación constituyó uno de los principios políticos más revolucionarios del siglo XVIII y marcaría el rumbo de numerosos movimientos democráticos en las décadas siguientes.
LA FELICIDAD COMO UN DERECHO
Entre todas las ideas contenidas en la Declaración, ninguna alcanzó tanta proyección como aquella que afirma que las personas poseen derechos inalienables entre los que se encuentran “la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.
La expresión no era casual. Hasta entonces, los documentos políticos solían concentrarse en cuestiones de propiedad, privilegios o prerrogativas otorgadas por los soberanos. Jefferson eligió una formulación mucho más amplia, que remitía a la posibilidad de que cada individuo desarrollara su proyecto de vida sin interferencias arbitrarias del poder.
La jornada de 1776 dio origen a un ideario que inspiró procesos políticos en todo el mundo
Los historiadores han debatido durante décadas el origen de esa frase. Una de las principales influencias provino del pensamiento del filósofo inglés John Locke, quien había sostenido que las personas nacen con derechos naturales y que los gobiernos existen para protegerlos. Sin embargo, Jefferson reemplazó el concepto lockeano de la propiedad por la “búsqueda de la felicidad”, una decisión que amplió el horizonte del texto y permitió múltiples interpretaciones a lo largo del tiempo.
La felicidad, en este contexto, no debía entenderse como un estado emocional permanente ni como una promesa de bienestar garantizado por el Estado. Aludía más bien a la posibilidad de perseguir libremente los propios objetivos, construir un destino personal y participar en la vida pública sin sufrir persecuciones o arbitrariedades.
La Declaración tampoco afirmaba que todos los ciudadanos fueran efectivamente iguales en la práctica. De hecho, la joven nación convivía con profundas contradicciones. La esclavitud seguía vigente en buena parte del territorio y las mujeres, los pueblos originarios y otros sectores permanecían excluidos de la participación política.
Sin embargo, aquella afirmación de igualdad terminó convirtiéndose en un ideal al que distintas generaciones acudirían para reclamar nuevos derechos.
Décadas más tarde, el presidente Abraham Lincoln retomaría esas palabras para sostener que la igualdad proclamada en 1776 constituía el verdadero fundamento moral de Estados Unidos. Con el tiempo, el movimiento por los derechos civiles, las luchas contra la segregación racial y numerosas reivindicaciones democráticas encontrarían en la Declaración uno de sus principales argumentos.
Paradójicamente, un texto nacido para justificar una independencia terminó transformándose en una referencia permanente para cuestionar las propias injusticias de la sociedad estadounidense.
UN LEGADO QUE CRUZÓ FRONTERAS
La influencia de la Declaración de Independencia trascendió rápidamente las fronteras de las Trece Colonias. Su combinación de principios universales y argumentos políticos inspiró procesos emancipadores y movimientos constitucionales en distintos continentes.
Sus ideas fueron retomadas durante la Revolución Francesa y pueden reconocerse en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789. También dejaron huellas en los movimientos independentistas de Hispanoamérica durante las primeras décadas del siglo XIX, así como en numerosos documentos fundacionales de nuevos Estados.
Más allá de las diferencias entre cada proceso histórico, el principio era similar: los pueblos podían decidir su propio destino cuando un gobierno dejaba de proteger sus derechos fundamentales.
Con el paso de los siglos, la Declaración dejó de ser únicamente un documento estadounidense para convertirse en una referencia del constitucionalismo moderno y de la teoría de los derechos humanos. Su influencia puede rastrearse en constituciones, declaraciones internacio- nales y numerosos debates sobre la legitimidad del poder político.
Al mismo tiempo, el texto ha sido objeto de múltiples revisiones críticas. Los historiadores recuerdan que muchos de sus firmantes eran propietarios de esclavos y que los ideales proclamados en 1776 convivían con realidades profundamente desiguales. Esa contradicción no invalida el alcance del documento, pero sí obliga a leerlo dentro de su contexto histórico y comprender que buena parte de las conquistas posteriores consistieron precisamente en intentar hacer realidad aquellos principios.
Dos siglos y medio después, la Declaración sigue ocupando un lugar singular en la historia. No solo porque marcó el nacimiento de Estados Unidos como nación independiente, sino porque propuso una idea novedosa sobre el origen del poder: los gobiernos existen para servir a las personas y no al revés.
Su mensaje continúa generando discusiones, interpretaciones y controversias. ¿Qué significa realmente la igualdad? ¿Hasta dónde llegan las libertades individuales? ¿Qué responsabilidades tiene un Estado para garantizar que las personas puedan desarrollar plenamente su proyecto de vida?
La respuesta ha cambiado con el tiempo, pero la pregunta permanece abierta desde aquel verano de 1776.
Quizás por eso la frase más recordada de la Declaración continúa vigente. No promete que la felicidad pueda alcanzarse ni que el Estado deba asegurarla. Lo que afirma es algo diferente y, todavía hoy, profundamente desafiante: que cada ser humano posee el derecho irrenunciable de buscarla.
Ese principio, formulado hace 250 años en un salón de Filadelfia por un grupo de representantes que buscaban romper con el dominio británico, terminó convirtiéndose en una de las ideas políticas más influyentes de la historia moderna. La independencia de Estados Unidos cambió el mapa del mundo; la defensa de la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad cambió, además, la forma en que millones de personas entendieron la relación entre los ciudadanos y el poder.
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