Hay despedidas que se dicen y despedidas que se escriben. Esta es de las segundas, y llegó tarde a propósito: diez años después de separarse, Martín se sentó a escribirle a Julieta la carta que en su momento no supo darle. No para pedirle que vuelva. Para contarle, por fin y lógicamente desde su perspectiva, todo lo que pasó entre el principio y el final. Esa carta, hoy, llegó a la redacción de EL DIA
“Nos conocimos en un departamento 47, en una previa que ninguno de los dos quería ir”, arranca la carta. Julieta estudiaba Bellas Artes; Martín, Periodismo. Ambos, en el auge de la vida, apenas superaban los 20 años. Se cruzaron cerca de la heladera, discutiendo sobre una banda que a ninguno de los dos le gustaba en realidad, y terminaron sentados en dos sillas de mimbre de balcón hasta las cinco de la mañana, cuando ya no quedaba nadie más en el departamento más que ellos dos y el dueño que dormía.
EL PRINCIPIO, EN LA PLATA
Los primeros meses fueron de bicicleta por las ramblas y cervezas en diferentes bares de la Ciudad. Martín recuerda, en la carta, un detalle que nunca le dijo en voz alta: que la primera vez que la vio reírse fuerte, en Plaza Moreno, decidió que quería escuchar esa risa el resto de su vida. “No te lo dije porque me pareció una declaración demasiado grande para una primera semana. Te lo digo ahora, que ya no importa el tamaño”, escribe.
Se recibieron con seis meses de diferencia. Ella consiguió una beca para hacer un posgrado en Ámsterdam; él, que recién empezaba en un portal local, decidió acompañarla sin pensarlo demasiado. “Dije que sí antes de terminar de escuchar la pregunta”, cuenta. Vendieron pocas cosas, guardaron otras en la casa de la madre de Julieta, y se fueron con dos valijas y la certeza, dice la carta, de que estaban haciendo lo correcto.
LA VIDA AFUERA
Ámsterdam les dio una habitación con ventana sobre un canal, un idioma nuevo que aprendieron a los tropezones, y trabajos que no eran los soñados pero alcanzaban. Los primeros dos años, escribe Martín, fueron de descubrimiento compartido: bicicletas bajo la lluvia, amigos de otros países, la nostalgia manejable de las videollamadas los domingos. Pero después llegó algo que ninguno supo nombrar a tiempo.
Tras recibir la carta, ella la guardó y no respondió. Sólo le contó a su hija, por primera vez, aquella historia de amor
“Nos habíamos ido juntos, pero em pezamos a construirnos separados”, reconoce la carta. Ella encontró un grupo de trabajo que la entusiasmaba; él extrañaba escribir en español y sentía que estaba practicando un idioma -el neerlandés, pero sobre todo el de la relación- que no terminaba de dominar. Empezaron las conversaciones postergadas, los silencios que antes no existían, la sensación de estar viviendo la misma vida en paralelo y no juntos.
Ella consiguió una beca para hacer un posgrado en Ámsterdam; él, que recién empezaba en un portal local, decidió acompañarla
La separación no tuvo escena de gritos. Fue, según la carta, una tarde de invierno en la que los dos dijeron en voz alta lo que hacía meses pensaban por separado. “Nos abrazamos más tiempo del que hablamos. Me pareció que ese abrazo decía mejor lo que sentíamos que cualquier palabra que fuéramos a encontrar”, escribe Martín.
CADA UNO, SU CAMINO
Julieta se quedó en Ámsterdam, terminó el posgrado y hoy trabaja en un estudio de diseño; según cuenta la carta, tiene pareja y una hija de tres años. Martín volvió a La Plata al año siguiente, retomó su trabajo como periodista, y hoy vive a diez cuadras de donde se conocieron. No se hablan seguido, pero se escriben en los cumpleaños.
La carta no pide nada. No busca reabrir nada. Es, dice el propio Martín al cerrarla, una manera de terminar de contar una historia que se cortó a la mitad por la vida misma, no por falta de amor. “Nunca dejé de pensar que fuiste la persona correcta en el momento correcto, y que el momento, en algún punto, se nos terminó. Gracias por la risa en Plaza Moreno. Gracias por las bicicletas bajo la lluvia. Ojalá esta carta te encuentre bien, aunque llegue algunos años tarde”, cierra.
Julieta, dicen quienes conocen a la protagonista de esta historia, la leyó dos veces y después la guardó junto con una foto de los canales de Ámsterdam. No paso por su menteresponder con otra carta. Lo que si hizo, meses después, fue contarle a su hija -por primera vez- que antes de esta vida tuvo otra, en otro país, con otro nombre propio en el medio.
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