“Estoy mejor porque encontré a alguien con quien estar es fácil. Eso es muy distinto.”
Graciela tenía 67 años y la certeza, bastante asentada, de que el amor era algo que le había pasado en otra vida. No lo decía con amargura. Lo decía como se dice que ya no se come picante: con resignación tranquila y sin drama.
Había enviudado cinco años antes. Jorge, su marido de cuatro décadas, murió en marzo de 2019, justo antes de que el mundo se cerrara y ella tuviera que aprender a estar sola en cuarentena. Lo aprendió. Le costó, pero lo aprendió.
Fue su hija quien la anotó en el coro. “Me dijo: mamá, necesitás salir. Yo le decía que salía. Pero ella sabía que ir al supermercado no era salir”, contó Graciela a este diario. El coro funcionaba los miércoles a la noche en el centro cultural de su barrio, en la periferia platense Era gratuito, pedían solo puntualidad y ganas.
Osvaldo llevaba dos años yendo cuando ella apareció por primera vez, en abril de 2022. Él tenía 71, era jubilado y había entrado al coro por razones parecidas: su mujer había muerto, sus hijos vivían lejos, y los miércoles se le hacían muy largos. “La música no me sale especialmente bien”, admitió, honesto, entre risas. Luego, agregó: “Pero me gusta cantar. Y me gustaba tener adonde ir.”
Graciela se sentó en la fila de sopranos. Él estaba en los barítonos, al fondo. Durante meses se vieron sin verse: el saludo de entrada, algún comentario sobre la letra de tal canción, el té del final. Nada más.
El miércoles que cambió todo fue en agosto de ese mismo año. Habían ensayado una hora cuando se fue la luz en toda la manzana. El director decidió suspender y la mayoría se fue rápido. Graciela se quedó buscando el paraguas que había dejado en el patio. Osvaldo se quedó porque su bicicleta tenía la luz rota y prefirió esperar a que volviera la luz.
“Había una vela en una mesita. Nos sentamos cada uno en una silla y nos quedamos ahí”, recordó Graciela. “No sé cuánto tiempo estuvimos. Una hora, capaz más.”
Hablaron de sus muertos. No de entrada, pero llegaron. Hablaron de cómo es vivir solo después de no haber vivido solo en décadas. De los hijos que llaman pero tienen su vida. De la extraña libertad y el extraño peso de no tener que consultar nada con nadie. “Fue la primera vez en mucho tiempo que hablé de Jorge sin ponerme a llorar”, dijo ella. “No sé por qué. Capaz porque él también había perdido a alguien y no me iba a mirar con esa cara de ‘pobrecita’.”
Osvaldo lo recuerda distinto, o lo recuerda desde otro lugar. “Yo pensé: esta mujer tiene una forma de decir las cosas que me gusta mucho. Eso me quedó muy marcado”
Después de eso, los miércoles cambiaron de forma. Llegaban un poco antes. Se sentaban a tomar el té del final siempre en la misma mesa. Un día él la acompañó caminando hasta la parada del colectivo. Otro día ella le llevó facturas. “Fue despacio”, dijo Graciela y sumó: “Y eso estuvo bien. A esta edad uno no necesita que vaya rápido. Necesita que vaya bien.”
El primer beso fue en octubre, una noche que también llovía, también en el patio. “Le dije: hace mucho que quiero hacer esto. Y ella me dijo: yo también, pero vos no te apurabas”, contó Osvaldo, todavía con algo de vergüenza.
Llevan casi tres años. Él sigue yendo al coro. Ella también, aunque ahora ya no en filas separadas: el director, que vio venir todo mucho antes que ellos, los acomodó juntos hace tiempo. No conviven, pero se ven casi todos los días. Los hijos de los dos, al principio un poco desconcertados, terminaron entendiéndolo.
“Mis hijos me dicen que estoy mejor. Y tienen razón”, dijo Graciela. “Pero no es que estoy mejor porque estoy con alguien. Estoy mejor porque encontré a alguien con quien estar es fácil. Eso es muy distinto.”
Osvaldo, cuando le preguntan cómo definiría lo que tienen, tarda un momento. Después responde con la misma economía de quien eligió bien las palabras: “Compañía y de la buena”
El coro sigue ensayando los miércoles. Ellos no faltan.
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