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Volver al primer amor: fueron novios en la adolescencia, dejaron de verse por 10 años y hoy se van a casar

Tras una relación interpelada por una beca y la curiosidad de la juventud, ambos decidieron tomar distancia y rumbos diferentes. Pero, como un hilo rojo, siempre supieron que eran el uno para el otro: se van a casar a fin de mes

Se separaron porque eligieron futuros diferentes / freepik

Por Redacción

“Estoy escribiendo estas líneas con lo que queda de mí. No por algo malo: me voy a casar. Luego de que mi futura esposa me dijera que sí, pensé que debía dejar asentado los cimientos de esta historia de amor. No me importa si mañana me muero, lo haré feliz”. Quién envió esta carta a la redacción de EL DIA, es Pablo -que por cuestiones laborales decidió no utilizar su nombre verdadero-, vecino de la Ciudad cuya relato en primera persona exhibe una historia que merece ser contada.

“Nos conocimos en quinto año de un colegio de City Bell. Ella era nueva y yo tardé varios meses en animarme a hablarle. Empezamos siendo amigos, después novios. Pasamos juntos el viaje de egresados, el ingreso a la facu, los primeros trabajos y todo eso que uno cree que va a durar para siempre”, escribe Pablo.

La historia avanzó con la naturalidad propia de las parejas que crecen al mismo tiempo. Mientras él estudiaba y comenzaba a trabajar en La Plata, ella empezó a preparar una beca -sólo por curiosidad, casi sin expectativas- para hacer un posgrado en Europa. Cuando la confirmación llegó, ambos tenían 25 años.

“No hubo una pelea. Nadie dejó de querer al otro. Al contrario. Nos sentamos, hablamos varias horas y entendimos que si seguíamos juntos alguno iba a terminar resignando algo importante. También dijimos otra cosa: teníamos derecho a conocer otras personas, a vivir otras experiencias. Nos abrazamos, lloramos un rato y cada uno siguió su camino”, explica Pablo aunque advierte: “Honestamente, aunque parece fácil, fue lo más difícil que me pasó en la vida”.

Durante cinco años no supieron nada del otro. Las ganas estaban pero ambos habían pactado el famoso “contacto cero” para que el duelo sea más rápido. Ella se instaló en otro país, terminó sus estudios y construyó una vida lejos de Argentina. Él siguió en La Plata, cambió de trabajo, se mudó y aprendió a convivir con una ausencia que, con el tiempo, dejó de doler.

“Cuando regresé pensé muchas veces en escribirle”, recuerda ella en un pasaje que Pablo reconstruye a partir de conversaciones que tuvieron después. “Les pregunté a amigos en común y al final supe que estaba en pareja. Me alegró por él. Cerré la computadora y no hice nada más”.

El tiempo siguió haciendo su trabajo. Ella también comenzó una relación estable. Nunca se agregaron en redes sociales. Seguían ese pacto inicial al pie de la letra. No hubo mensajes por cumpleaños, ni reacciones a fotografías, ni saludos de ocasión. La curiosidad existía, pero ambos -inflexibles- sostuvieron la distancia.

“Era raro. A veces me preguntaba cómo estaría. Si seguía viviendo en la misma ciudad. Si había cumplido los sueños que tenía cuando teníamos veinte años. Sólo tenía que googlearla, pero nunca lo hice”, cuenta él.

Los años pasaron hasta el año pasado, cuando ambos cumplieron 35. Sin saberlo, algo parecido empezó a ocurrirles.

“Durante varias semanas soñé con ella. No eran sueños extraordinarios. Caminábamos, tomábamos un café, hablábamos. Soñaba con su voz, ¿entendés? Me despertaba con una sensación rara”, reflexiona Pablo.

Hasta que, harto de ser preso de sus palabras, abrió una vieja casilla de correo electrónico que conservaba desde la facultad. Allí encontró una dirección que nunca había eliminado. Dudó. Escribió. “Le mandé un mail muy corto. Le dije que esperaba que estuviera bien y que, si alguna vez tenía ganas, podíamos tomar un café. Pensé que quizás nunca iba a responder”.

La respuesta llegó al día siguiente. “Me escribió que hacía mucho tiempo quería hacer exactamente lo mismo, pero que nunca había encontrado la forma. Que ese correo le había llegado en el momento justo”, detalla.

Se encontraron una semana después, en un bar del centro platense. Hablaron durante cuatro horas. Se contaron los años que no habían compartido, las parejas que habían tenido, los proyectos que habían cambiado y las personas en las que se habían convertido. “No sentí que estaba recuperando el tiempo perdido. Sentí que estaba conociendo de nuevo a alguien que, de algún modo, siempre había seguido presente”, revela Pablo.

Al mes empezaron otra vez. Sin promesas y con la experiencia de quienes ya saben que el amor también necesita tiempo, distancia y decisiones difíciles.

“Dentro de unas semanas nos vamos a casar. Si alguien me hubiera dicho, cuando nos despedimos a los 25 años, que una década después íbamos a volver a elegirnos, no lo habría creído”, dice él. También confiesa que desde afuera todo parece vertiginoso pero que no quiere perder más él tiempo. Es decir, una vida sin ella. Con seguridad, culmina: “La vida, a veces, encuentra caminos que uno no imagina. Y esta historia empezó dos veces. Esta vez, la segunda fue la vencida”.

“Durante varias semanas soñé con ella. Soñaba con su voz, ¿entendés? Me despertaba con una sensación rara”

Tras la separación, ambos pactaron, para un dolor menor, establecer el famoso “contacto cero”

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