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“Generación agotada”: la fatiga permanente que atraviesa a muchos jóvenes platenses

Entre la hiperconexión, la precariedad laboral y la presión por rendir, adultos de entre 22 y 38 años describen una sensación crónica de desgaste físico y emocional. Especialistas advierten que el fenómeno excede lo individual y afecta vínculos. Experiencias en primera persona

La escena se repite en departamentos, oficinas, aulas y colectivos. Jóvenes adultos que duermen pero no descansan. Que sienten que el cuerpo está quieto, aunque la cabeza siga funcionando como una máquina encendida las 24 horas. Personas que estudian, trabajan, se capacitan, intentan sostener vínculos, proyectar una vida y, al mismo tiempo, conviven con una sensación persistente de agotamiento que parece no tener pausa.

Especialistas en salud mental ya comenzaron a definir este fenómeno como la “Generación Agotada”: adultos de entre 22 y 38 años atravesados por fatiga emocional, ansiedad, hiperconexión y presión constante por rendir. En Argentina, además, el contexto económico y la incertidumbre potencian un desgaste que ya dejó de ser solamente individual para convertirse en un síntoma cultural. Según distintos relevamientos sobre salud laboral, el 92% de los trabajadores argentinos asegura sentirse “quemado” por el trabajo, y el país lidera desde hace cuatro años el ranking regional de agotamiento laboral.

Pero detrás de las estadísticas aparecen historias concretas: jóvenes que sienten que nunca llegan, que siempre deben producir más y que incluso en el tiempo libre siguen conectados mentalmente con obligaciones, pantallas y preocupaciones.

“SIENTO CANSANCIO Y FRUSTRACIÓN”

Zoe tiene 24 años, es fotógrafa y reconoce que el cansancio forma parte de su rutina cotidiana. Admite que siente “agotamiento mental y físico”.

“Reconozco síntomas como estrés, cansancio/sueño recurrente, dolor de cabeza, sobrepensar, frustración…”. Cuenta que esa sensación no es aislada, sino que aparece constantemente en las conversaciones con amigas de su misma edad.

“Y, todas estamos en la misma situación. Sobre todo por tener 2 trabajos, estudiar, mantener vida social” y un largo etcétera. La preocupación económica ocupa un lugar central en ese desgaste.

“Lo atribuyo mucho al trabajo, al estar pensando todos los días en si la plata me va a alcanzar, si me puedo dar un gusto o no, y en rendir en todos los aspectos de la vida”.

El licenciado en Psicología Mel Gregorini explica que este fenómeno combina agotamiento físico, emocional y mental, atravesado por una presión permanente de productividad.

“Se la está denominando generación agotada o burnout. Exhibe un agotamiento tanto físico, como crónico, y emocional que afecta sobre todo a los millennials, caracterizado por un cansancio o fatiga colectiva, además de una presión constante por ser productivo. Esa situación cultural, social y ambiental hace que la persona esté hiperconectada, tanto social como económicamente con la realidad”.

Para Gregorini, el desgaste actual tiene una particularidad: no termina cuando finaliza la jornada laboral. El cuerpo puede detenerse, pero la mente continúa en alerta.

“ANSIEDAD PARALIZANTE”

“Los principales síntomas psicológicos que se advierten a partir de este fenómeno son el agotamiento físico, mental y una crisis de la ansiedad muy desbordante o paralizante, que suelen entremezclarse con crisis de angustia e identidad”.

La tecnología aparece como uno de los factores más visibles del fenómeno. El celular, las redes sociales y la necesidad de disponibilidad permanente generan una continuidad de estímulos que dificulta la desconexión real.

Zoe se define como “una persona bastante viciosa con el celular”.

“Uso mucho todas las redes sociales, y mi tiempo en pantalla por día suele ser de 4hs diarias”. Incluso en momentos de ocio, reconoce que desconectar se vuelve difícil.

“A veces es difícil desconectar de las pantallas cuando te juntás con amigas, por ejemplo, pero tratamos de dejarlos lejos a la hora de charlar. Lo mismo al momento de ver una serie o película”. Eso sí, aclara, “lo primero que hago cuando termina es agarrar el celular. Trato de manejarlo, pero a veces me cuesta”.

El médico especialista en Psiquiatría y Psicología Médica, Diego Sarasola, describe este proceso como un estado de “desgaste cerebral por sobreestimulación”.

“UNA BATERÍA COGNITIVA EN ROJO”

“El término ‘generación agotada’ describe a los adultos jóvenes que operan con su batería cognitiva en rojo de forma crónica. Si bien está lejos de ser un término técnico y por lo tanto difícil de definir, podemos pensarlo como un estado de desgaste cerebral por sobreestimulación”. Y agrega una diferencia clave entre el cansancio tradicional y el agotamiento mental contemporáneo.

“El agotamiento físico se repara durmiendo; el agotamiento mental configura un problema de procesamiento. Podés estar tirado en un sillón sin mover un músculo, pero si tu corteza prefrontal sigue rumiando problemas o scrolleando pantallas, el cerebro no estará descansado en absoluto”.

“ME SIENTO SIN GANAS”

La sensación de saturación también atraviesa a Ludmila, una estudiante de 26 años. “A veces siento mucho agotamiento, tanto mental como físico, más que nada cuando tengo muchas cosas juntas”.

Reconoce síntomas que ya naturalizó entre personas de su generación, algo que es tema de conversación recurrente entre ellas: “Cansancio, falta de ganas, ansiedad, dificultad para concentrarme a veces y dormir mal”.

Como muchos jóvenes, relaciona ese estado con múltiples exigencias simultáneas. Lo adjudica al “estrés, facultad, exigencias, ansiedad y al uso del celular”, porque también admite sentirse “híper conectada”.

Para Sarasola, las redes sociales modificaron directamente el funcionamiento de la atención y del descanso mental.

“En lo neurocognitivo, las redes sociales funcionan como estímulos permanentes e inagotables. Cada notificación activa el circuito de recompensa del cerebro, pero de forma efímera. Esto fragmenta la atención: el cerebro ya no sabe estar en una sola tarea. La hiperconectividad no nos conecta más; satura los canales de procesamiento de la información, dejándonos sin resto cognitivo”.

“FRECUENCIA INFINITA”

El especialista sostiene que el problema ya no es solamente la intensidad del estrés, sino su permanencia. “Las generaciones anteriores sufrían un estrés de tipo ‘intermitente’: picos de alta exigencia seguidos de periodos obligatorios de desconexión. Hoy sufrimos un estrés de ‘baja intensidad pero frecuencia infinita’. La tecnología eliminó las barreras físicas y temporales del descanso. No hay tregua”.

La incertidumbre económica es otro de los ejes que atraviesan a esta generación. Martín, periodista de 34 años, resume esa sensación de frustración que aparece cuando el esfuerzo no alcanza para construir estabilidad.

“HICE UN ESFUERZO MUY GRANDE Y EL SUELDO NO ME ALCANZA”

“Estudié, trabajé y me esforcé: terminé la carrera, hice posgrados y acepté trabajos inestables porque creía que era el camino, pero hoy tengo un contrato temporal, pago alquileres y mi sueldo no alcanza para ahorrar ni para pensar en comprar algo propio. Mis amigos no se casan; muchos volvieron a la casa de sus padres por necesidad, por eso muchas veces me siento cansado y frustrado: las metas que nos vendieron parecen quedar fuera de alcance”.

Sarasola explica que esa sensación de desgaste se profundiza porque la identidad quedó atada al rendimiento.

“La presión por ser ‘productivos’ y exitosos causa trastornos de ansiedad o depresión. La cultura del hustle alteró el sistema de valoración interno. Cuando la identidad se fusiona con la productividad, pasamos a ser lo que hacemos y el descanso se procesa biológicamente como ‘culpa’ o ‘falla’”.

Lucas, arquitecto de 30 años, describe justamente esa imposibilidad de detenerse.

“NO TENGO HIJOS PORQUE NO PUEDO DARLES UNA VIDA DIGNA”

“Mi rutina es estar siempre disponible: hago horas extra, trabajo por proyecto y al mismo tiempo intento capacitarme para no quedarme atrás. Sin embargo, cada avance profesional trae más precariedad. También está la incertidumbre para planear a futuro y la sensación de que cualquier imprevisto te derrumba. No tengo hijos porque siento que no puedo garantizarles una vida digna; eso me angustia y me hace sentir culpable”.

Para Gregorini, el agotamiento sostenido también impacta sobre la identidad y los vínculos. “La presión por ser altamente productivo está causando un desgaste muy marcado en esta generación. Se sienten presionados por generar contenido o nuevas formas de comunicación, eso los hace caer en un agotamiento psíquico, social y también de índole biológico”.

Las consecuencias aparecen, además, en la vida social y afectiva. Ludmila, por ejemplo, reconoce que “las redes influyen mucho en los vínculos, ya que facilitan la comunicación, pero a veces generan ansiedad o estar demasiado pendiente del otro”.

Sarasola señala que un cerebro agotado pierde capacidad de empatía y tolerancia.

“En los vínculos, el impacto es directo. Un cerebro agotado no tiene resto cognitivo para la empatía. Nos volvemos intolerantes, disminuye la paciencia y aparece el aislamiento. La paradoja de la generación agotada es que, necesitando apoyo social, tiende a aislarse porque interactuar le demanda una energía que no tiene”.

EL CONSUMO DE ANSIOLÍTICOS

Mientras tanto, el aumento del malestar psicológico vino acompañado de otro fenómeno preocupante: “Se disparó el consumo de psicofármacos, ansiolíticos y antidepresivos en jóvenes adultos”, asegura Gregorini, mientras que Sarasola advierte sobre el riesgo de transformar la medicación en un simple mecanismo para seguir funcionando.

“El peligro neurobiológico es que el psicofármaco, si no está bien usado, sirva como un ‘parche sintomático’ para seguir rindiendo en un estilo de vida insostenible. Es el equivalente a tapar con cinta el testigo de alarma de combustible en el tablero del auto para seguir manejando”.

Frente a ese escenario, los especialistas coinciden en que recuperar espacios de desconexión real resulta fundamental.

Zoe intenta hacerlo con pequeñas estrategias cotidianas: “Trato de desconectar jugando en el patio con mis mascotas, leyendo un libro, cocinando algo...”.

Destaca también un hábito familiar que buscan sostener: “En mi casa, a la hora de almorzar o cenar los celulares quedan en un mueble, para poder disfrutar el momento en familia”.

Gregorini considera que volver a conectarse con otros espacios y vínculos puede ser parte de la salida.

“La estrategia terapéutica podría ser la psicoterapia, el intercambio con otros pares y también revincularse en espacios abiertos, en clubes y estar en contacto con la cultura”, convencido de que “reiniciar el sistema ayuda a volver a conectarse”.

Pandemia
“Funcionó como un acelerador y un trauma de adaptación masivo. Neurobiológicamente, barrió con los rituales de transición -el viaje al trabajo, el cambio de ambiente-, fusionando el espacio de seguridad, que es el hogar, con el de exigencia: empleo.“La pandemia fue muy incidente”, explica Gregorini, mencionando que “se estudia mucho el ‘síndrome de la cabaña’”, asociado a las dificultades para retomar la vida social luego del aislamiento prolongado.
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