Grian Serrano siente que ya agotó toda la suerte que una persona puede tener en una vida. A sus 46 años sobrevivió a dos de las mayores tragedias que golpearon al estado venezolano de La Guaira: el devastador deslave de 1999 y los dos terremotos del 24 de junio pasado. Después de escapar por segunda vez de la muerte, tomó una decisión definitiva: no volverá a vivir allí.
Con un ojo amoratado y golpes en distintas partes del cuerpo, el comerciante intenta asimilar lo ocurrido la semana pasada. Aquella tarde, el edificio de ocho pisos donde vivía junto a su hijo de ocho años y su madre, de 69, se desplomó tras los sismos de magnitud 7,2 y 7,5 que sacudieron la costa venezolana.
Los tres quedaron atrapados bajo una montaña de concreto, hierro y polvo. En medio de la oscuridad absoluta, Serrano logró abrirse paso con las manos entre los escombros. Después, con la ayuda de dos personas que pasaban por el lugar, consiguió rescatar primero a su hijo y luego a su madre.
“UN MILAGRO DE DIOS”
“Es un milagro de Dios”, repite una y otra vez al recordar aquellos minutos interminables en los que creyó que no volvería a ver la luz. La tragedia dejó al menos 1.943 muertos, más de 10.500 heridos y cientos de edificios destruidos o dañados, especialmente en La Guaira, donde se concentra buena parte de la devastación.
Sin embargo, para Serrano el miedo ya tenía un antecedente imborrable. El 15 de diciembre de 1999 también vivía en Los Corales cuando las lluvias torrenciales provocaron la llamada Tragedia de Vargas. Aquella noche despertó sobresaltado por los gritos de la empleada doméstica. Desde la ventana vio cómo un río desbordado arrastraba árboles, enormes rocas, autos e incluso personas que pedían ayuda desesperadamente.
Junto a su madre, su hermana y la empleada escapó hacia la azotea del edificio. Desde allí observó cómo el agua cubría los primeros pisos mientras los troncos golpeaban con fuerza las columnas de la estructura. Esperaron durante dos días sin que llegara ayuda. Al final descendieron y caminaron entre barro, piedras y escombros hasta la vivienda de unos familiares. Meses después regresaron al departamento, que permanecía sin agua ni luz, y reconstruyeron lentamente sus vidas.
La llamada Tragedia de Vargas dejó cientos de muertos, miles de desaparecidos y cerca de 250.000 personas afectadas. Para Serrano, la reciente catástrofe reabrió heridas que nunca terminaron de cerrar.
“No es normal que en el mismo sitio pasen cosas tan horribles”, afirma desde la casa de un familiar en Caracas, donde ahora intenta empezar de nuevo.
Especialistas sostienen que gran parte de los edificios derrumbados estaban construidos sobre terrenos aluvionales, particularmente vulnerables a los movimientos sísmicos si no cumplen estrictas normas de ingeniería sismorresistente. La cercanía de La Guaira a la Falla de San Sebastián también contribuye a su elevada exposición a este tipo de fenómenos. Mientras las explicaciones técnicas buscan responder por qué ocurrió el desastre, Serrano solo piensa en el futuro. Perdió su vivienda, sus pertenencias y la tranquilidad. Pero conservó lo más importante: su hijo y su madre.
Por eso no tiene dudas sobre el siguiente paso. “Ya son dos veces. Pienso de repente que a la tercera ya sería como que va a ganar la batalla”, dice. Y esa es una oportunidad que no está dispuesto a darle al destino.
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