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“Carrie”: la reina de la bailanta que nunca deja de arder

Prime Video estrena hoy la miniserie de Mike Flanagan, nueva vuelta a la chica telequinética que lanzó a Stephen King al estrellato. Medio siglo de un mito que habló de bullying, cuerpo femenino y violencia escolar antes de que esos temas tuvieran nombre propio

Prime Video trae a la pantalla una nueva Carrie para tiempos modernos

Por Redacción

Hay imágenes que el cine nunca terminó de desalojar de la memoria colectiva, y el balde de sangre de cerdo que cae sobre una adolescente recién coronada es una de ellas. Este miércoles llega a Prime Video la cuarta adaptación de “Carrie”: una miniserie de ocho episodios creada por Mike Flanagan, el hombre que reinventó el gótico en “La maldición de Hill House” y “La caída de la casa Usher”, y que ya había transitado el universo de Stephen King con “El juego de Gerald” y “Doctor Sueño”.

“Carrie” es, claro, la historia de Carrie White, una tímida e inadaptada adolescente que sufre el acoso constante de sus compañeros de instituto y vive oprimida por su madre, una fanática religiosa. Pero, además, tiene poderes telequinéticos, y los va a usar para vengarse. Sobre esta historia ya icónica, Flanagan se toma libertades poco habituales. La serie arranca con la muerte del padre de Carrie, un conspiranoico al que en las versiones anteriores ella nunca conoció, y con el hallazgo de que tenía una esposa y una hija escondidas, rezando en un placard. Carrie (Summer H. Howell), educada hasta entonces en casa, tiene que ir a la secundaria pública. Margaret (Samantha Sloyan) consigue trabajo en un hipermercado y termina convertida en vlogger y cruzada de los “derechos de los padres”. Chris maneja una cuenta anónima que sube el video del vestuario, y el director de la escuela (Matthew Lillard) duda si lo que pasa en las redes es asunto suyo.

Es la primera versión que logra salir de la sombra de Brian De Palma, una de las grandes películas de la historia del terror: en la visión de Flanagan, Carrie ya no es solo la historia de una madre fanática y una abusona que fabrican un monstruo; es una tragedia colectiva, la de una comunidad donde las buenas intenciones de todos naufragan en la indecisión, la desinformación y el miedo.

DEL TACHO DE BASURA A LA FAMA

Todo eso lee Flanagan en la novela de 1974, que Stephen King publicó cuando tenía apenas 26 años, daba clases de inglés en una escuela de Maine, vivía con lo justo y publicaba cuentos en revistas masculinas. Empezó “Carrie” como relato breve, se sintió ajeno a esas páginas sobre vestuarios de chicas y las tiró a la basura. Su esposa, Tabitha, las rescató y lo empujó a seguir. Los derechos de la edición de bolsillo se vendieron por 400.000 dólares, y King pudo dejar el aula.

El libro tenía una forma extraña. Intercalaba la narración con informes, recortes de prensa y testimonios ante una comisión investigadora, como si la masacre ya fuera un expediente. King contó después que lo escribía desde los dos lados del pupitre: el alumno que había sido y el profesor que era. Y nunca cambió su mirada sobre la secundaria: un territorio del que, más que graduarse, uno se escapa.

Dos años después fue película. Brian De Palma venía de fracasos y éxitos a medias, como “El fantasma del paraíso” y “Obsesión”, y prácticamente le rogó el proyecto a United Artists. Hizo las audiciones en conjunto con George Lucas, que estaba buscando el elenco de “Star Wars”. El estudio ni siquiera quería probar a Sissy Spacek, que ya pasaba los 25 años y se presentó con vaselina en el pelo para parecer desaliñada. Piper Laurie volvía al cine después de casi quince años. Completaban el elenco John Travolta, Nancy Allen, Amy Irving y William Katt, todos casi desconocidos.

La película fue una sucesión de riesgos. El guion de Lawrence D. Cohen eliminó la estructura documental y contó la historia en forma lineal. La apertura, un desfile en cámara lenta de chicas desnudas en el vestuario, hoy sería impensable, y ya entonces le valió a De Palma acusaciones de misoginia. El baile de graduación ocupa casi un tercio del metraje, con pantalla dividida, travellings circulares y una paleta que vira del blanco al rojo. El final, con la mano que sale de la tumba, no estaba en el libro y se convirtió en uno de los sustos más copiados de la historia. United Artists quiso venderla como clase B, con el título “Pray for Carrie” y un afiche de Spacek bañada en sangre que, según Cohen, regalaba toda la película.

Se estrenó el 3 de noviembre de 1976 y fue un éxito enorme para su bajo presupuesto. Obtuvo dos nominaciones al Oscar, para Spacek y Laurie, una rareza para el género. Pauline Kael escribió que no veía cómo la actuación de Spacek podía ser mejor. El libro se disparó en ventas, y la siguiente novela de King, “El resplandor”, fue su primer best seller en tapa dura.

MUJERES EN EL CENTRO

El terror de los 70 había mudado el espanto a la casa y a la familia, con “El bebé de Rosemary”, “El exorcista” y “La masacre de Texas”. “Carrie” lo llevó al colegio y, sobre todo, al cuerpo femenino. El propio King escribiría en “Danza macabra” que el libro expresaba un temor masculino ante la igualdad, y que Carrie era también la Mujer que descubre su poder y, como Sansón, derrumba el templo sobre todos. La académica Carol J. Clover vio allí la clave de su atractivo transversal: proyección del poder femenino, del miedo masculino y del horror universal al acoso.

Hubo lecturas más ásperas, como la de Barbara Creed, que habló de la mujer como bruja y “monstruo menstrual”. Pero en “Carrie*” casi todos los personajes que importan son mujeres que planean, rescatan y matan, mientras los varones son decorativos o inútiles. No es casual que el público del terror sea, desde hace décadas, mayoritariamente femenino.

El otro gran tema es el acoso escolar. De Palma dijo que nunca la encaró como película de terror sino como un drama de personajes: el balde cae recién en los últimos veinte minutos. Lo que conmovía era la experiencia compartida de sentirse un extraño en la secundaria, mucho antes de que la palabra “bullying” entrara en el vocabulario.

SECUELA, REMAKES Y UN MUSICAL MALDITO

Lo que vino después fue menos glorioso. En 1988, Cohen escribió el libreto de un musical, con música de Michael Gore. Se estrenó en Stratford con la Royal Shakespeare Company y en Broadway tuvo a Betty Buckley, la profesora de gimnasia del film, como Margaret. Bajó tras cinco funciones y quedó como sinónimo de fracaso estrepitoso, aunque un revival off-Broadway de 2012 lo convirtió en objeto de culto. En 1999 llegó la secuela “La ira: Carrie 2”, con Amy Irving retomando a Sue Snell, y en 2002 una película para TV escrita por Bryan Fuller, con Angela Bettis y Patricia Clarkson, pensada como piloto de una serie que nunca existió. En 2013, Kimberly Peirce dirigió una remake con Chloë Grace Moretz y Julianne Moore, con celulares, YouTube y una protagonista que elige a quién matar.

Cada versión fue hija de su tiempo: el terror siempre fue la metafísica del cine, el espacio donde se escenificaron los fantasmas que flotaban en el aire. La de 1976 era horror; las del siglo XXI, escritas en la era de los tiroteos escolares, se acercaron a la tragedia; la de Flanagan, en plena polarización y grietas, señala a toda la sociedad. Carrie quedó a mitad de camino entre la criatura de Frankenstein y una mártir: una inocente que paga las culpas de todos y cuya revancha quema cualquier posibilidad de perdón. Cincuenta años después, cada generación vuelve a colgar el balde sobre el escenario.

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