La estatura del mito de Robin Hood se mide en la cantidad de veces que fue reciclado. Douglas Fairbanks lo llevó al cine mudo en 1922 con espíritu circense; Errol Flynn lo fijó para siempre en 1938, en Technicolor, mallas verdes y sonrisa infinita, con la mejor Marian posible (Olivia de Havilland) y el mejor villano (Basil Rathbone). Disney lo volvió zorro en 1973 y lo instaló en la infancia de tres generaciones.
Después vino la etapa crepuscular, donde este film se inscribe con más honestidad: “Robin y Marian” (1976), de Richard Lester, con Sean Connery y Audrey Hepburn como amantes cansados que se reencuentran cuando ya no queda épica. Kevin Costner puso el músculo en 1991 en “Príncipe de los ladrones” —recordada menos por él que por el sheriff desbocado de Alan Rickman—, Mel Brooks la parodió sin piedad en 1993 y Ridley Scott intentó la vía realista con Russell Crowe en 2010, aunque terminaba igual: idealizando al forajido. El fracaso de Taron Egerton en 2018 pareció clausurar el asunto.
Sarnoski hace lo contrario de todos ellos. No busca el origen del héroe, busca su clausura. Y Jackman, que viene de encadenar personajes que se mueren, se lo toma con humor: “No quiero morirme; solo quiero hacerlo de manera ficticia, si no hay problema”.
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