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Tutankamón: el golpe de suerte y la obstinación que desenterraron los tesoros del faraón

Un tropezón fortuito en las arenas de Luxor marcó el inicio del descubrimiento arqueológico más fascinante del siglo XX. Howard Carter abrió el sepulcro intacto y desató una fiebre mundial

Howard Carter abrió la tumba de Tutankamón y desató una fiebre en todo el mundo

Por Redacción

Hace 104 años, más precisamente el 4 de noviembre de 1922, emergieron los misterios de Tutankamón. La quietud del Valle de los Reyes en Egipto se vio sacudida por un acontecimiento inesperado cuando un joven aguatero de la expedición tropezó con una piedra inusual al borde del terreno excavado. Aquella roca escondía el primer peldaño de una escalinata tallada directamente en el lecho rocoso. Al despejar la tierra acumulada durante más de tres milenios, emergió una puerta de barro sellada con jeroglíficos y estampados ovales.

Durante los seis años previos, Howard Carter había recorrido la necrópolis tebana con una tenacidad insostenible para muchos de sus colegas, quienes consideraban que el sitio estaba totalmente agotado tras décadas de saqueos y exploraciones fallidas. Sin embargo, el investigador británico conservaba la firme convicción de que la sepultura de Tutankamón permanecía oculta, guiado por pequeñas pistas e inscripciones con el nombre del monarca.

Fiel a su compromiso, Carter optó por detener los trabajos inmediatos y esperar la llegada a Egipto de su mecenas, el conde británico Lord Carnarvon, antes de perforar el acceso. La paciencia dio sus frutos a finales de noviembre de 1922, cuando el arqueólogo realizó una pequeña abertura en el muro defensivo y asomó una vela al interior a oscuras. Ante la ansiedad de Carnarvon, quien le preguntó si lograba divisar algo, Carter pronunció la célebre frase que pasaría a los anales de la historia: "Veo cosas maravillosas".

Los misterios de Tutankamón

De ilustrador autodidacta a legendario investigador del desierto

El hombre que acababa de conmocionar al mundo de la ciencia no provenía de las aulas universitarias ni contaba con un título académico tradicional. Nacido el 9 de mayo de 1874 en el distrito londinense de Kensington —si bien otros registros históricos ubican su nacimiento un año antes en Norfolk—, Howard Carter fue el menor de once hermanos y creció como un niño enfermizo educado en su propio hogar. Su padre, Samuel John Carter, era un reputado pintor e ilustrador de animales que le transmitió el dominio del dibujo y la pintura.

En sus propios diarios, Carter recordó sus comienzos laborales pintando acuarelas de loros, gatos y perros falderos para ganarse la vida, admitiendo que, aunque amaba la naturaleza, aborrecía retratar a esas mascotas mimadas. Con apenas 17 años, sus notables cualidades artísticas le permitieron viajar a Egipto en 1891 bajo las órdenes del egiptólogo Percy Newberry para entintar bocetos y copiar minuciosamente inscripciones en monumentos como el templo de Hatshepsut.

Su formación sobre el terreno al lado de figuras consagradas como Flinders Petrie resultó determinante. De Petrie aprendió que un yacimiento antiguo exigía un método científico riguroso y observaciones sistemáticas en lugar de ser tratado como un simple botín. Esa experiencia lo llevó a desempeñarse desde 1899 como inspector principal del Servicio de Antigüedades de Egipto, cargo del que debió dimitir tiempo después tras un altercado con turistas franceses.

Obligado a sobrevivir vendiendo acuarelas a los viajeros, Carter encontró en 1909 su gran oportunidad al conocer a George Herbert, quinto conde de Carnarvon. Aquella alianza unió el amplio capital de la aristocracia británica con la pericia técnica del arqueólogo, obteniendo en 1914 la concesión oficial para excavar en el Valle de los Reyes.

El asombroso ajuar funerario hacinado en una tumba estrecha

La escena que se presentó ante los ojos de Carter al ingresar al sepulcro distaba mucho del recinto solemne y despejado que se esperaba. En su lugar, hallaron habitaciones sumidas en el desorden, con muebles ceremoniales, tronos revestidos en oro, carros de guerra desmontados, ropa, alimentos conservados, armas y vasijas apiladas unas sobre otras. Carter definió el espacio como una acumulación casi imposible de piezas heterogéneas.

Los misterios de Tutankamón

Este amontonamiento de más de 5.300 objetos catalogados obedecía a la inesperada muerte de Tutankamón, acaecida hacia el año 1372 a.C. cuando el soberano contaba apenas con 18 o 19 años. Dado que su deceso prematuro impidió concluir un hipogeo de gran envergadura, las autoridades cortesanas debieron recurrir a una sepultura más pequeña de lo habitual para la dignidad de un rey.

Aunque durante mucho tiempo se supuso que el recinto había permanecido intacto, investigaciones posteriores comprobaron que la tumba sufrió al menos dos intentos de saqueo en la antigüedad. Los ladrones alcanzaron a sustraer piezas pequeñas y joyas ligeras —Carter calculó que un 60 por ciento del ajuar original fue sustraído— antes de que los funcionarios sepulcrales ordenaran volver a sellar la entrada y reorganizar el interior de prisa. Un estudio geológico reciente sugiere que una potente inundación ocurrida poco después del entierro arrastró suficiente lodo como para sepultar la escalinata y ocultar la tumba de la vista de posteriores saqueadores.

El hallazgo de la cámara funeraria y los enigmas de la momia real

El ingreso a la cámara funeraria propiamente dicha se produjo recién el 16 de febrero de 1923, tras meses de minuciosos trabajos de preparación. El recinto estaba casi por completo ocupado por una monumental capilla de madera recubierta de oro, la cual resguardaba en su interior otras tres cajas doradas concéntricas. Estas estructuras protegían un sarcófago de piedra que custodiaba tres ataúdes antropomorfos: los dos exteriores elaborados en madera chapada en oro y el interior moldeado en oro macizo.

En el centro descansaba el cuerpo momificado del faraón, cuyo rostro aparecía cubierto por la emblemática máscara funeraria construida con once kilos de oro puro. Durante el proceso de retirada de las vendas de lino realizado en 1925, los especialistas descubrieron entre los vendajes más de 150 amuletos, diademas, anillos y brazaletes de oro, así como una singular daga cuyo metal fue forjado a partir de un meteorito.

La fragilidad de los artefactos y las dimensiones reducidas del espacio obligaron a desarrollar una labor arqueológica extremadamente pausada. Carter y su equipo tardaron diez años en fotografiar, inventariar y extraer cada elemento sin dañarlo, trabajando junto al fotógrafo del Museo Metropolitano de Nueva York, Harry Burton, en lo que constituyó la primera excavación de la historia documentada en cine.

La leyenda de la maldición, las disputas políticas y la inmortalidad del rey

El impacto mediático del descubrimiento fue inmediato y sin precedentes. Carter y Lord Carnarvon vendieron los derechos de cobertura exclusiva al periódico *The Times* de Londres por 4.000 libras esterlinas de la época —equivalentes a unos 2,4 millones de dólares actuales—, provocando una cobertura masiva que alimentó la llamada "Tutmanía" a escala global.

Sin embargo, el triunfo se vio ensombrecido el 5 de abril de 1923 con el prematuro fallecimiento de Lord Carnarvon a causa de una infección desencadenada por la picadura de un mosquito. Este trágico desenlace estimuló el nacimiento del mito sobre la "maldición del faraón", una teoría de conspiración que cobró fuerza popular tras las especulaciones difundidas por figuras como el escritor Sir Arthur Conan Doyle, aunque Carter la rechazó de plano como una pura fantasía supersticiosa.

A la controversia mediática se sumaron tensas disputas políticas. La familia de Carnarvon reclamó derechos sobre parte de las riquezas por haber financiado las campañas, pero el gobierno egipcio exigió la titularidad absoluta del tesoro y llegó a apartar temporalmente a Carter de los trabajos. Posteriormente, surgieron sospechas de que el propio Carter habría retirado algunas piezas y amuletos sin autorización previa para obsequiarlos a sus allegados como recuerdos.

Los misterios de Tutankamón

Pese a los conflictos, las valiosas piezas fueron trasladadas al Museo Egipcio de El Cairo, consolidando el legado del joven soberano. Tutankamón, hijo del reformador monoteísta Akenatón cuyos nombres intentaron ser borrados de la historia por sus sucesores, recuperó gracias a la perseverancia de Howard Carter el esplendor de su nombre y alcanzó la verdadera inmortalidad espiritual que buscaban los antiguos egipcios.

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