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Amistades rotas: un duelo difícil y del que poco se habla

Platenses que atravesaron distanciamientos o peleas con amigos cuentan cómo se vive una pérdida que suele quedar invisibilizada. Diferencias con la ruptura amorosa. Impacto emocional, el peso de las redes sociales y las marcas que dejan los vínculos más íntimos. El rol de la terapia

Noelia Arcaro
Nadia Alaguero
Especialistas ponen el foco en el fuerte impacto emocional que puede tener una amistad que se rompe / IA

Hay pérdidas sin rituales. No hay velorios, aniversarios ni certificados que indiquen oficialmente que algo terminó. Sin embargo, duelen. Y mucho. La ruptura o el distanciamiento entre amigos puede convertirse en un duelo profundo, aunque pocas veces sea reconocido socialmente con la misma legitimidad que una separación de pareja o la muerte de un ser querido.

Muchas veces pasa de manera abrupta, a causa de una pelea, una traición, una deuda o un silencio inesperado, mientras que en otras el vínculo simplemente se va apagando hasta volverse un intercambio esporádico de mensajes circunstanciales o en una distancia incómoda que nadie termina de nombrar. Lo cierto es que, para quienes atraviesan ese proceso, la sensación de pérdida suele ser intensa y desconcertante.

“La amistad es eso que viene a enseñarnos qué sucede ‘fuera de casa’. Las amistades forman parte de lo que se conoce como proceso de socialización secundaria y llegan a convertirse en parte de nuestra identidad”, explica la psicóloga Noelia Arcaro. Para ella, esos vínculos participan activamente de la construcción de la personalidad y de la manera en la que las personas se relacionan con el mundo.

“Las amistades nos acompañan en la construcción de quienes somos. Como todo vínculo, conllevan una construcción, un compromiso, un proyecto. Y al momento de perderlo, eso duele”, señala.

“RESENTIMIENTOS ACUMULADOS”

Para Nicolás, un estudiante de 29 años, la ruptura con su grupo de amigos del secundario todavía sigue dejando marcas.

“Éramos inseparables -cuenta-; nos veíamos todos los fines de semana, viajábamos juntos, compartíamos absolutamente todo. Pero cuando empecé a trabajar y a ordenar un poco mi vida, sentí que algunos seguían esperando al mismo pibe de los 20. La pelea fuerte vino por plata y por resentimientos acumulados que nadie decía. Un día dejamos de hablarnos”.

Lo que más lo sorprendió no fue solamente la distancia, sino la dimensión emocional de esa pérdida. “Lo más raro fue darme cuenta de que estaba atravesando un duelo real. Porque cuando termina una pareja, todos entienden que sufrís, pero cuando perdés amigos, pareciera que tenés que seguir como si nada. A mí me dolió muchísimo”, reconoce.

Arcaro considera que esa invisibilización tiene relación directa con la jerarquía cultural que históricamente ocupó el amor romántico.

“El duelo en la amistad existe, tanto o más que el duelo por relaciones amorosas de pareja, aunque no se hable tanto. Eso se debe a la jerarquización tan marcada que tiene el amor de pareja en nuestra sociedad”, afirma. Y agrega: “Es muy singular para cada quien qué lugar ocupan estos modos de relación amorosa. Existen tantas formas de duelo como personas en el mundo”.

La psicóloga Nadia Alaguero coincide en que muchas veces el sufrimiento por una amistad perdida resulta minimizado, incluso por el entorno más cercano de quien la padece.

“La amistad es en sí un vínculo amoroso y cuando éste se pierde comienza un proceso de duelo tan doloroso o más que la ruptura de una pareja. Muchas veces estos duelos son invisibilizados: si no se nombra, pareciera que no existe”, explica.

La profesional remarca que las amistades suelen ocupar un lugar central en la constitución subjetiva de las personas. “Hay amigos del barrio, de la escuela, personas con las que crecimos y nos constituimos como sujetos. Son vínculos que funcionan como espejo, refugio y sentido de pertenencia. Personas que estuvieron antes que muchas parejas y que conocen versiones nuestras que nadie más conoce”, describe.

Es por eso que cuando la amistad termina, no solamente se pierde a una persona sino también una parte de la propia historia.

“PERDER LA COTIDIANEIDAD”

“Lo más doloroso fue perder la cotidianeidad: los mensajes, las charlas largas, esa sensación de que alguien conoce toda tu historia”, recuerda Patricia, una empleada administrativa de 57 años.

Su mejor amiga estuvo presente durante más de tres décadas en momentos fundamentales de su vida: nacimientos, separaciones, enfermedades, cumpleaños y pérdidas familiares.

“Era de esas personas a las que una llama antes que a nadie cuando pasa algo importante”, resume. Pero el vínculo empezó a deteriorarse lentamente.

“Empezamos a pensar distinto sobre muchas cosas y, sobre todo, a tratarnos con menos paciencia. Yo sentía que siempre tenía que estar disponible para ella, pero cuando yo necesitaba apoyo, no estaba. Hubo una discusión muy fuerte por política, pero en el fondo la cuestión era mucho más profunda. Tenía que ver con cosas nunca dichas”, recuerda.

Al principio creyó que sería un enojo pasajero. Sin embargo, el tiempo confirmó la ruptura.

“A esta edad una cree que ciertos vínculos son para siempre, pero no. Hay amistades que también se terminan, aunque nadie te enseñe cómo atravesar eso”, dice.

Para Arcaro, el paso del tiempo y las distintas etapas vitales modifican necesariamente los vínculos. “La vida es un juego de cambios y permanencias y las amistades no están ajenas a eso. Hay finales que son fáciles de soltar y otros a los que nos resistimos, no aceptamos o tardamos más en hacerlo”, explica. Y agrega: “La madurez con la que vamos viviendo nos lleva a diferentes modos de realizar un duelo. A veces contamos con más herramientas o experiencias y también cambian nuestras prioridades”.

Según Alaguero, existen múltiples formas en las que una amistad puede llegar a su final. Algunas se rompen por conflictos concretos -traiciones, deudas, engaños- mientras que otras simplemente se desgastan con el tiempo.

“Somos sujetos cambiantes, dinámicos, en continuo movimiento. A veces aparecen nuevas responsabilidades, nuevos intereses y el vínculo se va espaciando hasta diluirse”, sostiene.

LLAMAR O NO LLAMAR

Ese proceso parece reflejarse en el testimonio de Alejandro, empleado de 51 años, quien describe un distanciamiento silencioso con sus tres amigos más cercanos.

“No hubo un hecho puntual. Pero los llamados y los encuentros se empezaron a hacer más esporádicos. Creo que nos pasó a todos lo mismo al mismo tiempo”, relata.

Lejos de sentir una ruptura definitiva, percibe un enfriamiento que todavía no logra definir del todo: “No siento que haya algo roto. Creo que podríamos encontrarnos en cualquier momento y pasarla bien como siempre. Más que duelo, tengo una voz que me dice ‘tendrías que llamarlos’, y otra que me dice ‘ya está, quizás a ellos les pasa lo mismo’”, dice.

La psicóloga Nadia Alaguero sostiene que este tipo de procesos suele generar sentimientos ambivalentes. “Ante la pérdida de una amistad pueden aparecer tristeza, bronca, culpa, enojo, pero también alivio. Hay vínculos que se vuelven muy demandantes o tóxicos y poner límites puede derivar en una ruptura”, explica.

En esos casos, dice, el duelo no siempre aparece ligado exclusivamente a la tristeza. “A veces también surge cierta liviandad por haber podido soltar un vínculo que resultaba desgastante”, señala.

GHOSTING

Otro de los fenómenos cada vez más frecuentes es el denominado ghosting: desapariciones repentinas sin explicación previa. “Cuando la amistad termina sin explicaciones aparecen incertidumbre, desconcierto, angustia y culpa. La persona repasa conversaciones o encuentros buscando entender qué hizo mal”, describe Alaguero.

La especialista advierte que este tipo de situaciones aparece recurrentemente en los consultorios psicológicos, sobre todo entre jóvenes: “La falta de respuestas deja muchas veces inseguridades en la construcción de futuros vínculos”, añade.

Las redes sociales también modificaron profundamente la manera de relacionarse y de atravesar las separaciones.

“Vivimos en la era de la hiperconectividad. Las redes facilitan el contacto, pero también promueven vínculos más superficiales”, sostiene Alaguero. En este punto, la profesional acerca una idea que, reconoce, suele repetirse mucho en consulta: “Las redes acercan a quienes están lejos, pero alejan a quienes están cerca”.

Arcaro resalta la importancia de “defender un vínculo y cuidarlo, pero también saber reconocer los límites que el otro nos pone”, ya que “cuando hablamos de vínculos hablamos de dos historias y dos singularidades”.

En ese sentido, ambas especialistas coinciden en que no todos los vínculos pueden o deben sostenerse a cualquier costo. “Si ambas partes están de acuerdo con intentar recuperar ese vínculo, puede ser saludable. Pero si una persona insiste constantemente y la otra no quiere, ahí ya hay algo difícil de elaborar”, apunta Alaguero.

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