Un chico que pierde un juego, no consigue hacer algo en el primer intento o debe esperar para conseguir lo que quiere, está atravesando experiencias que forman parte de su desarrollo. El problema no es que aparezca la frustración, sino que no tenga la oportunidad de aprender qué hacer con ella.
María Paola Piñeiro explica que la frustración moderada funciona como un estímulo necesario para el desarrollo neuroemocional. “Pasar por enojos y problemas chicos, pero manejables, es bueno para el cerebro. Es como una vacuna”, afirma. La idea es que, frente a situaciones tolerables, el niño pueda aprender progresivamente a regular sus emociones y a encontrar respuestas.
En ese proceso, el error ocupa un lugar central. “El error es el sustrato del aprendizaje”, señala la especialista. Cuando se intenta eliminarlo sistemáticamente, puede aparecer miedo a correr riesgos y una menor capacidad para enfrentar situaciones adversas.
Noelia Arcaro coincide en que encontrarse con la frustración permite construir herramientas propias. “La frustración, o mejor dicho, el encuentro con esta emoción es lo que permite el crecimiento, el desarrollo del niño, la construcción de sus propias herramientas, de su autonomía”, sostiene.
SUSCRIBITE a esta promo especial