Hay una escena que se repite en plazas, casas, escuelas y clubes: un chico intenta hacer algo, no le sale y, antes de que tenga tiempo siquiera de enojarse, aparece un adulto dispuesto a solucionarlo. Lo mismo pasa con un rompecabezas que se complica, la discusión con otro chico o las rueditas de la bicicleta que todavía no se pueden sacar. A veces alcanza con una ayuda, pero en otras, los obstáculos directamente “desaparecen”.
La intención, en apariencia, incuestionable, sería evitarle al hijo un mal momento o tener que atravesar una experiencia que, para los padres, resulta demasiado dolorosa de mirar, pero deja de ser tan simple si esa protección se vuelven permanente.
De este escenario surge el concepto de “snowplow parenting”, o crianza “quitanieve”, un estilo de formación sobreimplicada, en la que los adultos no esperan a que aparezcan los obstáculos, sino que intentan retirarlos de antemano. La imagen es precisa: como una máquina que limpia la nieve de una ruta, el padre o la madre se adelanta para dejar el camino libre.
INTOLERANCIA AL MALESTAR DEL HIJO
La médica pediatra y especialista en psiquiatría infantojuvenil María Paola Piñeiro explica que, a diferencia de los llamados padres “helicóptero”, que supervisan y controlan de manera más reactiva, el estilo snowplow “opera de forma anticipatoria, modificando el ambiente para impedir la exposición al desafío”. En el centro de esa conducta aparece, según señala, “la intolerancia parental al malestar del hijo”.
Muchas veces no se trata de una necesidad concreta del niño, sino de algo que le ocurre al adulto cuando observa que su hijo se frustra. El llanto, el enojo, la decepción o el miedo del chico se vuelven difíciles de tolerar. Entonces aparece la intervención.
Noelia Arcaro, psicóloga, coincide en que los padres snowplow “evitan los obstáculos en el camino de los hijos. Los ven antes, se anticipan y los resuelven, dejando así el camino limpio o allanado”. Y agrega una precisión importante: esa limpieza “nace la mayoría de las veces de buenas intenciones, pero a la vez también de la ansiedad adulta, no de una necesidad real de los niños”.
La diferencia entre acompañar y resolver parece pequeña, pero en la crianza puede ser enorme.
“SI SE FRUSTRA Y LO PUEDE SOSTENER, ESTÁ BIEN”
Melina, madre de Julián, de 5 años, conoce esa frontera de cerca. Es psicóloga y reconoce que, incluso teniendo herramientas profesionales, el miedo aparece. En su caso, es “a que no se frustre. Si se frustra y lo puede sostener, está bien”, cuenta.
Lo comprobó en situaciones cotidianas, como cuando Julián quiso abandonar fútbol porque no podía hacer un gol y ella eligió acompañarlo desde la palabra antes que resolverle el problema. “No siempre se mete un gol. Va para disfrutar con los amigos y aprender”, recuerda haberle dicho. Algo parecido pasó mientras cocinaban juntos y él se frustró porque “todo salía marrón”. La respuesta volvió a ser la misma: ayudarlo a entender que aprender lleva tiempo y que la frustración no debe significar abandonar una actividad.
“Trato de sostener con la palabra, para que pueda tener paciencia con el aprendizaje y los procesos y que la frustración no implique el abandono de una actividad”, explica.
Ahí aparece una de las claves de esta discusión: frustrarse no es necesariamente fracasar. Y que algo salga mal tampoco significa que haya que abandonar.
“PASAR POR ENOJOS Y PROBLEMAS ES BUENO”
Para Piñeiro, el cerebro infantil necesita experiencias que permitan construir esas herramientas. “Pasar por enojos y problemas chicos, pero manejables, es bueno para el cerebro. Es como una vacuna”, sostiene, antes de resumirlo todavía más: “Sin un poco de frustración, el cerebro no se hace fuerte”.
La explicación tiene que ver con el modo en que se desarrolla el cerebro. Las funciones ejecutivas, entre ellas la capacidad de controlar impulsos, tomar decisiones y solucionar conflictos se van construyendo con la edad y con la experiencia. La resolución de problemas fortalece la participación de la corteza prefrontal. Cuando la intervención de los adultos es constante, advierte Piñeiro, puede producirse un “desuso aprendido”. Dicho de otro modo, el niño tiene menos oportunidades de activar por sí mismo esas capacidades.
No significa, claro, que deba ser abandonado frente a cada dificultad, ni que toda frustración sea positiva o que los adultos tengan que mantenerse indiferentes ante el sufrimiento. La cuestión está en la medida.
Arcaro habla de “distancia óptima”. Se trata de “poder acompañar, orientarlos, escucharlos, ser facilitadores pero sin resolverle el conflicto anticipadamente”. Para la psicóloga, acompañar implica sostener las emociones sin negarlas y permitir que el chico pueda vivir su propia experiencia. Estar cerca, sin hacer por ellos.
“ANTES TRATABA DE ANTICIPARME A TODO”
Javier, de 42 años, papá de un nene de 4 y una nena de 7, lo descubrió a partir de pequeñas escenas domésticas. “Antes trataba de anticiparme a todo”, cuenta. Si su hija se frustraba con un rompecabezas, iba enseguida a ayudarla. Si su hijo se enojaba porque no podía hacer algo, buscaba otra actividad para evitarle el llanto.
Con el tiempo empezó a observar una consecuencia que no había previsto: “Sin querer, les estaba quitando la posibilidad de intentar una vez más”.
Ahora elige esperar. Si sus hijos se caen en la plaza, primero mira qué hacen antes de correr. Si tienen una discusión con otros chicos, procura que hablen entre ellos antes de intervenir. “No siempre me sale, porque como padre uno quiere proteger. Pero entendí que frustrarse un poco también es una parte de crecer”, dice.
“ME CUESTA VERLOS SUFRIR”
El caso de Mariana, de 37 años, madre de una nena de 5 y un varón de 8, muestra otra de las caras de este fenómeno. “Me cuesta mucho verlos sufrir, aunque sea por cosas chiquitas”, admite. Si a su hija no la invitan a un cumpleaños o pierde en un juego, reconoce que su primera reacción es compensarla con otra actividad o explicarle que el problema es de los demás.
Pero también empezó a revisar esa respuesta. Con su hijo mayor, recuerda que varias veces quiso intervenir frente a conflictos con un compañero de escuela, hasta que una docente le hizo notar que el chico también necesitaba aprender a resolver algunas situaciones por sí mismo.
“Creo que los padres de hoy tenemos miedo de que nuestros hijos la pasen mal, porque sentimos que el mundo ya es bastante difícil”, plantea. Es aquí donde aparece la contradicción que atraviesa a muchas familias, porque “si les evitamos cada frustración, después les cuesta tolerar un ‘no’ o aceptar que no siempre las cosas salen como esperan”.
Ese temor adulto no aparece en el vacío. Piñeiro señala que las redes sociales potenciaron tres miedos en los padres: “Miedo a que el niño se quede atrás, miedo al rechazo social, miedo al fracaso”. En una época en la que la vida de los otros se exhibe permanentemente como una sucesión de éxitos, la comparación comienza cada vez más temprano.
La presión no recae solamente sobre los adultos. Los chicos también quedan expuestos a modelos de éxito vinculados con la imagen corporal, las capacidades intelectuales, el rendimiento deportivo y la popularidad. El problema aparece cuando el deseo de protegerlos de esa presión lleva a los padres a intervenir de manera permanente.
Entonces la protección puede transformarse, paradójicamente, en una nueva fuente de vulnerabilidad.
Piñeiro advierte que la exposición a niveles moderados de estrés permite que el organismo aprenda a responder frente a las dificultades. La evitación sistemática, en cambio, puede hacer que estímulos menores sean vividos como demasiado amenazantes y favorecer una mayor vulnerabilidad frente a la ansiedad. Entre las consecuencias asociadas al exceso de protección menciona también una menor tolerancia al malestar, dificultades para tomar decisiones y miedo al fracaso.
“SUJETOS QUE NO SABEN LIDIAR CON SUS EMOCIONES”
Arcaro observa que las consecuencias pueden aparecer incluso mucho antes de la adultez. “Este tipo de crianza trae como resultado sujetos que no saben lidiar con sus propias emociones, no las conocen, no saben resolver un conflicto por nunca haber estado en esa situación”, señala. Frente a situaciones que no saben gestionar pueden aparecer ansiedad intensa, aislamiento, inseguridad o dependencia.
Por eso, la discusión sobre los padres snowplow no consiste en decidir entre proteger o dejar solos a los hijos, sino en encontrar la manera de cuidar sin impedir que aprendan.
Melina reconoce que todavía está en ese proceso. “Cuando enfrenta un problema o desafío, trato de que lo resuelva”, dice, aunque admite que alguna vez lo hizo por él y que todavía hay situaciones en las que tiene que aprender a correrse. Una de ellas es particularmente gráfica: sacar las rueditas de la bicicleta y aceptar que su hijo puede caerse.
“ESTAR, PERO DE OTRO MODO”
La escena condensa una de las mayores dificultades de la crianza contemporánea. Los padres saben que necesitan permitir autonomía, pero cuando llega el momento de hacerlo aparece el miedo. La respuesta de los especialistas no es dejar de estar. Es aprender a estar de otra manera.
Piñeiro sostiene que los padres tienen “la función principal de sostener sin sustituir”. Entre las estrategias posibles menciona validar la emoción del niño, formular preguntas abiertas para favorecer la reflexión, permitir que se encuentre gradualmente con obstáculos de bajo riesgo y valorar el esfuerzo y el proceso, no solamente el resultado.
Arcaro insiste en la misma idea, desde otro lugar: “Es responsabilidad del adulto ser facilitadores, apoyar, acompañar y permitir el armado de sus propias cajas de herramientas, y así tener confianza en las capacidades que nuestros niños desarrollen”.
La palabra confianza, en definitiva, cambia de destinatario. No se trata solamente de confiar en que el mundo será amable con los hijos. Se trata también de confiar en que ellos podrán atravesar aquello que no salga como esperan.
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