Una caja de tornillos dice contener cien unidades. Un Ricardo Darín devenido en Roberto, el ferretero de “Un cuento chino”, no parece dispuesto a creerle. Los vuelca sobre el mostrador y los cuenta uno por uno. Después habrá una balanza, clavos y un cliente desconfiado. La escena lleva al extremo, con el humor y la obsesión que caracterizan al personaje, una imagen conocida del viejo oficio: la del comerciante que sabe qué vende, cuánto pesa y, muchas veces, hasta dónde llega la palabra escrita en un envase.
En las ferreterías de La Plata esa relación casi física con la mercadería todavía existe, aunque el oficio haya cambiado tanto como la Ciudad. Detrás de los mostradores conviven hoy los frasquitos con los códigos de barras, los catálogos digitales con cajones llenos de piezas pequeñas y una clientela que ya no siempre llega al local con la misma paciencia de antes. Es que la ferretería sigue siendo uno de los pocos comercios donde una consulta aparentemente sencilla puede convertirse en una conversación técnica. ¿Para qué material? ¿Qué medida? ¿Va a estar a la intemperie? Las preguntas forman parte de un conocimiento que no siempre figura en los manuales y que durante décadas se transmitió entre estanterías, depósitos y mostradores.
“Yo nací en una ferretería, porque mi papá tenía una; en vez de leche me daban un clavo para chupar”, bromea Héctor “Cacho” Bonatto, titular de FEYBA, la asociación de propietarios de ferreterías, bazares y afines de La Plata, Berisso y Ensenada, y dueño de la histórica ferretería El Vesubio. Está jubilado, aunque todavía pasa por el negocio que hoy conducen su hijo Ariel y su sobrino Agustín Lucero. “Cada vez que me falta el aire voy, respiro y salgo”, dice entre risas.
pOR UNA SOLUCIÓN
Para Bonatto, la particularidad del rubro sigue siendo la misma: “Es un lugar al que uno va cuando tiene un problema”. Una canilla que pierde, una persiana que se rompió, una puerta que no cierra. “A otros comercios vas por necesidad o por gusto, pero si gotea una canilla en tu casa no podés dejarla perdiendo y que se te inunde: lo tenés que solucionar”.
Por eso, sostiene, el comercio conserva una dimensión que va más allá de la venta. “Ahí no sólo vas a comprar. También vas a preguntar y asesorarte”. Y define al ferretero platense como alguien que debe, ante todo, saber escuchar. “Llegás al local con un problema; nadie va a la ferretería porque sí”.
La frase encuentra eco en quienes están del otro lado del mostrador. Martín, productor de seguros de 27 años, recuerda que durante mucho tiempo entrar a una ferretería le provocaba una sensación de desconcierto. “Yo antes entraba a una ferretería y directamente me sentía un extranjero. No sabía cómo pedir las cosas”. Una vez necesitaba arreglar una persiana y llevó una foto en el celular. “Le dije al hombre que atendía: ‘Necesito esto, pero no sé qué es’”.
El ferretero miró la imagen y comenzó a hacerle preguntas. Material, medidas, ubicación. “Yo no sabía responderle casi nada. Al final me dijo: ‘Llevate esto, pero antes fijate si no te falta tal cosa’. Me fui con varias cosas que ni sabía que existían y terminé arreglando la persiana”. La conclusión, dice, le cambió la manera de mirar esos negocios: “A una ferretería no siempre vas sólo a comprar. Muchas veces vas a pedir ayuda”.
Ese saber de oficio es uno de los rasgos que Daniel Pérez Fernández, propietario de una ferretería de 26 y 77, reconoce en los comerciantes de otra generación. Ferretero desde 2007, aunque vinculado al sector desde mucho antes a través de una distribuidora, recorrió durante años negocios de toda la región antes de comprar su propio local.
“Yo empecé a visitar ferreterías en 1994 y veía cómo funcionaban. Fui absorbiendo qué era lo que me gustaba de cada una para aplicarlo a la mía”, cuenta. De aquel recorrido conserva una imagen precisa: “El ferretero viejo es de oficio. Sabe mucho de carpintería, herrería, electricidad, sanitarios. Era un libro abierto”.
herramientas nuevas
Las nuevas generaciones, considera, parten de otra relación con el conocimiento. “Tienen menos oficio, pero con los años lo van adquiriendo, porque todo es experiencia. Ahora también tenemos otras herramientas para investigar, con internet y tutoriales. Antes, el único recurso que tenías era preguntarle al ferretero y pedirle consejos”.
La preparación de quien atiende tampoco es inmediata. Bonatto estima que hacen falta al menos dos años para formar a un empleado capaz de asesorar. Pérez coincide: alguien puede aprender a despachar mercadería en menos tiempo, pero interpretar el problema de un cliente es otra cosa. En su local trabaja junto a su hijo y a dos jóvenes que en ciertas ocasiones “no llegan a interpretar las preguntas; en eso los oriento”, admite.
Mientras ese conocimiento se mantiene como uno de los principales capitales del rubro, las herramientas y los productos también cambiaron. Bonatto recuerda, por ejemplo, que la pala era antes un artículo de venta cotidiana y hoy puede pasar un mes entre una operación y otra. En sentido inverso, crecieron las herramientas eléctricas y los dispositivos electrónicos.
La transformación obliga a mantenerse actualizado. “El ferretero es curioso de por sí. Si no, no podría ser ferretero”, asegura Bonatto. Importadores, distribuidores y fabricantes presentan todos los años nuevos productos en encuentros del sector. “Hay que estar atento a lo que viene”, resume.
También cambió el cliente. Antes llegaba al mostrador buscando “el cosito”. Ahora, muchas veces, lleva en el celular una fotografía o un video. “Eso facilitó mucho la interpretación de la necesidad”, explica Bonatto. Pérez lo confirma desde su experiencia cotidiana: “Nos manejamos mucho por WhatsApp y redes. Nos mandan la foto, les confirmamos si tenemos el producto y vienen”.
Laura, docente de 48 años, acompañaba a su padre a la ferretería y la fascinaba escuchar palabras que no entendía. “El ferretero sacaba todo de cajones mínimos, de esos que parecen iguales, y nunca se equivocaba”.
Años después le tocó ir sola. Una vez necesitaba colocar una repisa y pasó varios minutos explicando lo que buscaba. “Me escuchó muy serio y después me dijo: ‘Sí, señora, usted necesita dos tarugos y dos tornillos’. Yo había dado una conferencia para pedir cuatro cosas”. Para ella, allí reside una de las virtudes del comercio: “Uno llega hablando en un idioma y el que está detrás del mostrador logra traducirlo”.
Un lugar para la mujer
La presencia de las mujeres también modificó el paisaje habitual de estos negocios. “Antes eran muy pocas las que iban a la ferretería y hoy son muchas clientas, con un nivel de conocimiento que nos sorprende gratamente”, observa Bonatto.
Otro cambio llegó de la mano de las ventas digitales. Para el titular de FEYBA, el comercio electrónico no debe ser visto como una amenaza sino como “otro mostrador”. Pérez, en cambio, advierte que las plataformas y los hipermercados se llevan buena parte de las ventas cuando el cliente sabe exactamente qué producto busca, sobre todo en artículos específicos como una máquina.
Pero hay compras que siguen necesitando conversación. “Para muchas otras cosas vienen a la ferretería a preguntar qué cualidades tienen, para qué sirven o cómo usarlas”, señala. Esa es, probablemente, una de las ventajas que conserva el comercio de cercanía frente a la pantalla: la posibilidad de contar el problema antes de saber cuál es el producto.
“LA SITUACIÓN ES CRÍTICA”
El escenario económico, sin embargo, es hoy una preocupación central. Según Bonatto, entre La Plata, Berisso y Ensenada funcionan unas 420 ferreterías y en los últimos tiempos algunas cerraron. “La situación es crítica. En los últimos dos años bajaron mucho las ventas”, afirma. Calcula que la mercadería aumenta mensualmente entre 3,5 y 8 por ciento, según el rubro, mientras pesan también los costos laborales, los impuestos y la caída de la actividad.
“El parate de las obras públicas también nos afectó”, agrega. Según su estimación, las ventas cayeron entre un 12 y un 15 por ciento en el último año. No es la primera crisis que atraviesa el sector, claro, aunque las dificultades cambian de forma. Antes la incertidumbre estaba marcada por la inflación y la imposibilidad de saber si una venta dejaba ganancia. Ahora, dice, el problema pasa también por el ajuste del consumo.
Pérez describe una situación similar. “Estamos bastante apretados en ventas, pero nosotros decimos que cada vez que hay una crisis tenemos que trabajar más”. Buscar mejores precios, ampliar la oferta y tratar de cubrir las necesidades del cliente son algunas de las respuestas posibles.
En los barrios, mientras tanto, persiste otro valor difícil de medir en una planilla. Roberto, jubilado de 73 años, va a la misma ferretería desde hace más de cuatro décadas. Primero acompañaba a su padre; después siguió yendo solo. Conoció al dueño, al padre del dueño y ahora ve trabajar a una nueva generación.
Una vez se le rompió una pieza de una canilla antigua y decidió llevar el repuesto envuelto en un papel. El ferretero lo miró y desapareció unos minutos en el fondo del local. “Volvió con una caja llena de cosas antiguas. Después de revolver un rato encontró una pieza parecida. La probamos y funcionó. En otro lado quizá me hubieran dicho que cambiara toda la canilla”, recuerda.
Por eso sigue yendo. “A mí me gusta mirar las ferreterías, esos cajones, los estantes llenos. Ahora todo está más ordenado, más moderno, pero antes uno entraba y sentía que ahí podía encontrar cualquier cosa. Y, muchas veces, era cierto”.
Bonatto sostiene que la ferretería más antigua de la ciudad funciona en 11 y 49 desde 1906. Muchas siguen atendidas por sus dueños y conservan una condición de referencia barrial. “Saben que van y encontrarán la solución”, dice.
Tal vez por eso el personaje de Darín no resulte tan lejano, porque detrás de su obsesión había una idea reconocible: la responsabilidad sobre aquello que se vende y la confianza de quien llega al mostrador esperando algo más que una mercadería. “Para mí, el ferretero es el vecino que resuelve con empatía”, resume Bonatto.
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