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Nido vacío: madres que aprender a habitar el silencio

La partida de los hijos transforma las rutinas, los vínculos y la identidad de muchas mujeres. Algunas todavía imaginan ese momento; otras conviven con la nostalgia y aprenden a disfrutar de una relación diferente. En La Plata, testimonios y miradas profesionales ponen en palabras una experiencia atravesada por el amor, los cambios y las dificultades para soltar

Matías, Ramón, Lola, Agustina y Manuel. Lola cuenta que ella y su matrimonio viven una nueva etapa

alecastillo95@hotmail.com

El lavarropas funciona a media carga. Las compras ya no son las mismas. Hay menos platos en la mesa, menos movimientos en los pasillos y, de pronto, un silencio que antes parecía imposible. La casa es la misma, pero algo cambió. Los hijos crecieron, se fueron a vivir solos o empezaron a construir una vida en la que sus padres ya no ocupan el centro de todas las decisiones. Si eso está bien; si es el resultado esperable de un trabajo bien hecho, ¿por qué esa melancolía indefinible que sienten, sobre todo, las madres?

Es el llamado síndrome del nido vacío, que permite poner en palabras una transformación que va más allá de la ausencia física. Es el final de una etapa de la vida familiar y el arranque de otra, en la que las madres deben encontrar nuevas formas de acompañar a sus hijos y, también, de reconocerse a sí mismas.

En La Plata, las historias tienen matices distintos. Hay mujeres que no se sienten preparadas para imaginar una casa sin los hijos, otras que ven postergada esa independencia por las dificultades económicas y algunas que, después de atravesar la mudanza, descubrieron una libertad inesperada.

Virginia tiene 51 años y tres hijos de 23, 20 y 17. La posibilidad de que los mayores se independicen todavía no forma parte de sus planes inmediatos. “Cuando lo charlamos en familia siempre tratamos el tema con humor, porque lo vemos muy lejano. La frase ‘hasta que me reciba’ se transforma en ‘hasta que tenga 30’ y cuando se da cuenta de que no falta mucho, la meta se vuelve a correr. Igualmente no se lamentan ni ellos, ni nosotros como padres”.

“NO ME SIENTO PREPARADA PARA QUE SE VAYAN”

En su casa hay movimiento, horarios diferentes, actividades y amigos que van y vienen. Para alguien que creció con seis hermanos, como Virginia, esa dinámica forma parte de lo cotidiano. “No me siento preparada para que se vayan. Mi casa es bastante ruidosa y supongo que se volvería brutalmente tranquila”. Reconoce que la maternidad sigue ocupando un lugar central en su vida, convencida de que “no hay edad de los hijos que te libere de ocuparte y preocuparte por ellos. Están siempre en mi cabeza, disfruto cuando ellos disfrutan, me pongo nerviosa si están por rendir un examen y así con cada cosa que van a hacer”.

En su hogar, la convivencia también requiere de acuerdos, con tareas domésticas, horarios y una autonomía que generan discusiones como parte de la vida diaria. “A veces les digo que tengo la sensación de que ‘toman la casa’”, reconoce.

“LAS DETIENE EL FACTOR ECONÓMICO”

La historia de María Eugenia, de 53 años, tiene otro componente: sus hijas, de 19 y 23, quieren irse a vivir solas, pero las cuentas no cierran. “El factor económico es lo único que las detiene: no tener un trabajo que les permita alquilarse algo y, nosotros como padres, no tener el dinero suficiente como para pagarles un alquiler”.

No obstante, la convivencia es buena y las jóvenes tienen sus propios espacios. Saben cocinar, hacer las compras y ocuparse de sus cosas. “Como madre no sé si me siento preparada para que se vayan, aunque sé que ya no me necesitan como antes y me sorprenden con resoluciones que toman solas”. Eso sí, la puerta cerrada de su cuarto es una señal ineludible de que “es mejor que golpee antes de entrar”, admite.

María Eugenia calcula que, cuando las jóvenes se vayan, tendrá que encontrar nuevas formas de ocupar el tiempo, porque estima que la mitad de las horas de sus días están dedicadas a ellas. También tiene una idea de cómo podría cambiar su vida familiar: “Lo que ya tenemos decidido (con su marido) es vender la casa e irnos a un departamento más chico en el Centro”, con un cuarto y un buen living comedor para reunir a la familia los fines de semana. “Simplificar es la idea”, resume.

Analía, de 56 años, tiene una hija de 25. La posibilidad de que se independice la interpela desde hace tiempo, aunque reconoce que imaginarlo desde el lugar de madre es muy diferente de haberlo vivido en primera persona.

“Sobre todo si pienso que a esa edad yo ya llevaba siete años en una ciudad enorme, estudiando y trabajado, con lo que eso significa: organizar tus gastos, alquilar, pagar los servicios, cocinar, lavar la ropa y tomar decisiones”, recuerda. La comparación con su propia juventud la lleva a preguntarse cómo resolvería su hija las dificultades cotidianas.

No es solamente una cuestión afectiva: la joven tiene dos trabajos y, aún así, sus ingresos no le alcanzan para afrontar un alquiler, amoblar un departamento y pagar los servicios y la comida.

“VIVIR SOLO ES NECESARIO”

“En el fondo creo que tengo un poco de miedo a que sufra. Claro que la maternidad en mí es casi un 100%. Yo hago todo para ella, creo que me necesita ahora, cuando era niña y tal vez cuando sea muy grande”, segura de que “nadie se ocupa de ella mejor que yo y me hace feliz saber que le facilito las cosas, aunque sea un poquito”.

Aunque reconoce que una parte de ella podría estar buscando razones para demorar la independencia de su hija, es perfectamente consciente de que “vivir solo es necesario, porque las personas maduran y los lazos se vuelven más sanos; sobre todo la maternidad”.

Cuenta que en su casa, la convivencia y el diálogo siguen siendo buenos. Los tres integrantes de la familia contribuyen a los gastos y no hay grandes conflictos.

CUANDO EL SILENCIO SE INSTALA

Para Mariela Manenti, de 56 años, la partida de su hijo Leandro dejó de ser una posibilidad para convertirse en una experiencia concreta. El joven se mudó con su novia y en pocas semanas, además, ella se convertirá en jubilada.

“Es verdad lo del nido vacío. Yo no sabia qué me pasaba, hasta que la terapeuta me fue guiando para verlo. La ausencia se hizo evidente cuando dejé de escuchar sus ruidos y se vino a instalar el silencio”, describe, sin pasar por alto que su marido “trabaja muchas horas. Entonces, volví a la soledad de antes de que naciera Leandro”. Además de los ruidos, de la voz del hijo resonando en cada ambiente, se fueron las conversaciones espontáneas y los encuentros en la cocina.

“Perdí un pedazo de mí”, asegura Mariela, agregando que las charlas presenciales con Leandro “son pocas” y, si se dan, suele estar con su pareja. Sin embargo, hay hábitos que todavía no logra modificar. Cocina las mismas cantidades y compra comida como si el joven siguiera viviendo allí. Hasta su perro tuvo que adaptarse, ya que el chico se llevó a la perrita que convivía con la familia.

La mudanza, además, produjo un movimiento inesperado en la pareja. “Mi esposo no extraña a nuestro hijo, porque en parte ‘me recuperó’”, confiesa Mariela, aunque ella no está en esa “sintonía” de “creer que estamos de novios. Más allá de estos cimbronazos, espera poder atravesar juntos este momento, como ya lo hicieron con tantos otros.

“Más que aprender, comprobé que eso de que los hijos son de la vida, es cierto… pero cómo duele”, cierra.

EVOLUCIÓN

Lorena “Lola” Irure, de 52 años, también sabe lo que significa que una habitación quede vacía. Tiene tres hijos: Agustina, de 29 años; Matías, de 24, y Manuel, de 21. Hoy, Manuel es el único que sigue conviviendo con ella y su marido, aunque pasa bastante tiempo en la casa de su hermano, por la cercanía con la facultad.

La partida de Matías se sintió especialmente. “Con Agus estuve más acostumbrada porque es hija de Ramón e iba y venía todo el tiempo; aunque la considero mi hija. Ella dice que tiene suerte porque en la vida le tocaron dos mamás”. Con Matías la ausencia fue distinta. “Se sintió mucho más porque era el hijo bochinchero, pero lo viví con mucha felicidad, porque sentí que es una evolución. Y una quiere eso para sus hijos”.

Aunque se reconoce una madre feliz, Lola recuerda que “el primer día no abrí la puerta de la habitación. Vino la nostalgia… y la solté rápidamente”. Es que la relación con su hijo sigue siendo cercana. Se comunican a diario, se dicen que se extrañan y disfrutan de verse, aunque ya no compartan el mismo techo. En casa, además, apareció una oportunidad para reencontrarse con su marido en una rutina diferente.

“Él está muy contento de que su hijo se haya ido; se le agranda el pecho de orgullo y se ocupa de cocinarme, para entretenerse. Compartimos a la noche una cena, una charla, una copa de vino”, dice.

Para Lola, la partida también supone una transformación en su propio desenvolvimiento, con una autonomía que permite a todos -padres e hijos- ocupar nuevos espacios.

MOMENTO DE TRANSICIÓN

El psicólogo Mel Gregorini explica que el síndrome del nido vacío reúne distintas manifestaciones emocionales que pueden aparecer cuando los hijos dejan el hogar y se independizan, “porque se van a estudiar, se casan, o se radican en el exterior, generando en los padres un cuadro que abarca tristeza, melancolía, sensación de soledad y, a veces, aburrimiento. También se dan cuadros de ansiedad, insomnio, y, en ciertas ocasiones, culpa o no saber qué pasó”, en parte por el reencuentro “de la pareja o el matrimonio cara a cara”.

“Mi esposo no extraña tanto a nuestro hijo, porque en parte ‘me recuperó’”

No todas las madres atraviesan ese proceso del mismo modo. Algunas sienten una tristeza profunda; otras encuentran alivio y satisfacción al comprobar que sus hijos pueden sostenerse por sí mismos. También hay quienes experimentan sentimientos contradictorios: quieren que los jóvenes se independicen, pero temen que sufran o que no puedan resolver los problemas que aparezcan.

Gregorini advierte que la situación inversa también puede generar malestar. Cuando los hijos adultos permanecen en la casa y no logran avanzar hacia una vida autónoma, algunos padres sienten culpa o interpretan que no les dieron las herramientas necesarias para desenvolverse por sí mismos.

La psicóloga Nadia Alaguero introduce una precisión importante: “El Síndrome del nido vacío no es un diagnóstico clínico, no está reconocido en los manuales de psiquiatría. Está más vinculado con un proceso emocional, una reacción psicológica frente a un momento de transición en la vida de los padres cuando comienzan a marcharse los hijos, a independizarse, y se encuentran con la casa vacía: con silencios, espacios y tiempo que sobra”.

La partida no representa solamente una ausencia física. También marca el cierre de una etapa que organizó durante años la identidad y la rutina de los padres.

En ese proceso, extrañar no significa necesariamente que algo esté mal. Alaguero distingue la nostalgia propia de un vínculo significativo de la sensación de haber perdido el sentido de la propia vida. El desafío, entonces, no consiste en dejar de ser madre ni en renunciar al vínculo. Se trata de encontrar una manera diferente de ejercerlo.

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