Los nuevos resultados de las evaluaciones PISA volvieron a encender las alarmas en la Región. La foto que arrojó la medición internacional vuelve a posicionar a la Argentina en una zona crítica. ¿Se refleja este deterioro en los colegios de La Plata? ¿Es posible revertir el panorama cuando un estudiante alcanza los 15 años? Docentes y directivos analizaron el contexto en el que se entrecruzan los efectos postpandémicos, la aplicación del nuevo Régimen Académico bonaerense y la falta histórica de acuerdos pedagógicos de largo plazo.
Para Facundo Stazi, docente y coordinador pedagógico, resulta complejo construir una visión panorámica que compare qué sabían hacer los jóvenes hace dos décadas frente a las capacidades de los adolescentes actuales. “Si la pregunta es si los docentes percibimos que muchos adolescentes de 15 años no pueden hacer la O con un vaso, creo que vas a encontrar una enorme cantidad de profesores dispuestos a responder que sí: que las dificultades existen y que se ven todos los días en el aula”, analiza Stazi. No obstante, remarca que la queja docente no es contra la prueba en sí, sino contra las deficiencias del sistema: la falta de acompañamiento, el debilitamiento de la autoridad pedagógica y la ausencia de políticas públicas continuas.
Respecto a las PISA, Stazi aclara que, si bien sirven para detectar desigualdades y compararse en perspectiva, no aportan la respuesta sobre el proyecto educativo nacional. “El problema argentino es más profundo: no sabemos con claridad a qué estamos jugando. No contamos con acuerdos sostenidos acerca de qué deberían aprender todos los estudiantes, cómo vamos a comprobarlo ni qué decisiones tomaremos cuando esos aprendizajes no sucedan”, sostiene. A su entender, Perú, Chile o Brasil lograron sostener mejoras progresivas en ciertas áreas porque definieron una hoja de ruta y la mantuvieron en el tiempo.
Por su parte, Ana María García Munitis, directora del Colegio Nacional de la UNLP, coincide en la necesidad de abordar los datos con cautela y rigor contextual. “Es una discusión eterna el valor de las pruebas PISA. Hay una baja general en el rendimiento de los estudiantes, pero también habría que ver qué es lo que estamos midiendo y cómo lo estamos midiendo. La baja no es exclusiva de la Argentina; atraviesa a toda América Latina y a países de Europa como España”, señala y agrega: “Hay muchas variables que inciden. Los estudiantes han cambiado y hay que hacer un análisis detenido sobre por qué se dan estos resultados antes de emitir un juicio definitivo”.
Francisco Silvosa, docente en escuelas secundarias privadas de la Ciudad, indica que el formato de educación secundaria exige un nivel de autonomía para el cual muchos jóvenes de 15 años no están preparados. “El nuevo régimen implica que la repitencia ya no está más, sino que tiene que ver con recursadas. Cuando un estudiante se lleva más de cuatro materias, las tiene que recursar, y eso genera que se vaya atrasando con respecto a su camada”, explica y agrega: “si bien la medida buscaba evitar el abandono escolar, en la práctica genera tensiones en aulas sobrepobladas y con poca infraestructura de apoyo. “No hay inversión ni roles suficientes para sostener esta exigencia. Todo cae sobre la docencia en aulas de 30 o 40 estudiantes. No se puede garantizar que las trayectorias educativas se atiendan de forma real”, advierte Silvosa.
Silvosa remarca una paradoja: “Se quiere seguir sosteniendo la permanencia, pero baja la calidad de la enseñanza por falta de equilibrio. Y eso repercute directo en el docente”.
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