La historia que permanece bajo los pies ayuda a entender por qué la discusión actual no es menor. Colombo recuerda que todavía sobreviven en distintas zonas huellas de otras épocas: aros para atar caballos, quitabarros para limpiar los zapatos antes de entrar a una casa, lugares donde funcionaron antiguos surtidores de combustible y tapas de hierro vinculadas con los primeros servicios telefónicos y eléctricos.
“Si bien no es una vereda, hace un par de años descubrí que los escalones de mármol de la Fuente de los Querubines del Parque Saavedra estaban fabricados con antiguas lápidas del cementerio”, apunta Nicolás; escalones que recientemente “fueron retirados con maquinarias con las obras que el municipio está llevando adelante”.
Hay baldosas que remiten incluso a los primeros tiempos de la Ciudad. Algunas, según el investigador, pueden encontrarse alrededor del Hogar Marín, en la entrada del Teatro La Nonna o cerca de la estación de trenes sobre diagonal 80, aunque estas últimas también fueron removidas. En el Paseo del Bosque, sobre la avenida Iraola, sobreviven baldosas de 1956 que reproducen animales vinculados con el antiguo Zoológico.
Para Colombo, ese patrimonio cotidiano puede ser tan significativo como otros elementos más reconocidos de la Ciudad. “Hace casi 80 años que la Ciudad tiene ese tipo de veredas, por lo cual abarca varias generaciones y ya tiene fuerte arraigo en las personas que toda su vida vieron ese tipo de diseño. Por eso, al igual que un monumento que lleva tantos años o un árbol que abarca todo ese tiempo, es de gran valor identitario este tipo de patrimonio que suele pasar inadvertido”, reflexiona Colombo.
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