Distinto a lo que parecía

El perfil bajo de Pompilio no dejaba ver a un hombre cálido y apasionado por Boca

Con más de 20 años vinculado al fútbol, Pedro Pompilio era lo que habitualmente se denomina "un dirigente de raza". Sereno en sus gestos y en su forma de hablar, calmo y equilibrado en sus decisiones, escondía un lado oculto, muy guardado en su interior, el de ser un hincha apasionado de Boca Juniors y del fútbol, el que lo llevó a abrazar una carrera sacrificada, donde casi siempre es mayor el esfuerzo que el reconocimiento.
Hincha Xeneize desde muy chico, cuando le regalaron su primera camiseta en un Día de Reyes, su acercamiento al club a nivel dirigencial fue en la década del '80, cuando conoció al entonces secretario Jesús Asiaín, con el que trataba habitualmente porque era uno de los proveedores -tenía una empresa papelera- del club.
Precisamente Asiaín, un hombre parecido en ciertos aspectos a Pompilio -por dedicación a la institución y perfil bajo-, fue el que lo invitó a participar de la vida de Boca, y desde allí comenzó con una trayectoria extensa, que sólo tuvo breves interrupciones.
Integrante de una segunda línea directiva durante la presidencia de Antonio Alegre, asumió luego un rol protagónico con la irrupción de Mauricio Macri al mundo xeneize. Como vice, participó en la toma decisiones y ganó notoriedad en la exposición mediática, aunque siempre bajo la sombra del hoy Jefe de Gobierno de la Ciudad, en el que se polarizaba el poder del club.
Cuando Macri decidió que su ciclo en el fútbol estaba cumplido y era hora de incursionar en la política del país, Pompilio fue el elegido para la sucesión boquense, más allá de una pequeña porfía con Orlando Salvestrini, cerebro económico y mano derecha del empresario.
Primero un interinato y luego la postulación en las elecciones que lo llevaron a la asunción definitiva, dejaron a Pompilio en el cargo que más quería, el de presidente de Boca. Y en su nuevo rol, tomó las decisiones que Macri tal vez no se animó a tomar, como el regreso definitivo de Riquelme, la destitución de Miguel Angel Russo como entrenador, la nominación de Carlos Ischia como nuevo técnico y la apuesta a fondo para la promoción de juveniles a Primera.
No lo acompañaron los resultados, es cierto -el equipo sólo ganó la Recopa y los dos superclásicos-, y para colmo tuvo que hacer frente a una crisis interna desatada en el plantel; pero así y todo jamás perdió su entusiasmo por todos los proyectos que tenía en marcha: la reforma de la Bombonera, el hotel temático para concentración del plantel, la construcción de una escuela y los planes de ayuda a los vecinos de La Boca.
Su imagen mediática reflejaba a un hombre frío y poco expresivo a la hora de declarar. Cálido y atento, apasionado hasta la médula, lleno de ilusiones y capaz de hablar dos horas más de todos los temas cuando los grabadores ya estaban apagados.
Su perfil bajo no dejaba ver al Pompilio real para el público masivo. Una lástima, porque cuando hablaba del club, del equipo, sus ojos se iluminaban y sus labios generaban miles de palabras cargadas de emoción. Ese día nos quedó claro que su corazón -ese mismo que ayer dejó caprichosamente de funcionar- latía con la misma fuerza de una Bombonera cargada de euforia.

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