¿Por qué amamos a los malos?
| 14 de Octubre de 2015 | 02:13
Andy Kauffman, oscuro comediante estadounidense de la década del 80 rescatado por las nuevas generaciones, se dedicó durante una parte de su carrera a girar por el sur de Estados Unidos y desafiar con terribles insultos al público a un combate de lucha libre. Kauffman trataba a los sureños de sucios, incestuosos y poco agraciados física e intelectualmente, y la audiencia estallaba de ira hasta que alguien terminaba aceptando el desafío. Pero a pesar de la antipatía que supo generar, todo era un acto: “Todos aman a un buen villano”, decía.
Y hoy, la televisión norteamericana, en plena edad de oro, parece haber aprendido esa lección: el público se enamora de los malos, de los moralmente ambiguos, de criminales y asesinos que protagonizan la mayoría de las series de éxito que se ven en todo el mundo.
Pero, ¿por qué amamos a los villanos? ¿Se trata de puro morbo, de ver reflejadas oscuras fantasías? ¿O de una mayor identificación con personajes menos perfectos que el héroe tradicional?
El magnetismo por el mal tiene varias aristas, opinan diversos expertos. En primer lugar, la fascinación deriva del “profesionalismo” con que cometen los actos más atroces. Desde Frank Underwood hasta Hannibal, hay poder, capacidad, en la minuciosidad con que cometen estragos.
Personajes como Frank Underwood, o Dexter, pueden matar a alguien sin dejar de lucir impecable en su elegante traje: y hay en ese contraste algo fascinante, necesariamente ligado al modo audaz en que atraviesan el límite de lo permitido y cometen lo prohibido.
“Si sentimos fascinanción por estos personajes malos es porque nos permiten acercarnos a una forma de entender la vida alejada de nuestros principios, de nuestro entorno, donde poder ‘experimentar’ cómo es un asesino sin tener que vernos expuestos”, opina el psicólogo Guido Corradi al respecto.
HACIA EL FIN DEL ESTEREOTIPO
Pero, además, la emergencia de los antihéroes y villanos en las series y en el cine (de hecho, la segunda temporada de Gotham se titula “El ascenso de los villanos”) tiene que ver con una mutación del paradigma televisivo hacia una realidad más compleja.
La atracción de la audiencia es entonces no solo por lo oscuro, sino por lo ambiguo, lo imperfecto: la ficción ofreció durante demasiado tiempo personajes unidimensionales, y la televisión comprendió que el público necesitaba nuevos estímulos. Quizás allí resida, incluso, buena parte de esta explosión de los seriales: ofrecen la ficción que más cuestiona el mundo del espectador, que más lo conmueve y moviliza.
El televidente se encariña con los personajes mucho más complejos, según Pablo Marzotti, autor del libro “Seriemanía”, que los héroes tradicionales de la tevé, demasiado unidimensionales para empatizar con los televidentes del ruidoso y caótico mundo moderno. De hecho, toda serie exitosa contiene uno o varios personajes que coquetean con el mal.
“Las ‘nuevas series’ están buscando romper con todos los arquetipos ya que han comprobado que es una buena estrategia narrativa. Además, lo hacen desde el lado negativo, tratando de aprovechar el morbo del espectador”, reflexiona el psicólogo Javier Jiménez al respecto, quien agrega: “Es más fácil que nos sintamos identificados con ellos porque son más reales. ¿O acaso no se puede ser malo y generoso -o bueno y mentiroso- al mismo tiempo? Eso les convierte en más interesantes.”
Y Tirso Conde, guionista de televisión en España, concuerda: “Antes del cambio de la ficción televisiva los personajes eran planos y muy identificables: los entendías desde la primera vez que los veías. Ahora no. Los vas conociendo poco a poco hasta que terminas comprendiéndolos. Son personajes ricos en matices.”
NADA ES BLANCO Y NEGRO
El caso paradigmático quizás sea el de Walter White, que se transforma de un sujeto gris y sumiso en un narcotraficante temido delante de nuestros ojos, a lo largo de 5 temporadas. “Al espectador le da tiempo de ir conociéndolo: se sumerge en esa montaña rusa, convive con él, se ríe con él, se enfada… Lo impresionante es que al final el espectador lo justifica. Sabemos que no obra bien, pero lo podemos llegar a entender. ¿Qué haríamos nosotros en su situación? Esa pregunta es lo que nos fascina del personaje.”
Así, aprendemos a ver más allá, a respetar a un asesino como Omar Little (“The Wire”) o a Pablo Escobar (“Narcos”) porque dentro de su actividad criminal, mantiene unos principios que le ennoblecen: desde el apego de un personaje como Dexter Morgan a comprobar minuciosamente a sus víctimas, hasta la valoración de la familia y la lealtad que reivindica Escobar, “el Robin Hood paisa” en la serie de Netflix, los antihéroes muestran en la ficción que, al igual que en la realidad, nada es blanco y negro.
“La gente tiene razones que, aunque nos horroricen, nos pueden resultar comprensibles”, explica Jiménez al respecto, a quien se suma Will Graham, personaje de la serie “Hannibal” que entabla una curiosa relación con el asesino, con una frase que bien podría aplicarse al televidente: “Hay un acuerdo tácito entre ambos para ignorar lo peor de cada uno y poder seguir disfrutando de lo mejor”.
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