Vivir afuera: después de Romero

Más de la mitad de su vida estuvieron encerrados en un manicomio. Hoy trabajan, estudian, viven en pareja. ¿Cómo es volver a vivir en sociedad, para una persona que carga con el estigma del loco?

Por ROSARIO MARINA

“Hay que encerrarlos, son un peligro”. Cada año, treinta personas salen del Hospital Psiquiátrico Dr. Alejandro Korn, de Melchor Romero, con esa maldición a cuestas. Aún así se animan a una segunda oportunidad.

En La Plata existen tres centros de externación que dependen del manicomio: la Casa de PreAlta, el centro de día Dr. Enrique Pichon Riviere y el centro de salud mental comunitaria Dr. Franco Basaglia. En ellos, hacen talleres, estudian, trabajan y siguen su tratamiento quienes tienen algún padecimiento mental.

Cuando habla del momento en que salió del manicomio, a Daniel, que lleva más de cuatro años afuera, le cambia la voz, la forma de hablar, la velocidad de sus oraciones, de sus palabras es cada vez más rápida. Cuenta la historia de un tirón.

-¿Adónde te vas todas las mañanas? –se animó a preguntarle un día al chico que veía salir cada día del hospital donde estaba internado.

- Me voy a un centro social –le contestó- ¿Querés venir?

“Entonces -recuerda Daniel- me hice los pasaportes provincial y municipal para poder viajar en La Plata y Buenos Aires y ahí me puse a estudiar y fui pizzero”. A Daniel le encanta hacer pizzas, pero también le gustan mucho los recreos.

Primero fue al centro de salud mental comunitaria Dr. Franco Basaglia, se anotó para terminar la secundaria, y este año quiso empezar un curso de soldadura en Abasto. En un futuro, se imagina trabajando en una fábrica.

Los jueves arma la masa de las pizzas, les pone salsa, las cocina y deja listas las prepizzas para que los que van los viernes completen el trabajo. En el emprendimiento La Cuccina de Franco, que funciona como una cooperativa, trabajan ocho externados del hospital, cuatro estudiantes de psicología, dos psicólogas. Todos cobran lo mismo.

Daniel nació en Monte Grande y vivió toda su vida, hasta antes de que lo internaron, en Ezeiza. Ahí, dice, se drogaba mucho. Lo internaron durante un año en una clínica privada. Salió, y volvió a los viejos vicios. Ahora, a sus 36 años, vive cerca de plaza Moreno y algunas tardes va a la plaza a jugar al fútbol.

“Cuando se murió mamá estuve toda la noche llorando. Hasta golpeaba la puerta. Tra tra. Entonces le digo a mi hermana: Me quiero internar. Era el año ´99. ‘No, que ahí no vas a poder salir más, te vas a perjudicar’, me decía ella. Me interné yo solo”. Desde ese día, pasaron 15 años hasta que pudo salir.

UN MUNDO PARALELO

Según datos oficiales, todavía hay 636 personas que viven hace años en el hospital provincial Alejandro Korn, en Melchor Romero. Personas como Daniel, pero que aún no se animan a salir.

El primer centro de externación se creó hace 27 años, y “empezó siendo un lugar donde los pacientes que salían de Romero venían acá por un año para ir adaptándose a la comunidad. Esta casa tenía camas. Los empezaban a conectar con las cuestiones básicas de la vida como el dinero, las calles”, explica Graciela Negri, jefa del servicio de externación del hospital Alejandro Korn: “Cuando entró al hospital la ciudad era distinta, los medios de transporte también, la persona era otra porque los efectos de la medicación, del encierro, genera que sea difícil la inclusión laboral porque sigue el estigma de que el loco es peligroso y tiene que estar encerrado”, dice Elena García, vicepresidenta de la Asociación Una Movida de Locos, que realiza emprendimientos productivos de jabones, chocolates y pizzas.

BARAJAR DE NUEVO

“¿Cómo besará?”, pensó Estela un día de los tantos que jugaba a las cartas con ellos. Estaba mirando a Omar, ese hombre de 51 años, uno de los tres con los que jugaba todas las mañanas al chinchón en el Centro de Día Pichón Riviere. Ella estaba ahí porque su médico se lo había recomendado: “ahí vas a poder hacer talleres y vas a mejorar”, le dijo. Ella aceptó.

El día que llegó al centro Pichón Riviere, Estela estaba mal. No recuerda nada de la reunión de la junta de admisión. Sólo sabe que la acompañaban sus dos hijas. Recuerda eso sí, tres hombres jugando a las cartas. “¿Puedo jugar con ustedes?”, preguntó. Los hombres asintieron. Desde ese momento hasta que se fue a vivir con Omar, todas las mañanas, Estela juega barajas hasta la hora del almuerzo.

Tiene 57 años. Dos meses después de conocer a Omar, un fin de semana, tomando mate con su hija pensó: no aguanto dos días sin verlo, yo me voy a la casa. Entonces puso ropa en unas bolsas y salió a tomarse el micro. “¿Pero vos sabés dónde vive?”, le preguntó su hija. Ella le dijo que sí, pero la verdad es que no se acordaba bien la dirección. Cuando bajó en el barrio, Omar le resolvería la búsqueda. Estaba afuera de su casa, cortando el pasto, intuyendo, quizás, que ella podía llegar. En ese mismo barrio, cuenta ahora, hay tres hombres que se llaman Omar. “Por suerte él estaba afuera”, dice divertida.

Desde ese día de marzo del 2009, Omar y Estela viven juntos. Él, dice contento, logró armar una casita de material en el barrio El Retiro. Y ahí pasan los días, toman mate, juegan a las cartas, van al centro de día, y los miércoles él juega al fútbol con amigos. “Dicen que no sirvo”, Omar se encoje de hombros, “pero soy el mejor arquero que tienen”. Desde que empezó con ese equipo, le puso el número 1 al buzo y al pantalón que usa para jugar. En una repisa de su casa tiene los trofeos que ganaron.

Algunas veces, a Omar lo va a buscar un vecino para que le haga de ayudante de albañil. Él conoce el oficio, su padre lo hacía y le enseñó a todos sus hijos. Otras veces sale a juntar cobre por el barrio. Si no tiene trabajo, se aburre. Cuando está en casa, Omar ayuda a Estela: ella lava la ropa, él la tiende afuera.

Estuvo cerca de 10 años internado en el hospital. Antes, se dedicó a cuidar a su mamá. Cuando ella murió, él le dijo a su hermano: ¿no me metés en un hospital que no me siento bien? Y entonces se quedó. “Me sentía muy débil”, cuenta, la voz pausada y bajita. En el hospital, se sentaba a lo último y hablaba sólo cuando le preguntaban algo, y a regañadientes.

 

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Graciela Negri, directora de los tres centros de externación dependientes del hospital, dice que en realidad el mayor problema de Romero no son tanto las patologías de los pacientes sino la marginación: “Muchos de los problemas que tienen los pacientes de Romero es la pobreza. Por una crisis tendría que estar un mes, no toda la vida. Cuando se estabiliza se podría ir de alta, pero no se va porque no tiene donde vivir”.

“Yo tuve un paciente que hacía 30 años que estaba porque había robado una gallina. Y nadie reclamó por él y siguió estando ahí porque no tenía otro lugar, porque la gente se va institucionalizando”, cuenta Negri. Ella, junto con otras compañeras, creó un servicio de atención en crisis que tenía por objetivo evitar que los pacientes reingresaran tantas veces. De mil personas que entraban por año, volvía el 50%.

A partir de estudiar el por qué de esos reingresos es que Graciela presenta un proyecto de hospital de día, al que nombran Pichon Riviere, para que esos pacientes que salieran de la internación pudieran seguir su tratamiento ambulatorio en ese lugar. “Mientras estaban en estos centros no tenían reingresos”. Con el seguimiento permanente y las distintas actividades, lograron lo que se habían propuesto.

En el 2007, tanto el centro Basaglia como el Pichón Riviere se inauguran en la comunidad, es decir, fuera del hospital, donde trabajaban antes. En el Basaglia, muchos estudiantes de psicología y trabajo social que hacían sus tareas ad honorem se dan cuenta que era necesario poner foco en el trabajo, en que quienes se querían externar del hospital tuvieran la posibilidad de un trabajo digno. Así es que se crea la Asociación Una Movida de Locos que también logró su objetivo.

“Estos emprendimientos han generado efectos positivos en el tratamiento, por ejemplo la baja de medicación porque la persona al sentirse útil, trabajar la responsabilidad, el tener qué hacer con su tiempo y su vida, poder ofrecer algo que hace y es propio. El trabajo como integrador social, eso nosotros lo pudimos ver”, cuenta Elena García.

 

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Cristian y Catalino trabajan en la feria americana llamada El Ropero de Franco. Ellos definen la feria como lo que es: un trabajo. Con lo que ganan ahí, más la pensión que reciben por discapacidad, logran pagarse una pensión o compartir un departamento para vivir.

Cuando los dos estaban internados, Catalino veía, desde su sala, la C, cómo Cristian se ponía el delantal como si fuera un enfermero y salía con los médicos en la ambulancia a hacer un auxilio. “Lo tenían así, para entretenerse”, dice ahora Catalino, sentados al sol en un cuarto que da a la calle, como también daba la sala C, pero esta vez en libertad. “Lo que tiene éste para mí es la gracia de dios, las ganas de vivir”. Catalino habla de Cristian y se ríe.

Cristian estuvo más años adentro del hospital que afuera. No se acuerda cuándo entró al instituto de menores, pero sabe que desde ahí no salió más, hasta el 2008, que empezó a ir al Centro Basaglia y a trabajar en la feria de ropa. Cristian se ríe mucho. Se nota que, ahora, está contento. Hoy tiene 38 –estuvo internado 22-, vive solo, y baila en la murga Tocando Fondo. “Dicen que bailar ahuyenta los malos espíritus”, dice Catalino, y se ríe.

Cuando era chico vivía en el partido de Pilar. Cuando su papá se murió, él, cuenta, se enfermó. Y entonces lo internaron. Su mamá también había fallecido, y después le tocó a uno de sus hermanos. “Me acuerdo cuando era chico que estaba en un instituto de menores, de ahí quedé, me llevaron al Romero, me dieron de alta, me ayudaron mucho los del centro, y de ahí empecé a trabajar en la feria”, así resume su vida.

“El que empezó todo esto tiene que tener sabiduría, porque es muy positivo esto”, dice Catalino. Y quizás sin saber, o sabiendo, habla de Franco Basaglia. Ese hombre, uno de los padres de la antipsiquiatría, una forma de tratar a los pacientes como humanos, como personas que se pueden recuperar de su padecimiento mental.

Catalino dice que a veces parece que está más adentro que afuera. Es que este hombre de 57 años estuvo encerrado, como Cristian, más de la mitad de su vida. Aunque él no llegó por instituto de menores, vivió 35 años dentro de un manicomio. Y el paso por ese lugar, dice, no es lindo ni deseable. “Hay muchos que no pueden salir porque no saben lo que es la vida, se acostumbran ahí y no quieren salir”, cuenta, feliz de estar afuera.

A Catalino lo trajeron de Paraguay a los 8 años. Lo decidió uno de sus hermanos, porque para ese momento él ya había quedado huérfano. “Cuando más los necesitaba”, dice sobre la muerte de sus padres, y los párpados se le caen, los ojos se ponen vidriosos: “Esos recuerdos no son gratos, pero la vida sigue”.

Cuando estaba internado, Catalino decía que él era como las plantas que estaban afuera del hospital. Que ya había echado raíces, que nunca más se iba a ir. Al ver que había asambleas adentro, él se quedaba en el patio. No le importaba esa gente que venía a ofrecerles otra vida. Un día, la asamblea se hizo afuera, para que él pudiera estar. Empezó, entonces, a hablar con esa gente, entre quienes estaba Patricia Pauluc, una de las creadoras del centro Basaglia. De a poco, con mucho esfuerzo y tiempo de quienes después sería sus referentes, Catalino asistió durante un año al centro sin haber salido todavía del hospital. Hasta que empezó a comprar cosas para vivir afuera. “Estuvo meses preparando su salida. Cuando tuvo hasta el clavito para colgar la llave, ahí se mudó”, cuenta Elena García.

Ya afuera, un día le dice a todos que él se quiere ir a Paraguay a ver a su familia. Hacía 35 años que no sabía nada de ellos. Ya tenía todo averiguado. Para sus referentes, era un riesgo que había que correr. Entonces hicieron una carta por si le pasaba algo y alguien lo encontraba, que supieran dónde llamar.

Con sólo la dirección de su casa de la infancia, Catalino llegó. Encontró al hermano. Lo abrazó. “Pensamos que estabas muerto”, le dijeron. Desde allá llamó para avisar que había llegado. Y ahora, a cada uno que le pregunta cómo le fue en el viaje, le muestra las más de treinta fotos que lleva con él a todos lados.

 

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Catalino, Cristian, Omar, Estela y Daniel tienen en común la pobreza, la muerte de sus padres y un diagnóstico: la locura. Después de años de internación, hoy siguen peleando contra el estigma. Pero en libertad. Y afuera.

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