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¿Hay que hacer buena letra o con las teclas ya es suficiente?

El dilema de enseñar o no caligrafía. La propuesta vigente en las escuelas de la Provincia. Testimonios de una profesora de letras y poeta platense. La posición de Umberto Eco y cómo resolvieron el dilema Borges, Neruda, Bioy Casares, Vargas Llosa y otros escritores

Por: MARCELO ORTALE

20 de Noviembre de 2016 | 00:18

La caligrafía, la buena letra cursiva, empezó en la Antigüedad con la pictografías que se dibujaban sobre una roca, combinándose hasta representar ideas. Fue la primera forma abstracta de comunicación humana, en una situación que se volvió compleja ya que, con la evolución de la historia, la humanidad llegó a crear unos 7.000 idiomas diferentes que son los que se hablan y escriben en todo el mundo. De allí que la claridad –la conceptual, pero también la formal- se convirtió, casi, en un primer ejercicio de supervivencia ante la temible alternativa de los jeroglíficos.

Claro que el mundo evolucionó y, desde luego, la buena letra escrita a mano parece ya una sombra del pasado, derrotada por una multitud de teclas. Sin embargo, atención, el rey no ha muerto. Y algunas voces dicen que está volviendo. Hace pocos años, en una de sus colaboraciones especiales a EL DIA, el italiano Umberto Eco, habló con escepticismo del supuesto ocaso de la caligrafía, anunciado con bombos y platillos por dos investigadores de su país, Maria Novella De Luca y Stefano Bartezzaghi, en un trabajo que ocupó tres páginas del diario “La República”.

Al comenzar su artículo en EL DIA dijo Eco: “A estas alturas ya sabemos que, entre computadora (cuando la usan) y sms, nuestros jóvenes ya no saben escribir a mano salvo con trabajosas letras de molde”. Pero ese lapidario comienzo empieza a ser relativizado: “En una entrevista, una profesora afirma también que cometen numerosos errores de ortografía, pero éste me parece un problema distinto: los médicos conocen la ortografía y escriben mal, y se puede ser un calígrafo diplomado y no saber si se escribe “haber”, “aber” o “haver”. A mi generación se la educó a escribir bien, y en los primeros meses de la escuela primaria se hacían palotes, ejercicio que más tarde fue considerado obtuso y represivo”.

Señala luego que escribir mal, con mala letra cursiva, empezó antes de la computación y del celular. “La crisis empezó después de la Segunda Guerra Mundial, con la llegada del bolígrafo. Aparte de que los primeros bolígrafos manchaban muchísimo también ellos y si pasabas un dedo por encima de las últimas palabras nada más haber escrito, te salía un borrón. Y por consiguiente, se te esfumaban las ganas de escribir bien”, añade Eco.

Después de otras agilidades intelectuales propias, Eco concluye: “el arte de la caligrafía educa al control de la mano y a la coordinación entre la muñeca y el cerebro. Bartezzaghi recuerda que la escritura a mano requiere que se componga mentalmente la frase antes de escribirla, pero, en cualquier caso, la escritura a mano, con la resistencia de la pluma y del papel, impone una demora reflexiva. Muchos escritores, aunque estén acostumbrados a escribir en la computadora, saben que a veces les gustaría poder grabar una tablilla de arcilla como los sumerios, para poder pensar con calma”.

POSTURA OFICIAL

Si bien en algunas escuelas platenses consultadas se dejó en claro que persiste una suerte de “espíritu represivo” hacia la caligrafía –hablaron de “no suscitar enconos con las inspectoras (sic)”- esa no es la postura oficial del área educativa en la provincia de Buenos Aires. Por el contrario, se aludió a la necesidad de enseñar caligrafía, especialmente a partir del segundo grado del primario, una vez que se consolidó la alfabetización.

Así, especialistas de la dirección provincial de Educación Primaria, dependiente de la dirección general de Cultura y Educación bonaerense, sostuvieron que se deben priorizar, entre otras habilidades, la revisión del texto, de la sintaxis y de la ortografía. “También resulta necesario que el autor de un mensaje manuscrito logre ser claro tanto en el contenido como en la forma. El mensaje manuscrito más importante y trascendente no puede leerse si la letra es un galimatías. Por eso, es importante la enseñanza de la caligrafía, especialmente cuando se incluye la letra cursiva en el 2° año del nivel primario, considerando que los niños ya accedieron a la alfabetización, dado que de otra manera se corre el riesgo de obstaculizar su aprendizaje”.

“Los tipos de letra se enseñan en cada aula y es el maestro quien destina tiempo a la explicación del “trazado “, del recorrido, de los enlaces, sin perder de vista que el propósito de escribir un texto legible es el de lograr comunicar algo con sentido, para que otros lean y comprendan sus escrituras, sin perder el costado social que representa”, añadieron.

Los funcionarios educativos añadieron que las especialistas en Didáctica de la Alfabetización, Prof. Sara Melgar (Ph. D) y Dra. Graciela Alisedo, consideran que en el siglo XXI se debe enseñar a manuscribir.

En el mismo sentido, la Dra. Virginia Jaichenco (especialista en Ciencias Cognitivas, CONICET), sostiene que “en una sociedad que valoriza la tecnología, parece que la enseñanza de la letra manuscrita podría estar cayendo en desuso. Sin embargo, existen investigaciones que demuestran que escribir a mano influye positivamente en la lectura, la escritura, el habla y aún en el pensamiento crítico”. Añadió que “la escritura a mano es fundamental y debería ser continuamente enseñada durante los primeros años de escolaridad”.

En un colegio primario de La Plata coincidieron: “Cuando hablamos de leer, tenemos que pensar que son los ojos los que leen. Los ojos leen rápido; es un sistema que tiene poca inercia. En el caso de la mano, si bien es verdad que, en un principio, a los niños les resulta más fácil los trazos de la imprenta mayúscula porque son trazos más simples, las investigaciones muestran que la letra cursiva es un 40 por ciento más rápida para su trazado que la imprenta mayúscula. Si un niño quiere escribir un texto y tarda en el trazado de las letras, perturba todo el proceso de planificar el texto y de ponerlo en palabras. El uso de imprenta mayúscula no facilita, por el contrario, perturba la producción de textos escritos”, dijeron.

Añadieron que se aprende mejor con la letra cursiva: “Investigaciones sugieren que la letra imprenta activa una parte diferente del cerebro que la letra cursiva. Aprender a escribir en cursiva ayuda a la coordinación motora del niño, además, la escritura a mano ayuda a retener la información y generar nuevas ideas mientras se elabora el manuscrito”.

LETRAS EN EL PATIO

Profesora de letras, poeta de exquisito estilo, novelista y dramaturga, la platense Genoveva Arcaute arrancó con una imagen casi conmovedora sobre la vigencia de la letra cursiva: “en varios jardines a los chiquitos, como una suerte de introducción alfabética, se les hace formar letras en los patios, así que, por ejemplo, todos los chicos escriben la letra “o” con una ronda o les hacen dibujar en cursiva otras vocales”.

Arcaute no duda al señalar que “escribir a mano es instalarse en un espacio de fruición, ir creando una percepción compleja y perfecta, que no necesita de la semántica para realizarse, pero suma, sí, lo que se dice –escribe- a lo que llega de los sentidos. Sea la viruta escolar de un lápiz, la tinta perfumada del bolígrafo de punta gruesa, el estilete de la punta fina, que casi llega a los dientes, o las variantes más rústicas del carbón o la tiza –y suma lo cromático en contraste. Escribir a mano es dibujar el pensamiento, el caligrama del poema, con un sello tan personal como la cadena de aminoácidos que nos dibuja en el mundo”.

“Así, un pensamiento furioso o apasionado dejará en el papel el surco de la desesperación y sobre el papel de apoyo, el mensaje transparente a merced de cualquier curioso. El temblor involuntario durante un viaje, con la mano en el aire, intentando atrapar palabras que se olvidan en el próximo sacudón, marca esa letra que aprendimos hace tiempo y fue variando de trazo, involuntaria o voluntariamente. ¿Quién no ha volcado a la extrema izquierda su renglón en busca de un diseño nuevo o redondeado hasta transformar las vocales en círculos perfectos, satisfactorios, repasados para aquí y para allá?”, dice.

“Escribir a mano es definir el tiempo de la escritura”, agrega Arcaute. “El ritmo de la imagen poética es lento, repasado una y otra vez, ella se solidifica en el oficio de la mano, se cristaliza mientras la mano sigue la idea. El poema se siente holgado en la hoja, permite flechas que desplacen o inviertan la frase, opciones para una palabra dudosa, y todas las tachaduras necesarias. Quizá para la novela larga la máquina sea lo más útil, los párrafos salen a velocidad y lo macro se impone. Pero la tecnología es frágil, nos deja en banda una y otra vez. También para estos textos la mano anota ideas, esquemas, líneas de diálogo, para después pasar al limpio del hipertexto”.

Y concluye con esa hermosa imagen: “Hoy los niños se preparan para la escritura con juegos de patio, rondas y filas que serpentean al aire libre como si escribieran mensajes al cielo abierto. De alguna manera así seguimos escribiendo, con el cuerpo entero y sus idas en el espacio blanco que nos toca”.

LOS ESCRITORES

Según la escritora ecuatoriana Marcela Ribadeneira “la letra de Borges habla de sus pensamientos binarios (concepto formado por dos elementos). La de Dickinson, de su sensualidad premeditada, y la de Hemingway, de procesos creativos catalizados por el alcohol”.

La letra manuscrita de Kafka demostraba su falta de fuerza psíquica y además una personalidad reservada, fría y ensimismada. El mexicano Octavio Paz decía que la poesía había que escribirla con letra cursiva. Escribía a mano dos o tres veces su texto, lo grababa y lo hacía pasar a máquina por su secretaria.

Neruda tenía una bellísima letra y había descubierto que su poesía, escrita a mano, era más “natural” que si la escribía a máquina.

A Bioy Casares la máquina de escribir le originaba dolores en la espalda o la cintura. La dejó a un lado y continuó con la costumbre de escribir a mano. Sólo cuando escribía a la par con Borges volvía a la Remington. Cuando Borges aún podía ver, escribía en cuadernos con tinta azul. Casi siempre interrumpía sus líneas con algún dibujo.

Vargas Llosa escribe a mano, transcribe y corrige. Trabaja en sus novelas de lunes a sábado, los domingos saca notas para revistas y periódicos. Cuando sus manos se cansan y acalambran, comienza entonces a escribir con la máquina o la computadora. El mexicano Carlos Fuentes siempre prefirió la pluma.

El oficio del escritor es sedentario, se hace en rigurosa soledad. Muchos –entre ellos muchos de los más grandes- encuentran consuelo en ir despacio con el texto, en dibujar las letras. Con la letra cursiva, acaso, se sienten más acompañados y quizás le pasa lo mismo a mucha gente que no se dedica a la literatura. Pero está claro que las teclas –las vertiginosas e infinitas teclas de las computadoras y los celulares que nacen aquí y allá- vienen marchando.

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