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Atentado, horror, desesperación y muerte
Por LUIS MOREIRO
Era viernes. Viernes 14 de septiembre de 2001. Minutos antes de las 23, desde el Aeropuerto Internacional de Ezeiza, decolaba el vuelo 956 de American Airlines. El primero en partir con destino a Nueva York tras el atentado a las Torres.
Unos trescientos pasajeros subieron, tensos y nerviosos a ese avión. Algunos, volvían a su tierra preocupados por la falta de noticias de amigos, colegas o conocidos.
Otros, argentinos en este caso, eran familiares de profesionales que desarrollaban sus tareas en el World Trade Center. Iban ellos a la búsqueda de un milagro. No pudo ser.
Once horas después esas 300 almas caminaban en silencio por los pasillos del Aeropuerto JFK en busca de destinos que, en la mayoría de los casos, oprimían alma y corazón.
Quince años después, el cronista aun recuerda aquella diáfana mañana de verano en la que Nueva York se despertaba todavía entre los humeantes restos de lo que habían sido las Torres Gemelas.
La ciudad lloraba. En los muros de las calles céntricas de Manhattan se repetían hasta el cansancio las hojas impresas con fotos, nombres y teléfonos de miles y miles de personas. “Missing”, era el denominador común.
Wall Street, cuatro días después del atentado, era el mudo escenario de lo que parecía un frente de batalla. Restos de mampostería por aquí y por allá. Una gruesa capa de polvo gris todo lo envolvía.
Las sirenas iban y venían por una ciudad copada por los uniformes verdes de la Guardia Nacional.
Miles de compungidos citadinos se agrupaban en las esquinas para observar, a la distancia, lo que quedaba del escenario del terror.
Inmensos camiones corrían, de tanto en tanto, por Canal Strett llevando a la rastra los despojos de cemento que, poco a poco, se levantaban de lo que habían sido las Torres Gemelas.
Se repetían en plazas y paseos improvisados memorials, con cientos de velas, con flores, con banderas. Con interminables horas esperando esa noticia que nunca llegó.
Más de 300 bomberos murieron al momento de derrumbarse las torres. Estaban dentro de los edificios tratando de ordenar las tareas de evacuación.
Al menos cinco argentinos murieron aquella fatídica jornada. Pedro Grehan un joven economista que trabajaba en una firma bursatil en el piso 106 de la Torre Norte (la primera en ser atacada); Gabriela Waisman, que estaba circunstancialmente en las Torres; Mario Santoro, un paramédico rosarino padre de una pequeña beba y que aún estando de franco, corrió hacia el lugar del desastre para colaborar en las tareas de rescate; Sergio Villanueva, un bombero que cumplía servicios en un alejado cuartel de Brooklyn y Cindy Dewley de Pons, que aunque estadounidense, estaba casada con un argentino y sobre la que también se ocupó de registrar datos el consulado argentino en Nueva York.
Pasaron 15 años de dolor.
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