Ayer al mediodía, dos ladrones en moto pararon a metros de un kiosco. Uno de los dos tenía planificado bajarse y, cuando saliera la única clienta que estaba adentro, entrar a asaltarlo.
Y así fue, aunque la maniobra no le resultó tan sencilla como el delincuente se lo imaginaba. El joven, de no más de 20 años, fue hasta el negocio de 17 y 35 a paso firme y decidido.
El dueño, de espaldas, acomodaba mercadería en las góndolas y hablaba por teléfono. Cuando se incorporó y miró a un costado, vio al intruso que lo sorprendió.
Haciendo de cuenta que tenía un arma debajo de la remera, el asaltante “apuró” y amenazó al comerciante todo el tiempo.
Al principio, la víctima creyó cierto que lo podían herir de un balazo, así que le permitió al intruso que revisara la caja.
El ladrón vació la registradora, al punto de sacar hasta las monedas, según contó Diego, uno de los empleados.
Al delincuente le dio trabajo poder abrirla. Mientras estaba en eso, se descuidó con lo que supuestamente escondía debajo de la remera. El comerciante vio que no había ningún arma.
La situación lo envalentonó: el dueño del kiosco le hizo frente y lo lanzó para atrás de una trompada.
El ladrón se reincorporó y quiso revancha: “Dame todo porque te corto”, le espetó, esta vez habiendo tomado un cuchillo largo que encontró en el mostrador.
Pero la víctima no se quedó atrás. “¿Querés jugar?”, lo invitó, mientras agarraba una cuchilla más grande. Despavorido, el ladrón reculó y se fue corriendo.
Entonces, el comerciante revoleó el arma blanca por el aire con la intención de lastimarlo, aunque no llegó a lograrlo.
Al final, el delincuente se reencontró con su cómplice y ambos se escaparon en una moto Honda Twister azul, en la que enfilaron rumbo a avenida 13.
En ese kiosco ya había ocurrido, al menos, un asalto más el año pasado, según comentó Diego.
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