A esta altura del año pasado irrumpía en la cartelera una cinta que subvertía todo lo que Hollywood creía saber del cine de superhéroes: tras años filmando para una audiencia masiva una serie infinita de películas técnicamente virtuosas pero formulaicas y cada vez más convencidas de su propia importancia, aparecía “Deadpool” para redefinir el género.
Una película que se reía de su propia relevancia, se mofaba de todos los lugares comunes del universo cinematográfico superheroico y colmaba la pantalla de violencia, sexo y palabrotas rindió más en la taquilla que la ascépticas propuesta de Fox para la temporada pasada (“X-Men: Apocalipsis”) y casi lo mismo que el gran tanque de Marvel (“Guerra Civil”) con un quinto de su presupuesto (apenas 58 millones de dólares, contra ¡250! de la cinta de Capitán América). Y eso, a pesar de que fue calificada como prohibida para menores de edad, recortando la cantidad de público que podía verla en las salas...
“Logan” aparece, doce meses después, como un recordatorio de que el cine de superhéroes puede ser algo más que un medio para vender juguetes: los géneros del cine clásico (como el western en que se apoya fuertemente la última cinta de Hugh Jackman como Wolverine) solían tener esa fuerza emocional detrás de una forma convencional, pero la “fórmula Marvel” ha convertido cada cinta en solo un escalón para la siguiente y más relevante entrega.
Debido, de hecho, a la necesidad de subir las apuestas entrega, los combates que cierran cada película se vuelven gigantescas peleas, abstractas, colmadas de efectos especiales y con muy poco arraigo en las leyes de la física, a tal punto que el tercer acto de “Doctor Strange”, que incluía varios de los personajes más poderosos del universo comiquero, capaces de distorsionar el espacio y el tiempo, fue resuelto con un gag: había que guardar los grandes fuegos de artificio para la película central de la empresa, “Los Vengadores 3”, que llega este año.
REBELION
“Logan” se rebela ante ese universo anabolizado: ubicada en un futuro muy lejano al universo cinematográfico de los “X-Men”, la cinta puede verse sin previo conocimiento de entregas anteriores, lo que le permite respirar del lastre de respetar el pasado y el futuro de una saga; no depende (casi se olvida) de las referencias para cinéfilos y geeks, propone menos personajes, trabaja con menos presupuesto, y busca en cada escena arraigarse fuertemente en el mundo material. Así, esta road movie distópica de superhéroes se convierte en un drama muy real sobre la vejez y el paso del tiempo, sobre el dolor de la pérdida, sobre los complejos lazos familiares. La vejez del personaje titular y el Profesor Xavier (Patrick Stewart, también en su despedida) es despiadada, sucia, insidiosa. La violencia es generosa, pero no gratuita, y casi nunca espectacular: de las escenas limpias y coreografiadas de Marvel pasamos a una película de desprolijas riñas callejeras.
Y la sensación de peligro aumenta para la audiencia en un golpe maestro del guión, que al recortar el poder de regeneración del viejo y cansado Logan a casi irrelevante, devuelve la humanidad al personaje: ninguna película hasta “Logan” pudo poner en carne ese hastío metafísico del inmortalidad Wolverine, que en algunas de sus ocho participaciones anteriores en la saga corrió el riesgo de volverse caricatura, Mutante Gruñón.
TODOS PUEDEN MORIR
Y al igual que el personaje titular, el resto de los seres que habitan “Logan” pueden morir en cualquier momento (mientras que los de la comiquera que monopoliza el cine parecen nunca enfrentar serios riesgos, aún cuando ciudades enteras se evaporan): la película se encarga de recordar los riesgos de una vida de brutales palizas en varios diálogos, particularmente cuando opone las historietas de “X-Men” a una “realidad” despiadada donde todos los mutantes, la “familia” del protagonista, han muerto. James Mangold, director y guionista, incluyó estos comics dentro del mundo que habita Logan no sólo como un guiño nostálgico, sino como una advertencia al rumbo que ha tomado el género, un camino de películas higiénicas y sin riesgos reales.
La cinta no es perfecta, claro: el anclaje emocional del filme está, en efecto, atado al conocimiento del personaje, la película es algo larga, y hay momentos de exposición excesiva que contrastan con la naturaleza atenuada de la película, donde todo se dice con el físico y no con palabras. Pero también están Jackman y Stewart, en actuaciones evidentemente sentidas y poderosas que conducen una aventura con más corazón que anabólicos a un puerto muy emotivo, un antídoto contra tanto cine entretenido, colorido y olvidable.
Pedro Garay
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