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“Los sonámbulos”: microviolencias de la vida cotidiana de una familia muy normal

La tensión y el agobio crecen y crecen durante las Fiestas en la nueva película de Paula Hernández, que llega a las salas mañana

“Los sonámbulos”: microviolencias de la vida cotidiana de una familia muy normal

Érica Rivas como Luisa, al borde de un ataque de nervios en “Los sonámbulos” / TP

20 de Noviembre de 2019 | 02:02
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“La noche, para todas las personas, es el lugar de la inquietud”, dice Paula Hernández, realizadora de “Los sonámbulos”, que se estrena mañana en salas locales. Allí, perdidos en la noche, ubica la cineasta a su familia protagonista, una familia de clase acomodada que “toman pastillas o alcohol porque no pueden dormir: algo les pasa, hay inquietudes que no se pueden calmar”. “Los sonámbulos” es el relato de esas tensiones aplastadas, ocultas, amenazando siempre con un estallido inevitable.

El sonambulismo es, en primera instancia, real en la trama del filme: hay una hija, Ana, que camina mientras duerme, y episodios sugeridos en el pasado de una familia. Pero el sonambulismo es una extrañeza, y la familia severa y vertical, no quiere recordar esos episodios, ni darle entidad a ese sonambulismo que se corre de la fachada de una familia muy normal.

“La familia trata de que las cosas no se sepan: es como una colchoneta pinchada, en algún momento, por algún lado sale el agua”, analiza Hernández: el sonambulismo también es metáfora, agrega la directora en diálogo con EL DIA, de sus criaturas que se mueven entre dos estados, entre el sueño y la conciencia, criaturas a las que “les ocurren cosas delante de sus ojos y no las ven, como si estuvieran dormidos. Creo que ninguno está cómodo en el lugar que le está tocando tener en este momento de la vida y se sostienen por una inercia, por una idea sonámbula de seguir para adelante: sin la lucidez necesaria para generar un punto de quiebre pero sin que estén tampoco dormidos porque interactúan y sostienen sus discursos”.

Atrapadas en ese estado están las dos protagonistas de la película, madre e hija: la mamá, Luisa, encarnada por Érica Rivas; la hija recién adolescente, Ana, en la piel de la joven Ornella D’Elía. La cámara las sigue mientras la tensión crece: un clima ominoso, una pesadilla contenida, al borde del estallido, con elementos prestados del cine de terror construidos desde una puesta donde todo es encierro, calor, agobio.

“La cámara nos hace entrar desde ellas a este mundo familiar: dos personajes que, cada una desde su problemática, se están repensando. Luisa, a partir del desprendimiento de su hija, que la deja descolocada con su propia identidad, pensando qué hizo con su vida, su carrera, su matrimonio; Ana está empezando a adolecer, no sabiendo cómo encausar lo que le empieza a pasar, se encuentra con un cuerpo distinto y el deseo de tener una mirada propia en una familia endogámica y con un fuerte mandato discursivo”, relata Hernández, realizadora de “Herencia”, “Lluvia” y “Un amor”, y que presentó “Los sonámbulos” en el Festival de Mar del Plata tras un paso por Toronto y San Sebastián. “El resto es fuera de campo”, metáfora visual de lo que no se ve, lo que queda oculto o distorsionado en esa familia que completan el marido, Luis Ziembrowski, el tío, Daniel Hendler, y la abuela y matriarca, Marilú Marini.

“La familia es algo que uno siempre lleva a cuestas, con un lado maravilloso y algo de patológico”

Paula Hernández,
directora de “Los sonámbulos”

 

“La familia es algo que uno siempre lleva a cuestas, con un lado maravilloso... y algo de patológico. Cuando uno madura uno intenta poner las cosas en su lugar, entender que hay vínculos que hacen bien y otros que no hacen bien”, afirma la realizadora y guionista porteña, que construye una familia sofocante en “Los sonámbulos”, donde las violencias cotidianas, los roces, la incomodidad, las miradas con odio, los comentarios pasivo-agresivos, los comportamientos que se ocultan son el caldo de cultivo espeso en el medio de un ominoso, húmedo verano, de un final inevitable.

La tensión se acumula a medida que el calor emana más y más de la pantalla: “Es una película construida a partir de la acumulación de tensión, de situaciones cotidianas que encierran microviolencias que se van acumulando”. Las “cosas que no se escuchan o que se tergiversan los sentidos, las cosas que quedan bajo la alfombra, hacen que la tensión crezca”: el demoledor acto final termina mostrando el lado más oscuro de las violencias naturalizadas.

Estrenada en el Festival de Toronto y aplaudida desde Corea del Sur a Glasgow, “Los sonámbulos” es la primera cinta de Hernández en ocho años. La coyuntura, siempre: “La película tardó mucho en filmarse, por distintas cuestiones: cambio de productor, de gobierno, de plan de fomento...”, cuenta la directora, que, explica, ya es ducha en navegar las aguas de las cíclicas crisis argentinas. “En mi primera película arranqué con la crisis de 2001. Cuando fue “Lluvia”, estalló el conflicto con el campo y la gente dejó de ir a los cines”, se ríe. “Vivimos en un país que es un tembladeral, si hacés cosas necesariamente las atraviesa la coyuntura. Hay un momento en que uno se olvida y sigue haciendo...”

 

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