Fue el 18 de octubre de 1977. Aquel día, del corazón de la Ciudad se elevó en el atardecer una columna espiralada de humo ocre o dorado. Ese humo ya era como el color martirizado del teatro despidiéndose. Por las ventanas se veía la impotencia y la desesperación de brazos que arrojaban vestidos operísticos, terciopelos y estucos que se convertían en ceniza. Los bomberos llegaban, pero el fuego ya arrasaba la sala, el escenario, las bambalinas, el latido más íntimo del emblemático teatro.
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