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¿Y dónde está el poder?

¿Y dónde está el poder?

Por: SERGIO SINAY (*)
sergiosinay@gmail.com

19 de Septiembre de 2021 | 10:00
Edición impresa

Como pocas veces, las elecciones del domingo pasado entregaron mucho más que el resultado de una votación, y se mostraron como el emergente de cuestiones profundas y postergadas. Analizarlas solo a la luz de la economía daría una pobre comprensión de lo que ocurrió y de lo que quedó planteado. De manera sumaria se puede decir que el escrutinio expresó hasta qué punto una masa crítica de la sociedad argentina se siente humillada por la perdida de vidas que pudieron haberse salvado de no haber sido por la continua mala praxis sanitaria, por la destrucción de fuentes de trabajo, por el aborto de proyectos laborales, profesionales y existenciales que no se podrán recuperar, por el engaño continuo que significan los discursos vacíos y las promesas incumplidas, por la creación de nuevas y continuas grietas por parte de quienes habían ofrecido cerrarlas, por la imposibilidad de vislumbrar un porvenir no solo para quienes la integran hoy, sino también para las generaciones que vendrán. Esa humillación fue salpimentada con declaraciones irresponsables y banales sobre actividades genitales y astrológicas, sobre la suerte de vivir en un país más divertido que Suiza (siempre y cuando se considere divertida a la inseguridad y el hecho de salir de casa sin saber si se regresará) o de que la vida hasta aquí descrita es la vida que supuestamente quieren los habitantes del país.

El filósofo alemán Emanuel Kant (1724-1804) sostuvo en sus “Lecciones de ética”, que ningún ser humano debería ser usado por otro, es decir considerado como herramienta o recurso, porque al hacer eso se le quita su dignidad, se le falta el respeto a su condición humana. Y en esa falta de respeto, apuntaba, consiste la humillación. Quien ejerce el poder tiene la responsabilidad ineludible de no humillar, de cuidar de sus acciones y sus palabras (que son las vías a través de las cuales se humilla), de recordar que gobierna entre seres humanos y que estos no son objetos al servicio del interés y la conveniencia de sí y de los suyos. Otra filósofa alemana, en este caso Hannah Arendt (1906-1975) advierte en su esencial trabajo “La condición humana” que “el poder solo es realidad en donde palabra y acto no se han separado, donde las palabras no están vacías y los hechos no son brutales, donde las palabras no se emplean para velar intenciones sino para descubrir realidades y los actos no se usan para violar y destruir, sino para establecer relaciones y crear nuevas realidades”.

EL PODER NO SE AHORRA

Debido a este planteamiento de Arendt es que, en los días que siguieron a la elección asistimos a una puja por el poder entre facciones de la coalición gobernante que tuvo como principal efecto la comprobación de que tal poder es difícil de localizar. ¿Quién lo tiene? ¿Depende de un cargo, de una función, de la fuerza? El poder solo existe en su realidad, insiste Hannah Arendt. Cuando no es visible y palpable a través de acciones, cuando esas acciones no transforman realidades, cuando las palabras con que se lo invoca no son creíbles ni respaldados por hechos, el poder se esfuma. Una de sus características esenciales consiste en que existe en un único tiempo. El presente. No hay poder en el pasado ni en el futuro. Y, como escribe la pensadora alemana, “el poder no puede almacenarse y mantenerse en reserva para hacer frente a emergencias”. El filosofo coreano Byung-Chul Han, formado y residente en Alemania, aporta ideas interesantes a este tema. En su ensayo titulado precisamente “Sobre el poder” señala que, mientras tiene poder, el cuerpo del soberano (llámese rey o gobernante) “llena el mundo entero”. No tiene solo su cuerpo físico, sino, además, uno simbólico, que representa su territorio, la extensión de su poder. Pero en el caso de pérdida de ese poder, se ve rechazado y “es devuelto a su pequeño cuerpo mortal. La pérdida del poder se vive como una especie de muerte”.

Acaso por eso, según piensa Arendt, resulta irónico llamar “resistencia pasiva” a la rebelión de los gobernados, que no necesariamente se produce a través de la fuerza sino de otros medios, como el del voto. Aunque en términos materiales la fuerza del gobernante pueda ser muy superior a la de los gobernados, dice en “La condición humana”, cuando estos se expresan juntos cuentan con una de las más activas y eficaces formas de acción. A menudo la soberbia y la impunidad enceguece y ensordece a quienes se encuentran en posiciones de poder, dejan de ver y oír a los gobernados, aunque digan actuar en su nombre, y la acción de estos demuestra entonces su propio poder. Hannah Arendt llama oclocracia a la forma perversa y desvirtuada de gobernar invocando al pueblo, y advierte que esta entraña el riesgo de que “pasen a primer plano quienes nada saben y nada pueden hacer”. El opuesto de la oclocracia es la sofocracia, o gobierno de los que saben. Como democracia, también estos términos provienen del griego.

ACCIÓN Y CONSECUENCIA

Byung-Chul Han recuerda que el poder, más allá de ficciones o apariencias, no se incrementa con amenazas, con sanciones o con uso de la fuerza. Por el contrario, a través de esas vías se torna más frágil y provisional. Lo que incrementa el poder es el acuerdo de los subordinados (o gobernados) con las propuestas y decisiones tomadas. En las democracias ese acuerdo, o el desacuerdo, tienen una forma de expresión en el voto. Cuando hay una imposición del poder con carencia de carisma se extiende la burocracia que, de acuerdo con Han, es un régimen basado en la imposición de protocolos aplicados mediante el uso de una violencia soterrada.

También el pensador y ensayista español José Antonio Marina se abocó a este tema en “La pasión del poder”, en donde afirma que no se pueden eliminar las relaciones de poder. “Somos seres sociales, puntualiza, tenemos deseos contradictorios, imaginamos proyectos que exigen colaboración y tratamos de organizar la vida en sociedades cada vez más complejas. La experiencia de la humanidad nos dice que las reglas son necesarias y no podemos confiar en que la gente va a seguirlas por convicción. El poder aparece entonces como necesario, pero como peligroso por su tendencia a la desmesura, por eso todas las culturas han inventado procedimientos para aliviar esa tensión”. Y recuerda al jurista alemán Carl Schmitt (1888-1985), que comenzó colaborando con el régimen nazi y luego fue declarado enemigo por ese mismo régimen, quien decía que “ningún sistema político puede durar, aunque solo fuera durante una generación, con la mera técnica de conservación del poder”. Un hecho evidente que, sin embargo, suele olvidársele una y otra vez a quienes se dedican a todo tipo de tejes y manejes en su afán de arribar al poder o de conservarlo. Como toda acción tiene consecuencias, los efectos de ese juego a menudo siniestro no deja de manifestarse, a veces más temprano, a veces más tarde. El influyente historiador y poeta romano Tácito decía en el primer siglo de nuestra era que “para quienes ambicionan el poder, no existe una vía media entre la cumbre y el precipicio”. Por lo general, cuando lo descubren ya es tarde.

 

(*) El autor es escritor y periodista. Su último libro es "La aceptación en un tiempo de Intolerancia"

 

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