Ante un contexto de realidades complejas, un grupo de cuatro chicos de entre 12 y 17 años de la localidad decidió poner su granito de arena con lo que mejor sabe hacer: cortar el pelo, pero gratis. La iniciativa, que comenzó de manera casi improvisada, se convirtió en un ritual de cada domingo en Plaza Moreno, donde ofrecen el servicio a personas en situación de calle y suman café, medialunas y un espacio de encuentro que crece semana a semana.
La historia tuvo un origen simple, sin vueltas ni rodeos, en una tarde de paseo familiar. “Vine a la plaza con mi mamá a tomar mates, vi gente en situación de calle y les pregunté si querían cortarse el pelo”, contó Caín López, de 15 años. Aquella primera experiencia, casi espontánea, fue el puntapié para lo que vendría después.
Con el correr de los días, la idea se transformó en algo colectivo. “Después les comenté a mis amigos y se sumaron”, explicó. Así se armó el grupo que completan Joaquín Bordón, Juan Rabe y Benicio Vera, un primo al que el propio Caín le está enseñando el oficio. Entre todos sostienen la propuesta cada fin de semana, con herramientas propias y organización a pulmón. Ayer, por un imprevisto extraordinario, cambiaron el día por única vez.
Además del corte, el gesto se amplió. “La gente está muy agradecida, algunos hasta nos quieren pagar, pero les decimos que no hace falta”, relató el joven. En cada jornada también reparten café, medialunas y algo dulce, en un intento por acompañar el momento más allá del cambio de look.
Para Joaquín, de 17 años, que se sumó hace pocas semanas, la experiencia tiene un valor especial. “Siempre está la iniciativa de ayudar a los que no tienen. Me invitaron y me pareció una buena forma de aportar con lo que sabemos”, señaló. Y agregó: “Cada vez que vengo me voy muy contento, porque son muy agradecidos”.
Juan, en tanto, conoce a Caín desde la infancia y fue parte del proyecto desde el comienzo. “Nos encontramos con personas en situación de calle y nos rompió el corazón. Entonces decidimos venir los domingos a regalar los cortes y colaborar”, explicó.
La respuesta, coinciden, es inmediata. “Algunos se van re contentos, otros hasta lloran”, contó Juan. Más allá de lo estético, lo que se genera es un vínculo breve pero significativo, que muchas veces se completa con charlas, agradecimientos y gestos de afecto.
Aunque el foco está puesto en quienes atraviesan situaciones de mayor vulnerabilidad, no excluyen a nadie. Si algún vecino quiere, también lo atienden. El objetivo es llegar a quienes lo necesitan y ofrecer, aunque sea por un rato, una mejora en su día.
Las jornadas se extienden hasta que cae el sol. Son algo más que una práctica de barbería: un compromiso de jóvenes que encontraron su forma de ayudar.
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