En el consultorio sexológico, cuenta Báez Romano, algunas personas llegan diciendo que ya no tienen deseo. Sin embargo, detrás de esa percepción puede existir una disfunción sexual.
En los varones puede aparecer una dificultad eréctil o eyaculatoria. En las mujeres, el dolor durante el coito puede hacer que el encuentro sexual deje de resultar atractivo. La consecuencia es lógica: si anticipar una relación sexual significa anticipar dolor, incomodidad o incertidumbre, el deseo puede terminar disminuyendo.
Por eso, explica la especialista, antes de concluir que existe una falta de deseo es necesario preguntarse qué está ocurriendo.
La recuperación puede abordarse mediante terapia sexual, individual o de pareja, de acuerdo con cada caso. A diferencia de una psicoterapia tradicional, este tipo de tratamiento puede incluir ejercicios y tareas para realizar entre las consultas.
Si existe una disfunción sexual, trabajar primero sobre ella puede hacer que aquello que parecía una pérdida de deseo desaparezca. Cuando la falta de deseo es genuina, en cambio, puede ser necesario realizar una evaluación clínica y hormonal.
El deseo también es emocional
No todo lo que ocurre con el deseo se explica por las hormonas. La vida también pesa. Una persona de 60 o 70 años puede estar atravesando la enfermedad de sus padres, incluso cuando esos padres son muy mayores. Puede cuidar a un familiar con Alzheimer, acompañar una enfermedad terminal o atravesar la pérdida de amigos. También puede ver cómo cambia su círculo social: el grupo que durante años se reunía para cenar se reduce porque algunos amigos mueren o dejan de salir por cuestiones de salud.
Todo eso tiene consecuencias. “El hecho de saber que tiene una enfermedad terminal o de saber que tiene Alzheimer o que está postrado también hace que focalice todo en su malestar emocional”, explica Báez Romano.
El deseo, entonces, no desaparece necesariamente: puede quedar desplazado.
Cuando la preocupación, el duelo o la tristeza ocupan todo el espacio, el erotismo puede pasar a un segundo plano. También puede suceder después de años de cuidar a otra persona. Un hombre o una mujer que acompañó durante mucho tiempo a su pareja enferma puede quedar agotado después de la muerte. Cuando finalmente termina esa etapa, puede aparecer la necesidad de recuperar una vida propia, de volver a salir, conocer gente o incluso enamorarse.
Y allí aparece otra posibilidad: una nueva pareja. “Lo que puede aumentar el deseo sexual es tener una pareja nueva”, sostiene Báez Romano. Puede tratarse de alguien de la misma edad o de una persona más joven. Lo importante, explica, es que el enamoramiento y la capacidad de sentirse atraído por alguien no tienen una edad límite.
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