—¡Negro, pasala!La escena se repite todos los fines de semana en miles de canchas argentinas. El "Negro" que recibe el pase puede ser rubio y de ojos celestes. En otra casa, una madre llama a su hijo: "Vení, negrito". Una pareja se despide con un "chau, negra". Durante años, el expresidente Mauricio Macri llamó públicamente "Negrita hechicera" a su esposa, Juliana Awada. En cualquier grupo de amigos también aparecen el Gordo, el Flaco, el Chino, el Ruso, el Turco, el Colo o el Gallego. Algunos no tienen sobrepeso; otros jamás pisaron China, Rusia, Turquía o Galicia.
Para un argentino, estas escenas forman parte de la vida cotidiana. Los apodos son una costumbre tan extendida que, muchas veces, reemplazan al nombre de pila y terminan siendo la principal forma de identificar a una persona. Lo que para millones de argentinos es una expresión de cercanía o confianza, para alguien ajeno a esa cultura puede resultar extraño o incluso ofensivo.
Fue precisamente ese choque de códigos el que quedó expuesto durante el Mundial 2026, cuando distintos episodios protagonizados por hinchas argentinos y expresiones habituales del habla cotidiana comenzaron a ser interpretados desde parámetros culturales muy diferentes, especialmente en Estados Unidos y Europa. Y se potenciar por los comentarios, muchos de ellos desacertados, de famosos que terminaron pidiendo disculpas por sus dichos.
LA CULTURA DEL APODO
Los argentinos tenemos una particular inclinación por bautizar a las personas con sobrenombres. Algunos nacen de una característica física; otros, de un apellido, una nacionalidad, una anécdota o simplemente una ocurrencia. Con el paso del tiempo, sin embargo, esos apodos suelen perder su significado original y terminan funcionando como una marca de identidad.
Así conviven el Negro, el Gordo, el Flaco, el Chino, el Turco, el Gallego, el Ruso, el Colo o el Petiso, entre tantos otros. En la mayoría de los casos, quienes los reciben no solo no los rechazan, sino que los incorporan como parte de su identidad cotidiana. Muchos incluso son más conocidos por su apodo que por su nombre.
CUANDO UNA MISMA PALABRA SIGNIFICA COSAS DISTINTAS
El problema aparece cuando esos códigos locales son observados desde otras sociedades con historias muy diferentes.
En Estados Unidos, por ejemplo, determinadas palabras vinculadas al color de piel están atravesadas por siglos de esclavitud, segregación racial y luchas por los derechos civiles. Esa historia explica que ciertas expresiones tengan una carga completamente distinta a la que poseen en la Argentina.
El historiador Ezequiel Adamovsky sostiene que el debate no puede reducirse al uso de determinadas palabras y advierte que la historia argentina siguió un recorrido muy diferente al de otros países, por lo que analizarla exclusivamente con categorías importadas conduce a interpretaciones incompletas.
EL MUNDIAL AMPLIFICÓ EL DEBATE
La discusión escaló durante la Copa del Mundo a partir de videos virales, publicaciones en redes sociales y declaraciones de figuras internacionales que instalaron la idea de una Argentina especialmente racista.
Sin embargo, incluso algunas de las voces más críticas matizaron luego esa mirada. El periodista Ishaan Tharoor, autor de una de las columnas más comentadas del torneo (“No lloraré por ti, Argentina” en la que expuso su desenamoramiento con la selección nacional tras haber sido un gran admirador, que generó fuertes críticas de hinchas argentinos en redes sociales), reconoció que nunca imaginó la repercusión que tendría su texto publicado en The New Yorker, admitió que desconocía muchos de los códigos culturales argentinos y sostuvo que "es absurdo pensar que un país pueda ser categóricamente racista". También afirmó que no cree que haya existido una campaña organizada contra la Argentina, aunque sí percibió un fuerte sentimiento antiargentino durante el Mundial.
COMPRENDER ANTES DE JUZGAR
Que los argentinos llamen "Negro", "Gordo", "Flaco", "Chino" o "Gallego" a un amigo no significa que en el país no exista discriminación ni que el racismo sea un problema inexistente. Significa, simplemente, que esas palabras forman parte de un sistema de códigos propio, construido durante generaciones y profundamente arraigado en la cultura popular.
Como ocurre con cualquier idioma, el significado de una palabra depende del contexto, de quién la dice, a quién se dirige y con qué intención. Entender esa cultura del apodo no implica negar que existan expresiones discriminatorias cuando hay voluntad de ofender, sino reconocer que, en la Argentina, millones de personas utilizan esos sobrenombres todos los días como una forma de cercanía, confianza o afecto. Ese matiz, invisible para muchos observadores extranjeros, es el que ayuda a explicar por qué una misma palabra puede despertar interpretaciones tan diferentes a uno y otro lado del mundo.
SUSCRIBITE a esta promo especial