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El “fuego amigo” contra Manuel Adorni: Victoria Villarruel y Patricia Bullrich

La foto que posteó ayer Karina Milei para mostrar unidad /X

Por Carlos Barolo

En la política argentina, las “crisis judiciales” suelen funcionar como reactivos químicos: no crean las divisiones, pero las vuelven visibles de inmediato. La tormenta que hoy envuelve al jefe de Gabinete de la Nación, Manuel Adorni, a raíz de la investigación por presunto enriquecimiento ilícito y las demoras e inconsistencias en sus declaraciones juradas, es el escenario donde se dirime una batalla subterránea en el oficialismo.

Mientras el presidente Javier Milei y quizás ahora en menor medida la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei, sostienen a Adorni bajo el manto de la “lealtad incondicional”, dos figuras centrales del esquema gubernamental decidieron romper la “pax libertaria”: la vicepresidenta Victoria Villarruel y la ministra de Seguridad (y jefa del bloque de senadores oficiales) Patricia Bullrich. Para el jefe de ministros, los enemigos más peligrosos también están muy cerca del poder.

La ruptura explícita y el factor de la “vergüenza”

La distancia entre Victoria Villarruel y el núcleo duro de la Casa Rosada está claro que no es nueva, pero el “caso Adorni” parece permitirle a la Vicepresidenta dar un salto cualitativo en su estrategia de diferenciación. Ya no se limita a marcar disidencias institucionales; ahora impugna la ética del entorno presidencial.

Tras las explicaciones televisivas de Adorni sobre sus ahorros en criptomonedas y dólares “bajo el colchón”, la presidenta provisional del Senado fue categórica en las redes sociales al calificar el accionar y los argumentos del jefe de Gabinete como “una vergüenza”. Semanas antes, ya había picado en punta al presionar públicamente con un seco: “Estamos esperando todos la declaración jurada de Adorni”.

Para Villarruel, fustigar a Adorni cumpliría un doble propósito: hacer pie en la bandera de la transparencia, posicionando como una garante republicana frente a las desprolijidades del ala “twittera” y de gestión de la Casa Rosada. E intentar marcarle la cancha a Santiago Caputo y Karina Milei. Es que atacar a Adorni es, por elevación, golpear a los arquitectos del rumbo oficial que sistemáticamente intentaron esmerilar su poder en el Senado y dentro del gobierno libertario.

La “omisión ética” y la defensa del capital político

Si lo de Villarruel puede leerse bajo la lente de una interna que ya no tiene retorno, el posicionamiento de Patricia Bullrich es quizás el que más preocupa en los despachos de Balcarce 50. La ministra de Seguridad y jefa del bloque de senadores de LLA cruzó con dureza al jefe de Gabinete tras sus recientes justificaciones patrimoniales, definiendo el episodio como “más que un error, una omisión ética”.

La reacción de Bullrich responde a una lógica de supervivencia política y de preservación de la marca de gestión. La ministra sabe que el principal activo del Gobierno ante su electorado es la diferenciación respecto de los vicios de la “vieja política”. El crecimiento patrimonial no justificado de un funcionario de primera línea amenaza con “empantanar” la narrativa anticasta del oficialismo.

Quedó de nuevo al descubierto las fracturas expuestas en la cima del poder libertario

Al exigirle a Adorni transparencia inmediata, Bullrich buscó dos cosas: por un lado, evitar el costo por arrastre y así impedir que el escándalo desgaste las áreas de gestión que muestran resultados concretos, como la agenda de Seguridad.

Por el otro, exhibir autonomía frente a los “puros”. Desafiar la directiva de la Casa Rosada, que exigía abroquelarse detrás del jefe de Gabinete y culpar al “periodismo y las operaciones”. El propio Javier Milei llegó a reprocharle públicamente a Bullrich haber “spoileado” la estrategia de defensa del Gobierno.

El “Triángulo de Hierro” ante su propio espejo

Por el momento, Adorni resiste en el cargo porque cuenta con el único aval que verdaderamente define las permanencias en este Gobierno: el de los hermanos Milei. Desde el entorno del jefe de Gabinete repiten el mantra de que “no lo van a apurar ni Bullrich ni Villarruel”, apostando a que el ruido judicial se disipe en los tribunales y que el foco de la opinión pública se traslade a la agenda económica.

Sin embargo, el daño reputacional hacia el interior de las fuerzas oficiales es innegable. La causa por enriquecimiento ilícito del jefe de Gabinete se transformó en la cuña que fracturó la monolítica defensa discursiva del Gobierno. Con Villarruel y Bullrich jugando de “límites internos”, el oficialismo descubre que el examen más difícil de aprobar quizás no se lo toma la oposición parlamentaria, sino las contradicciones de su propia pureza.

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