Este fenómeno -que los economistas suelen describir como una “economía de dos velocidades” o una “recuperación partida”- es una de las características más salientes de la coyuntura argentina. A grandes rasgos, se explica porque los motores que están empujando hacia arriba los números generales de la actividad económica no son los mismos que definen la capacidad de gasto diaria de la gente.
El repunte de la actividad económica (reflejado en las mejoras interanuales del EMAE del INDEC) está fuertemente traccionado por sectores específicos como la agricultura, la explotación de minas y canteras (Vaca Muerta y litio) y la energía, que mueven miles de millones de dólares, generan divisas y empujan con fuerza el Producto Interno Bruto (PIB).
Sin embargo, son industrias que emplean a un porcentaje relativamente bajo de la población en comparación con el comercio o la industria manufacturera. Por lo tanto, los dólares que ingresan por ahí no se derraman de forma inmediata ni masiva en los bolsillos de las personas de a pie.
Mientras, para que el consumo crezca, los salarios tienen que ganarle por un margen cómodo a la inflación.
Si bien la inflación general ha mostrado una tendencia a la baja, el poder adquisitivo se encuentra en un proceso de recomposición muy gradual. Los hogares enfrentan un fuerte reacomodamiento de precios relativos (fuertes aumentos en tarifas de luz, gas, agua, transporte, salud y alquileres). Al destinar una porción mucho mayor de los ingresos fijos a pagar estos servicios esenciales regulados, queda menos dinero disponible (ingreso disponible) para el consumo de bienes de consumo masivo, alimentos y productos durables.
Conclusión: la economía crece “hacia afuera” y en sectores estratégicos de alta inversión, pero el consumo interno sigue frío porque el bolsillo de la mayoría de los trabajadores todavía está absorbiendo el costo de las nuevas tarifas y el reordenamiento de precios.
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