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Un cuento chino, capítulo 2027: negociar la renovación del swap, otro objetivo del gobierno de Milei

Por Redacción

Durante la campaña presidencial, Javier Milei fue categórico. Definió a China como un país comunista, aseguró que no promovería relaciones con gobiernos de ese signo político y sostuvo que los acuerdos comerciales debían quedar exclusivamente en manos de los privados. Parecía el anticipo de un enfriamiento histórico entre Buenos Aires y Beijing.

Sin embargo, una vez llegado a la Casa Rosada, la realidad económica argentina le presentó una paradoja difícil de esquivar. Mientras el Presidente profundizaba su alineamiento político con Estados Unidos y Occidente, uno de los pilares silenciosos de la estabilidad financiera seguía dependiendo de China: el swap de monedas firmado entre los bancos centrales de ambos países. 

Están en juego unos US$19.000 millones (aproximadamente 130.000 millones de yuanes, la moneda real de la deuda), de uno de los instrumentos más útiles y efectivos que tiene hoy el país en su caja de herramientas.

Según el último informe del BCRA a fines de 2024 quedaban utilizados unos US$3.100 millones, al cierre de 2025 el saldo había bajado a unos US$1.030 millones y en enero de 2026 restaban aproximadamente US$675-680 millones por cancelar; lo que implica que el actual Gobierno ya repagó más del 80% del tramo efectivamente utilizado. 

Pocas herramientas financieras generan tanta discusión y, al mismo tiempo, tanto hermetismo. El swap nació en 2009 como un acuerdo de intercambio de monedas entre el Banco Central argentino y el Banco Popular de China. Con sucesivas renovaciones y ampliaciones, terminó convirtiéndose en una de las principales fuentes de respaldo para las reservas argentinas. 

La particularidad del mecanismo es que aparece poco en los discursos políticos, pero mucho en las planillas de los economistas. Cuando escasean los dólares, el swap suele emerger como una red de contención. No resuelve los problemas estructurales de la economía argentina, pero ayuda a evitar situaciones de mayor tensión financiera. 

Analistas, funcionarios extranjeros y hasta usuarios de redes sociales señalaron que el swap se transformó en un ejemplo concreto de cómo la gestión económica suele imponer condiciones más fuertes que los posicionamientos ideológicos. 

De hecho, el acuerdo quedó atrapado en una disputa geopolítica mucho más amplia. Mientras Estados Unidos cuestionó públicamente la influencia financiera china en América Latina, Beijing defendió el mecanismo como una herramienta de cooperación bilateral. Argentina quedó en el medio, necesitada de mantener abiertos ambos canales de financiamiento.

La historia del swap revela una constante de la política argentina. Los gobiernos cambian, los discursos también. Pasaron administraciones kirchneristas, macristas, peronistas y libertarias. Pero el acuerdo con China sobrevivió a todas ellas.

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