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Juan Solá y el acceso a la literatura

El escritor entrerriano, autor de Microalmas y Naranjo en flúo y hoy protagonista de su propio unipersonal Invisible, habló sobre el rol social de los libros y el peso de la clase en el mundo literario

Para el autor Juan Solá, la literatura es una “herramienta”

nnardini@eldia.com

Llega a La Plata para compartir charla, comida y copas en Atracón literario. Viene directo de dar clases en la cárcel de Devoto. “Es un espacio muy movilizante, donde las personas se están encontrando, a lo mejor después de muchos años, recién con sus primeras letras, con sus primeros textos”, me cuenta.

Apenas nos sentamos, Juan Solá arranca con una incomodidad. No es la industria editorial la que lo desvela -o quizás un poco-, ni el mercado, ni siquiera la costumbre extendida de repetir que “los chicos ya no leen”. Esa frase, dice, funciona como un lavado de manos: culpa a la infancia por no acercarse a un mundo que los propios adultos construyeron de difícil acceso. “Somos nosotros, los adultos, quienes construimos un mundo totalmente inaccesible para ellos en cuanto a la literatura”, plantea, y agrega que hay chicos que llegan a la escuela sin comer, o que deben trabajar en sus casas. Antes de preguntarse por el vínculo entre un niño y un libro, sostiene, hay que preguntarse por todo lo que ese niño tuvo que atravesar antes de llegar al aula.

¿QUÉ PUEDE LA LITERATURA?

“La pienso como una herramienta”, me contesta. Un espacio, continúa, para poder decir lo que a uno le pasa, para armarse de valor. Y agrega una idea que funciona como límite y como expectativa a la vez: “La literatura no va a salvar al mundo; al mundo lo va a salvar el pueblo organizado, pero la literatura es una gran herramienta para que la gente se organice. Hay que dejar de exigirle más a los libros que a los gobiernos”.

UNA MARCA DE CLASE

De ahí en más, la charla gira alrededor de una idea: la literatura, cuando se convierte en un manejo de códigos que solo algunos entienden, deja de cumplir su función y empieza a expulsar. “Hay una enorme posibilidad en el decir; pero la trampa está en construir un discurso accesible”, me contesta. “Que la dificultad en la comprensión o en el acceso a la terminología de un texto no signifique una marca de clase, sino una oportunidad de apropiarse del lenguaje de manera más completa”, dice. Y va más allá: sospecha más de “quienes usan la literatura como un mecanismo clasista” —a veces grandes autores, otras editores o programadores de ferias— que de cualquier lector que abandona un libro difícil. Prefiere “escribir un poquito menos bien, si se me permite la construcción, pero con un poco más de corazón”.

Con Borges, autor al que admira sin reservas, la vara es la misma. Su obra, dice, se convirtió en una puerta con llave: “si no te dan el código, si no te explican, si no te muestran, no entrás”. El problema, aclara enseguida, no es Borges. Es la mirada de quienes deciden explicar, o de quienes deciden que no hace falta hacerlo.

En esa misma línea de buscar voces vivas y cercanas, me confiesa entre risas que se siente el “presidente del club de fans” de autoras contemporáneas como Alejandra Kamiya, Selva Almada y Gabriela Cabezón Cámara. Para él, ellas representan el ejemplo perfecto de una literatura profunda y conmovedora que logra perdurar sin aislarse de la comunidad. Al sumar su fascinación por releer a Alejandra Pizarnik, encuentra en estas referentes una palabra capaz de habitar la posteridad sin perder jamás ese contacto humano que él tanto defiende.

ESCRIBIR CON EL CUERPO, ENSEÑAR CON LAS MANOS

Juan se define lejos de la “mirada academicista” y cerca de una tradición de escritores laburadores de la letra: nada de miradas románticas. “Con la literatura me puedo pagar el alquiler”, suelta arltianamente. Como trabajo, como oficio, dice, “obreros de la literatura, total”.

Esa misma fuerza la pone en práctica él mismo, cada semana, en la escuela primaria de la cárcel de Devoto, donde da clases a adultos que recién ahora, muchas veces después de décadas, se encuentran con sus primeras letras. “Los resultados son magníficos”, cuenta, “porque pasamos de esa cosa de estar retraído, encerrado, asustado, al entendimiento de que las historias que escondemos por vergüenza o por miedo se repiten en otros hogares, en otras latitudes, y tienen más en común con nosotros de lo que pensamos”.

CÓMO SE LLEGA A LEER

Solá también se detiene en su propia formación de lector y ahí aparece otra vuelta de tuerca sobre la idea de clase y acceso. Cuenta que sus primeras lecturas fuertes fueron las que le dieron en la escuela y que durante un tiempo asumió que la poesía debía sonar a lo Pablo Neruda, de esa manera solemne. El desvío llegó después, con Alejandra Pizarnik: “Ah, pero esto también se puede hacer”, pensó. Y otra vez con Antonio Porchia, el aforista de Rosario: “Mirá qué cortito como escribe, esto también se puede hacer”. Lo resume así: “Es un juego donde todas las reglas son válidas en la literatura, pero después tenemos unos buenos árbitros en la cancha que te dicen esto sí, esto no”. No le molesta que existan esos árbitros, aclara, siempre y cuando el criterio no se convierta en un mecanismo de exclusión.

INVISIBLE, O LO QUE QUEDA CUANDO ALGO TERMINA

Ese interés por las voces que no encuentran lugar también atraviesa “Invisible”, el libro que Solá protagoniza como unipersonal teatral: una sola persona en escena, él mismo, poniendo el cuerpo. Ahí reconstruye la historia de un hombre que llega a un departamento vacío a juntar sus cosas después de una ruptura, y en ese ordenar objetos termina desarmando —y contando— una historia de salud mental, vínculos familiares y secretos, sobre las voces que la velocidad del mundo deja atrás. “No todos sentimos y experimentamos el mundo a la misma velocidad”, me dice sobre el impulso que lo llevó a escribirlo. “Yo soy de los que se quedan a esperar que pasen todos”.

Esa misma nostalgia por lo que tarda, por lo analógico, vuelve cuando habla de las pantallas: “Antes ibas a la casa de alguien y sacaba una caja llena de fotos para mirar. Eso ya no existe, se perdió. Y en esa pérdida sacrificamos otras cosas que tienen que ver con la comunicación, con el diálogo”. Es, dice, lo que le gustaría recuperar con su trabajo.

“Somos nosotros, los adultos, quienes construimos un mundo totalmente inaccesible para ellos en cuanto a la literatura”

UNA CASA EN LA PLATA

Solá cuenta algo que no suele contar: hace un tiempo compró un terreno en La Plata, con la idea de construir ahí, algún día, una casa. La ciudad lo sedujo hace años, en una visita al Hipódromo. “Llego a La Plata y se siente como llegar a una casa”, dice, y se entusiasma hablando de la escena local de fanzines, que le interesa más que cualquier lista de autores “prometedores”. Ahí, en esos formatos chicos y autogestionados, encuentra hoy la literatura que más le importa: la que no necesita pedir permiso para existir.

Juan Solá nació en La Paz, Entre Ríos, en 1989 y se formó como escritor y guionista en Buenos Aires. Publicó, entre otros títulos, “Naranjo en flúo” —que se lee en las escuelas—, “Microalmas”, “La Chaco”, “Ñeri”, “Épica urbana”, “Galaxia”, “Esquelas”, “Los amores urgentes”, “La parte honda del río” e “Invisible”, que hoy presenta también en formato de unipersonal teatral, con él mismo en escena.

Invisible

Juan Solá

Editorial: EDICIONES B

Páginas: 144

Precio: $19.999

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