La propia historia del autor ofrece, además, un detalle interesante para pensar la relación entre educación y lectura.
Su formación escolar fue escasa. De joven trabajó como mensajero, vendedor de tabaco y pasante de un notario. Más tarde llegó a París, comenzó a trabajar como escribiente y continuó completando su formación de manera autodidacta.
No se trata de convertir esa biografía en una moraleja ni de sugerir que la educación no importa. Es otra cosa: Dumas construyó buena parte de su relación con la cultura a partir de la curiosidad y del contacto con historias, teatro y escritura.
Su primer viaje a París estuvo marcado por la fascinación por la ciudad y por el teatro. Después comenzó a escribir y encontró rápidamente un público.
Esa relación directa con el público ayuda a explicar algo de su literatura. Dumas quería ser leído. Sus novelas no están construidas desde la distancia de quien escribe para demostrar cuánto sabe, sino desde la necesidad de mantener al lector dentro de la historia.
También contó con colaboradores, entre ellos Auguste Maquet, que investigó el trasfondo histórico de algunas de sus novelas. Dumas tomaba ese material y le daba forma narrativa. En “Los tres mosqueteros”, esa combinación entre investigación y narración terminó convirtiendo a un personaje histórico en una figura que terminó siendo mucho más conocida que el hombre que la inspiró.
Es una de las grandes paradojas de la literatura: el personaje inventado puede sobrevivir al personaje real.
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