Durante décadas, llegar a los 30 años parecía representar una especie de frontera simbólica. Tener trabajo estable, vivienda propia o alquilada, una pareja consolidada e incluso hijos formaban parte de una secuencia casi esperada en el ingreso definitivo a la adultez. Sin embargo, para gran parte de los jóvenes de hoy, esa hoja de ruta perdió vigencia.
La denominada “crisis de los 30” aparece cada vez con más frecuencia en conversaciones cotidianas, consultorios profesionales y redes sociales. Detrás de ese concepto se mezclan preguntas sobre el futuro, incertidumbres laborales, dificultades económicas y la sensación de no haber alcanzado determinadas metas en los tiempos socialmente esperados.
Pero, ¿se trata realmente de una crisis generacional o de un cambio más profundo en la manera de transitar la adultez?
Para el sociólogo y politólogo Rubén Cortez, la primera clave consiste en abandonar las generalizaciones. “Cuando hablamos de jóvenes, hablamos en plural”, señaló en diálogo con EL DIA. Y esa aclaración no es menor. Dentro de la franja que va aproximadamente de los 25 a los 35 años conviven trayectorias muy diferentes: algunos lograron completar estudios universitarios y cuentan con cierta estabilidad laboral; otros continúan buscando insertarse en un mercado de trabajo cada vez más complejo y cambiante.
“Son generaciones que crecieron atravesadas por distintas crisis económicas y sociales. Muchos de ellos vivieron siendo niños o adolescentes el impacto de la crisis de 2001 y después atravesaron otros períodos de inestabilidad”, explicó Cortez.
Esa experiencia acumulada ayuda a entender por qué la incertidumbre aparece como un rasgo común. No necesariamente porque todos compartan las mismas condiciones materiales, sino porque crecieron en un contexto donde las certezas se volvieron escasas.
CIFRAS
Los datos conocidos en los últimos meses parecen confirmar ese escenario. Un informe de Argentinos por la Educación reveló que más de la mitad de los adolescentes argentinos de 15 años no logra imaginar con claridad qué trabajo tendrá a los 30. El porcentaje pasó del 22% en 2018 al 52% en 2022, una cifra que encendió alarmas entre especialistas en educación y empleo.
La dificultad para proyectarse no surge únicamente de una falta de vocación. Los investigadores sostienen que refleja la transformación acelerada del mundo laboral, la irrupción de nuevas tecnologías y la percepción de que las trayectorias profesionales ya no son lineales ni previsibles.
Esa incertidumbre adolescente encuentra continuidad años después. Cuando llegan a los 30, muchos jóvenes descubren que objetivos considerados tradicionales siguen resultando difíciles de alcanzar.
Uno de los ejemplos más visibles es el acceso a la vivienda. Según un informe de la Fundación Tejido Urbano, el 38,3% de los argentinos de entre 25 y 35 años continúa viviendo con sus padres. La cifra equivale a casi dos millones de personas y se mantiene relativamente estable desde hace una década.
Detrás de esa realidad aparecen salarios que no acompañan el costo de vida, alquileres cada vez más elevados y procesos de inserción laboral más lentos que en generaciones anteriores. De hecho, el propio informe señala que muchos jóvenes llegan a los 30 años ocupando puestos que hace dos décadas eran habituales para personas de 20.
“Hoy es mucho más complejo insertarse en el campo laboral durante los 20 años”, observó Cortez. Y agregó que, aunque la situación suele mejorar al ingresar a la década de los 30, las dificultades persisten: “Muchos logran insertarse más adelante, pero aun así sigue siendo complicado”.
En ese contexto, las comparaciones suelen jugar un papel central. Las redes sociales amplifican modelos de éxito asociados a logros rápidos, estabilidad económica o vidas aparentemente resueltas. Mientras tanto, la realidad cotidiana muestra recorridos mucho más diversos y menos lineales.
Las redes sociales exhiben modelos de éxito asociados a logros rápidos y vidas resueltas
La sensación de estar “llegando tarde” a ciertos objetivos se vuelve entonces una experiencia frecuente. No porque exista un calendario universal para la adultez, sino porque sobreviven expectativas sociales construidas en otro contexto histórico.
Para los especialistas, gran parte del malestar surge precisamente de esa distancia entre lo que una persona cree que debería haber alcanzado a determinada edad y las condiciones concretas en las que desarrolla su vida.
Lejos de constituir un diagnóstico clínico, la llamada crisis de los 30 puede interpretarse como un momento de revisión. Una etapa en la que se ponen en discusión decisiones laborales, proyectos personales, vínculos afectivos y expectativas construidas durante años. En una generación marcada por la incertidumbre económica, la prolongación de los estudios y los cambios permanentes del mercado laboral, crecer ya no significa recorrer un camino preestablecido, sino aprender a construir uno propio en medio de un escenario que cambia constantemente.
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