Está a pocas semanas de cumplir 30 años y reconoce que la proximidad de esa fecha lo llevó a detenerse y revisar su recorrido. Vive solo, trabaja de manera remota en el sector tecnológico y siente que la incertidumbre laboral es uno de los principales desafíos de su generación.
Para él, la crisis de los 30 tiene que ver con despedirse de cierta flexibilidad propia de los veinte. “Antes parecía que había más margen para equivocarse. Ahora las decisiones se sienten más importantes”, explica.
Durante mucho tiempo imaginó que a esta edad tendría casa propia, una situación económica consolidada y quizás una familia formada. Sin embargo, entiende que las condiciones actuales son muy distintas a las que tuvieron sus padres. “No siento que me haya quedado atrás. Veo que cada uno llega a distintas cosas en tiempos diferentes”.
Las redes sociales también influyeron en su experiencia. Durante años le generaron ansiedad y frustración al exponerlo constantemente a los logros de otras personas. Por eso decidió reducir drásticamente su uso. El cambio, asegura, tuvo un impacto positivo en su bienestar cotidiano.
Su mayor preocupación está vinculada al futuro del trabajo y a los cambios que genera la inteligencia artificial. Aun así, eligió responder a esa incertidumbre con formación permanente. Volvió a estudiar, inició un posgrado y comenzó a aprender piano, algo que siempre había postergado.
“De chico pensaba que a los 30 ya era tarde para aprender ciertas cosas. Hoy me doy cuenta de que no es así”, reflexiona. Y concluye con una idea que resume su mirada sobre esta etapa: “Hay que dejar de mirar lo que no hicimos y aprovechar más el presente que tenemos”.
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