Tiene poco más de 30 años, trabajo estable, una vivienda propia y convive con su pareja. Sin embargo, asegura que eso no lo exime de atravesar los cuestionamientos característicos de esta etapa. Para él, la llamada crisis de los 30 aparece cuando una persona compara su presente con las expectativas que había construido años atrás.
“Uno se empieza a evaluar en función de cómo imaginaba que iba a estar a esta edad”, resume. De adolescente observaba a quienes tenían 30 años como adultos con la vida encaminada. Creía que para entonces tendría definidas cuestiones familiares, laborales y personales que hoy todavía generan dudas.
Reconoce que la sensación aparece y desaparece según los momentos, pero que siempre está latente. “No es algo puntual, sino un conjunto de situaciones que te llevan a preguntarte dónde estás parado y hacia dónde querés ir”.
Las redes sociales ocupan un lugar importante en esa experiencia. La comparación constante con los logros ajenos -amigos que tienen hijos, compran una casa o avanzan profesionalmente- suele generar ansiedad y la sensación de estar llegando tarde. “A veces ves todo lo que hacen los demás y sentís que vos te quedaste quieto, aunque objetivamente también hayas logrado cosas importantes”.
Aun así, encuentra un aspecto positivo en el proceso. Considera que cuestionarse es una forma de mantenerse activo y evitar vivir en piloto automático. “Significa que nos un ‘zombie’, pero también te obliga a pensar qué querés para tu vida y si el camino que estás recorriendo realmente te representa”.
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