Entrenar de manera regular es una de las recomendaciones más repetidas por los profesionales de la salud. Mejora la condición física, reduce el riesgo de enfermedades, ayuda a prevenir el estrés y favorece el bienestar emocional. Sin embargo, detrás del auge del fitness y de la creciente preocupación por llevar una vida saludable también aparece un fenómeno que cada vez preocupa más a quienes trabajan con deportistas y personas que hacen actividad física: la obsesión por entrenar.
La diferencia parece sutil, pero es profunda. Una persona disciplinada organiza su rutina para incorporar el ejercicio como un hábito saludable. En cambio, quien desarrolla una relación compulsiva con el deporte deja de elegir cuándo y cómo entrenar. La actividad física pasa a ocupar el centro de su vida, condiciona decisiones cotidianas, modifica vínculos y hasta puede llevarla a ignorar el dolor, el cansancio o las lesiones con tal de no perder una sesión.
Las redes sociales alimentan esa lógica. Videos de rutinas extremas, desafíos de miles de pasos diarios, cuerpos considerados “perfectos” y mensajes que exaltan el sacrificio permanente construyen una idea peligrosa: que descansar es fracasar y que el esfuerzo nunca alcanza. Bajo esa premisa aparecen frases como “no pain, no gain” (”sin dolor no hay resultados”), que terminan naturalizando prácticas poco saludables.
Aunque todavía no existe un diagnóstico formal para la adicción al ejercicio, investigaciones internacionales advierten que cuando el entrenamiento deja de ser una herramienta para mejorar la calidad de vida y se convierte en una obligación aparecen consecuencias físicas, emocionales y sociales. Lesiones recurrentes, agotamiento, ansiedad, culpa por no entrenar, aislamiento y una autoestima ligada exclusivamente al rendimiento son algunas de las señales de alarma.
Para entender cómo se construye esta problemática y cuáles son sus riesgos, EL DÍA consultó a especialistas de distintas disciplinas. La kinesióloga Sofía Benvenaste y el profesor de Educación Física Lucas Pisani coinciden en que el problema no está en entrenar mucho, sino en perder la capacidad de escuchar al propio cuerpo y adaptar la actividad física a las necesidades de cada persona.
Asimismo, un nutricionista local -que prefirió ocultar su nombre por cuestiones laborales- expresó que muchos de los deportistas con los que trabaja evidenciaron una clara obsesión con contar las calorías de los alimentos.
Lesiones recurrentes, agotamiento, ansiedad, culpa por no entrenar, aislamiento y una autoestima ligada al rendimiento son algunas de las señales de alarma
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