El punto de partida es el sistema de recompensa cerebral. La actividad sexual activa naturalmente los circuitos relacionados con el placer y la motivación. La cocaína, por su parte, modifica el funcionamiento de la dopamina y favorece una acumulación extraordinaria de este neurotransmisor en el sistema de recompensa.
Cuando ambas experiencias se combinan repetidamente, sostiene la hipótesis, se genera una asociación particularmente intensa. El cerebro registra aquel momento como una experiencia de placer excepcional y construye una memoria de recompensa.
A esto se suma la acción de la cocaína sobre los mecanismos de control. Durante el consumo disminuye la actividad de la corteza prefrontal, relacionada, entre otras funciones, con el control de los impulsos y la evaluación de consecuencias. Así, determinadas fantasías pueden pasar a la acción y experiencias que en sobriedad parecían imposibles pueden concretarse.
Queda entonces una doble marca: una biológica, relacionada con el sistema de recompensa, y otra subjetiva, vinculada con lo que la persona experimentó y se permitió hacer. El problema puede aparecer meses después.
En sobriedad, una situación sexual normal puede activar aquella memoria. El paciente siente excitación, pero el placer no alcanza el nivel que recuerda. La diferencia puede generar frustración y, sobre todo, la sensación de que existe algo que se perdió. Ahí puede aparecer el deseo de volver a consumir. “Lo que corre el eje es que la recaída no está motivada por la búsqueda de la sustancia, sino por la búsqueda del placer que la persona había experimentado con la sustancia”, explica Luengo.
Eso modifica la lectura clínica. El disparador no sería necesariamente un momento de sufrimiento. Podría ser, justamente, un momento de deseo. Y esa diferencia resulta especialmente compleja porque la sexualidad no puede eliminarse de una vida saludable. No se trata de evitarla, sino de aprender a separarla de la experiencia de consumo.
SUSCRIBITE a esta promo especial