La soledad no siempre significa estar físicamente solo. También puede aparecer cuando existen dificultades para construir y sostener vínculos afectivos. En el consultorio, la psicóloga Diana Bonsignore observa situaciones de aislamiento que, según explica en diálogo con EL DIA, no se limitan a las parejas: también alcanzan las relaciones de amistad.
Su lectura parte de una transformación en la manera de entender la independencia y el compromiso. Durante un tiempo, señala, cobró fuerza el deseo de ser libre, no depender de los demás y evitar compromisos. Pero esa búsqueda también puede terminar generando aislamiento.
“Lo que se está sufriendo es la falta de contacto, la soledad, el aislamiento”, sostiene Bonsignore. Y aclara que no se trata solamente de una cuestión vinculada con las relaciones de pareja, sino también con los vínculos de amistad y las que se desarrollan dentro de la familia.
A ese proceso le suma otro elemento: las experiencias que provocaron decepción o sufrimiento. Para algunas personas, el temor a atravesar nuevamente una situación dolorosa puede convertirse en una forma de protección. Alejarse, evitar el compromiso o mantener cierta distancia aparece entonces como una manera de reducir la posibilidad de volver a sufrir.
“Lo que veo, hoy en día, que más se está sufriendo es la falta de contacto, la soledad, el aislamiento”
Diana Bonsignore,
psicóloga
LA PARADOJA DE ESTAR COMUNICADOS
Bonsignore también observa un papel de las nuevas formas de comunicación. WhatsApp y las distintas redes sociales, plantea, ayudaron a instalar maneras de estar en contacto que, al mismo tiempo, pueden favorecer una forma de estar más centrada en uno mismo.
No plantea que la tecnología explique por sí sola el aislamiento. En su mirada, se suma a otros cambios en la forma de relacionarse y a la búsqueda de una mayor independencia.
Algo similar observa dentro de las familias. La especialista recuerda las críticas que durante años recibió el modelo de familia “aglutinada”, caracterizado por vínculos muy estrechos y una fuerte cercanía entre sus integrantes. Esa estructura comenzó a modificarse, pero, según su interpretación, la alternativa no necesariamente produjo relaciones más satisfactorias. La cuestión, para ella, está en encontrar un punto intermedio entre esos dos extremos.
ADULTOS JÓVENES
La situación, según Bonsignore, aparece especialmente entre los adultos jóvenes, alrededor de los 30 años. También señala que los adolescentes pueden atravesar dificultades similares, aunque muchas veces no las comunican.
El aislamiento puede tener consecuencias sobre la vida afectiva y social, pero la psicóloga observa que cuando ese proceso se rompe y aparece un vínculo comprometido, también puede producirse un cambio significativo.
Describe entonces una sensación de entusiasmo y alegría similar a la del enamoramiento inicial. La persona puede experimentar una sensación de completitud a partir de haber conseguido establecer una relación afectiva con otro.
Para Bonsignore, esa sensación de estar completo no debe entenderse literalmente, sino como una ilusión asociada con el encuentro y el compromiso. Frente a este escenario, plantea que el camino no estaría en regresar a las formas anteriores de vinculación ni tampoco en profundizar el aislamiento. Su propuesta apunta a un punto medio: poder mantener la autonomía sin convertirla en una barrera frente a los demás.
En ese proceso, considera importante el conocimiento de uno mismo. También la confianza personal para atravesar las decepciones sin que cada experiencia negativa termine llevando nuevamente al aislamiento.
La posibilidad de vincularse, desde esta perspectiva, no supone eliminar el riesgo de sufrir. Implica poder establecer contacto con otros sin que el temor a una nueva decepción determine por completo la manera de relacionarse.
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