Durante buena parte de la historia europea, el matrimonio de un príncipe o una princesa no era una decisión personal sino un asunto de Estado. Las uniones se negociaban entre casas reales para sellar alianzas, asegurar la paz o fortalecer vínculos diplomáticos. El amor, si aparecía, era un elemento secundario. Pero el ingreso de los herederos al sistema universitario modificó esa lógica de una manera impensada: por primera vez, muchos comenzaron a convivir con jóvenes ajenos a la aristocracia y a elegir pareja fuera de los círculos tradicionales.
El caso más emblemático es el del príncipe Guillermo de Gales. En 2001 ingresó a la Universidad de St Andrews, en Escocia, para estudiar Historia del Arte, carrera que luego cambió por Geografía. Allí conoció a Catherine Middleton, una compañera de estudios proveniente de una familia de clase media acomodada, sin títulos nobiliarios. Compartieron clases, residencias universitarias y un mismo grupo de amigos. Tras algunos años de noviazgo, contrajeron matrimonio en 2011 y hoy son los príncipes de Gales y futuros soberanos del Reino Unido.
La historia tuvo un efecto inesperado en la propia universidad. Durante aquellos años aumentó el número de postulantes y la prensa británica llegó a bautizar el fenómeno como el de las jóvenes que soñaban con “atrapar a un príncipe”. Más allá del mito, la relación entre Guillermo y Kate marcó un cambio de época: la futura reina consorte ya no había sido elegida en un salón de palacio, sino en un campus universitario.
Las nuevas generaciones de la realeza siguieron ese camino. La princesa Amalia de los Países Bajos cursó la licenciatura en Política, Psicología, Derecho y Economía (PPLE) en la Universidad de Ámsterdam, mientras que la princesa Leonor de España comenzará sus estudios universitarios en Madrid, una vez finalizada su formación militar. La universidad pasó a ser parte natural del recorrido de quienes heredarán una corona y, con ella, también se amplió su círculo social.
No todos los romances reales nacieron en las aulas, aunque la educación también influyó en la apertura de las monarquías. El rey Felipe VI de España conoció a la periodista Letizia Ortiz en 2002, cuando coincidieron en el ámbito periodístico y social. Su boda, celebrada dos años después, simbolizó otro cambio profundo: el heredero al trono eligió como esposa a una mujer divorciada, periodista y sin origen aristocrático. Décadas antes, una decisión semejante habría resultado casi imposible.
Algo similar ocurrió en otros países europeos. La incorporación de las casas reales a ámbitos educativos abiertos, el contacto cotidiano con estudiantes de distintos orígenes y una sociedad cada vez menos rígida fueron debilitando la antigua obligación de casarse exclusivamente dentro de la nobleza.
Las coronas ya no dependen de tratados matrimoniales ni de alianzas entre dinastías. Hoy, los futuros reyes y reinas pasan años compartiendo clases, exámenes y residencias estudiantiles con miles de jóvenes. En ese escenario aprendieron que gobernar exige preparación, pero también que la elección de una pareja puede responder, simplemente, a un encuentro fortuito entre apuntes, bibliotecas y pasillos universitarios. En las monarquías del siglo XXI, la educación no solo forma a los soberanos: también cambió para siempre la manera en que comienzan muchas historias de amor.
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