El paciente no tiene por qué quedar condenado a vivir sin placer. Si una persona compara permanentemente su sexualidad sobria con aquella experiencia de intensidad extraordinaria, puede llegar a pensar que nunca volverá a disfrutar. Y esa idea puede convertirse en un problema en sí misma. El horizonte que propone el trabajo es la neuroplasticidad: la capacidad del cerebro de modificar y reorganizar sus conexiones y su funcionamiento.
La abstinencia, desde esta perspectiva, no debería pensarse solamente como privación. Es también el tiempo que necesita el sistema de recompensa para volver a adaptarse a los estímulos naturales.
Los investigadores plantean que ese proceso puede extenderse durante meses, con una ventana de recuperación que va desde las primeras semanas y puede llegar hasta aproximadamente los 14 meses. No significa que exista un plazo idéntico para todas las personas, sino un período en el que el cerebro puede ir recalibrando su sensibilidad.
El mensaje es claro: el pico artificial no vuelve, pero el placer sí puede volver.
La recuperación puede exigir un duelo por aquella experiencia que ya no será reproducida de la misma manera. Pero eso no significa renunciar al goce. El objetivo es que el paciente vuelva a encontrar satisfacción en la sexualidad sin necesitar la sustancia como amplificador.
Para Luengo, esta idea resulta fundamental: “La abstinencia para alcanzar la recuperación no es un período de privación, es el período que necesita el cerebro para poder recalibrarse”.
SUSCRIBITE a esta promo especial