Pensar en la vejez cuando se tienen 30 o 40 años puede parecer extraño. Es una etapa que suele imaginarse lejana, asociada a la jubilación, a los cambios del cuerpo o a un momento en el que supuestamente habrá más tiempo disponible. Sin embargo, para Francisco Senegaglia la vejez empieza a construirse mucho antes. No como una etapa que comienza en una edad determinada, sino como el resultado de las decisiones que cada persona toma sobre cómo quiere vivir.
El psicólogo y psicoanalista sostiene -en diálogo con EL DIA- que durante los primeros años de vida se construye buena parte de la subjetividad, a partir de la familia y del entorno. Pero alrededor de los 12 o 14 años aparece otra instancia: la posibilidad de tomar decisiones subjetivas sobre el propio destino. Desde entonces, cada persona comienza a definir dónde pone los acentos de su vida. “Cómo quiero vivir” es, para Senegaglia, una pregunta que también contiene otra: cómo quiero llegar a los últimos tiempos de mi vida.
ENTRE LOS LOGROS Y LOS AFECTOS
En ese recorrido, Senegaglia distingue dos dimensiones. Una es la que llama “lo celebratorio”: los logros, el trabajo, el dinero, el reconocimiento y la posibilidad de sostener las necesidades propias y de la familia. La otra es “lo cultual”, un concepto con el que se refiere al mundo de los afectos y a la manera en que cada persona construye sus vínculos con la pareja, los hijos, los padres, los hermanos y los amigos.
La primera dimensión no es, para él, algo que deba abandonarse. Trabajar, esforzarse, resolver problemas y garantizar condiciones materiales dignas son necesidades de la vida. El problema aparece cuando esas obligaciones ocupan todo el espacio disponible y lo afectivo queda relegado a un supuesto momento futuro en el que habrá tiempo para recuperarlo.
Ahí aparece una de las preguntas centrales de su planteo: qué cosas se están dejando para después mientras se corre detrás de otras. Senegaglia lo explica a través de situaciones sencillas: llevar a un hijo a la cancha, compartir una hamaca, cocinar con la pareja, contarle un cuento a una hija. Son momentos que pueden parecer pequeños frente a un ascenso, una compra, una meta económica o un reconocimiento profesional. Pero, según el psicólogo, son precisamente esos momentos los que adquieren otro valor cuando una persona mira hacia atrás.
La vejez, plantea, puede convertirse entonces en una instancia de revelación. Después de años de trabajar, acumular, conseguir y resolver, puede aparecer la conciencia de que algunas cosas a las que se dedicó mucho tiempo no tenían el mismo peso que se les atribuía. No porque el trabajo o los logros sean inútiles, sino porque cumplen otra función: deberían permitir una vida en la que también exista lugar para los vínculos.
Senegaglia suele llevar esa cuestión a una pregunta directa. Si una persona supiera que va a morir en poco tiempo, ¿en qué pensaría? Según cuenta, las respuestas de sus pacientes no suelen estar relacionadas con el auto, la casa, una deuda, una hipoteca o un premio pendiente de cobrar. Aparecen los nombres de una hermana, un hijo, un padre, un nieto. Aparecen los afectos.
“En la vejez puede aparecer la conciencia de que algunas cosas a las que se dedicó mucho tiempo no tenían el mismo peso que se les atribuía”
Francisco Senegaglia,
psicólogo
EL CAPITAL QUE SE CONSTRUYE CON EL TIEMPO
Ese ejercicio sirve para volver sobre una idea que atraviesa su mirada: dónde se pone el capital de una vida. “Cuidado dónde ponés tu capital”, plantea para quienes tienen 30 o 40 años. La pregunta no es si hay que elegir entre trabajar o querer, entre progresar o estar con los demás, sino cuánto de ese capital se coloca en las cosas y cuánto en las relaciones que, con el paso de los años, pueden sostener a una persona.
La comparación que propone es con los aportes jubilatorios. Así como durante la vida laboral se realizan aportes para contar con un respaldo en la vejez, también habría que “pagar los aportes afectivos”. Es decir, construir durante los años de mayor actividad una trama de relaciones que no dependa solamente de la obligación familiar o de la convivencia, sino de una presencia sostenida.
Porque tener todo lo necesario no garantiza sentirse acompañado. Una persona puede llegar a una edad avanzada con una casa, recursos y una buena atención y, al mismo tiempo, preguntarse por qué nadie la visita. Para Senegaglia, allí aparece una diferencia importante entre proveer y vincularse. Dar cosas puede resolver necesidades, pero no necesariamente produce ese intercambio afectivo que se construye compartiendo tiempo.
En ese sentido, también observa cómo el modo en que se vive actualmente puede favorecer que los vínculos queden en segundo plano. La acumulación y el consumo pueden llevar a pensar que darles cosas a los hijos equivale a darles tiempo o afecto. Pero una cosa no reemplaza necesariamente a la otra. La presencia, el encuentro y las experiencias compartidas forman parte de ese capital afectivo que, según el psicólogo, también necesita ser construido.
Por eso la propuesta no consiste en abandonar el trabajo, los proyectos ni las responsabilidades. Se trata de evitar que lo celebratorio termine ocupando todo el espacio. Una persona puede construir una carrera, ganar dinero y alcanzar objetivos y, al mismo tiempo, cuidar los vínculos que le dan sentido a esa vida. El desafío está en que una dimensión no termine anulando a la otra.
HABITAR EL PRESENTE
La propuesta de “habitar el presente” tampoco significa olvidarse del futuro. Significa, más bien, encontrar una relación posible entre las responsabilidades y aquello que da sentido a esas responsabilidades. Trabajar, producir y resolver lo necesario deberían tener un propósito que no termine agotándose en sí mismo. El tiempo dedicado a los demás no debería quedar siempre para cuando termine la jornada, cuando llegue la jubilación o cuando finalmente haya menos obligaciones.
Por eso una de las preguntas que formula en su trabajo con pacientes es “¿cuánto te queda?”. No como una manera de anunciar una muerte próxima, sino para recordar que nadie tiene garantizados los años que todavía no vivió. Incluso quien es joven puede hacer planes para el futuro, pero esos planes siempre se construyen desde un presente que es el único tiempo efectivamente disponible.
La relación entre tiempo y afectos también explica, para Senegaglia, buena parte del sufrimiento humano. Queremos a personas que podemos perder y proyectamos sobre el futuro cosas que todavía no existen. Esa falta de garantías produce ansiedad y angustia. En la vejez, sostiene, aparecen con especial fuerza dos preocupaciones: el amor y el tiempo. También aparecen preguntas sobre lo que podría haberse hecho de otra manera, los “si yo hubiera” y los “si yo hubiese”, junto con la necesidad de hablar de la muerte.
Pensar la vejez desde los 30 o los 40 años, entonces, no significa empezar a vivir como si se fuera viejo. Es, en todo caso, preguntarse qué lugar ocupan hoy el trabajo, las metas, el dinero y las obligaciones, y qué lugar ocupan las personas con las que se comparte la vida. No se trata de dejar de construir una casa, una profesión o una estabilidad económica. Se trata de no confundir esos objetivos con aquello que, llegado el momento, puede resultar más difícil de recuperar: el tiempo que no se compartió y los vínculos que no se cuidaron.
Para Senegaglia, esa revisión no tiene que esperar a la vejez. Al contrario: cuanto antes aparezca la pregunta por el modo en que se quiere vivir, más posibilidades existen de tomar decisiones diferentes. La vejez, desde esta perspectiva, no empieza cuando el cuerpo cambia ni cuando termina el trabajo. Empieza mucho antes, en cada una de esas elecciones cotidianas con las que una persona va armando, sin saberlo del todo, la vida que algún día tendrá que mirar hacia atrás.
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