Con la identidad oculta, el counselor consultado por este medio rechaza de plano la acusación de intrusismo. “Nosotros no somos psicólogos ni hacemos terapia clínica. Lo que no significa que no tengamos formación y habilitación para acompañar procesos personales, existenciales”, plantea. Su encuadre es el counseling, un enfoque desarrollado en Estados Unidos a partir de 1940, con carrera reconocida por el Ministerio de Educación tanto a nivel nacional como en la Ciudad de Buenos Aires.
Su formación, precisa, fue una tecnicatura superior de tres años -antes llamada “consultoría psicológica”, hoy renombrada “desarrollo humano” tras un pedido expreso de los colegios profesionales para evitar la confusión con el término psicología-, cursada en una de las escuelas históricas del rubro. A eso se suma un título de grado previo en filosofía y una práctica orientada a adolescentes y procesos de orientación vocacional.
El límite con la psicoterapia, explica, pasa por la patología: “Nosotros dedicamos a la psicoeducación preventiva. En cuanto percibimos algún síntoma que se corresponde con el DSM-5, se inicia un proceso de derivación”. Cita dos casos propios: un consultante que, tras una separación, derivó hacia consumo problemático y conductas compulsivas: “Ahí estamos pasando de un duelo a un consumo problemático. Esas son sintomatologías que nosotros no acompañamos”. Y una mujer mayor en la que, con el correr de las sesiones, identificó rasgos depresivos estructurales y no ya una tristeza pasajera: “Le dije: necesitás un tipo de acompañamiento que yo no te puedo ofrecer. Y ahí está la sinceridad: no te estás sacando a la persona de encima, buscás su bien.”
Sobre el reclamo del Colegio, admite matices: “Puede haber counselors que se metan en territorios que no les incumben”. Pero defiende el trabajo interdisciplinario como salida: “Los psicólogos y los counselors deberían trabajar más en equipo. Yo derivo todo el tiempo con los psicólogos con los que trabajo”.
Además, el conselour apela a un argumento de escala: “Si tenemos la tasa de suicidios que tenemos en Argentina, querer coartar la posibilidad de acompañar a personas no tendría mucho sentido”.
Cierra con una definición que funciona casi como síntesis de la disputa: “El título habilita, no siempre capacita. Así como hay counselors que se extralimitan, hay psicólogos que son pésimos profesionales. Las profesiones terapéuticas no se limitan a la psicoterapia.”
Lo cierto es que entre la matrícula y la demanda social, la discusión sigue abierta. Mientras el Colegio avanza con denuncias penales, los counselors reclaman un reconocimiento que todavía no llega en la provincia de Buenos Aires. En el medio, miles de personas siguen buscando, por cualquier vía, un lugar donde ser escuchadas.
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