Hay hombres que deciden no eyacular y convierten esa decisión en una práctica, una forma de disciplina o incluso una supuesta fuente de poder. Y hay otros que quieren hacerlo, pero no pueden. La diferencia parece evidente, aunque hay algo que los conecta: en ambos casos, el vínculo con la eyaculación puede quedar atravesado por ideas, emociones y formas de entender el propio cuerpo.
La sexóloga Cecilia Ce señala que existen comunidades de varones que promueven la abstinencia sexual o la retención seminal. En un caso, como parte de una búsqueda de recuperación frente a lo que consideran un consumo problemático de pornografía; en el otro, bajo la creencia de que conservar el semen aumenta la energía, la vitalidad, el magnetismo o el poder. La evidencia científica, advierte, no respalda estas últimas afirmaciones.
Pero mientras estas prácticas pueden discutirse, compartirse y hasta convertirse en parte de una identidad, hay otra realidad que permanece mucho más silenciosa. Lucía Baez Romano, psicóloga y sexóloga, señala que los hombres que atraviesan dificultades para eyacular rara vez llegan por iniciativa propia a una consulta. En parte, porque si existe cierto placer o no hay un malestar que los impulse, no sienten la necesidad de pedir ayuda. “Nosotros atendemos las personas que están penosas, angustiadas por lo que les está pasando”, agrega.
Ahí aparece la paradoja: hay quienes hablan de la decisión de no eyacular como una elección, una práctica o incluso un logro, mientras otros viven la imposibilidad de hacerlo como un problema del que casi no hablan.
Baez Romano resume esa diferencia de manera contundente: “No es algo que aparece en la consulta”. Puede escucharse entre amigos, en un cumpleaños, en un boliche. Pero llegar al consultorio es otra cosa.
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